Serie: La Roca y la Ciudad
Sabiduría que forma, protección que sostiene y prosperidad para el bien común.
Entrada #2
Hay tardes en las que el sol se inclina y uno siente el peso de su propia finitud con una claridad que no hiere, sino que ubica. La jornada ya gastó sus mejores horas y el alma necesita una frase que sea más grande que el cansancio. David encontró la suya mirando el cielo y mirándose a sí mismo: “Oh SEÑOR, ¿qué son los seres humanos para que te fijes en ellos, los simples mortales para que te preocupes por ellos? Pues son como un suspiro; sus días son como una sombra pasajera.” (Salmos 144:3–4, NTV). La oración se vuelve verdadera cuando el corazón asiente a esta lucidez. Somos breves, y aun así Dios piensa en nosotros. La humildad deja de ser una postura y se vuelve habitación. Desde ese lugar el mundo recupera proporción y la ansiedad pierde volumen. “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.” (Proverbios 4:23, NVI); la preservación del centro se convierte en la primera frontera de toda buena batalla.
Desde esa claridad, David pide intervención con palabras que traen fuego: “Abre los cielos, SEÑOR, y desciende; toca las montañas para que echen humo. ¡Lanza tus rayos y esparce a tus enemigos! ¡Dispara tus flechas y confúndelos! Alcánzame desde el cielo y rescátame; sálvame de las aguas profundas, del poder de mis enemigos.” (Salmos 144:5–7, NTV). Esta plegaria nace de un corazón que ya no pretende gobernar solo. Reconoce su límite y pronuncia el deseo correcto: que el cielo toque la tierra. Cuando uno se atreve a decir “desciende” con plena conciencia, el trono íntimo se desocupa y la vida queda disponible para la dirección de Dios. Esa disponibilidad abre una segunda súplica: visión, entendimiento, estrategia. “Por último, fortalézcanse con el gran poder del Señor. Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo.” (Efesios 6:10–11, NVI). Hay una fortaleza que llega como presencia y una estrategia que llega como instrucción. Ambas nacen en la misma fuente.
En la práctica, esta petición ordena los pasos. La visión enciende una lámpara, el entendimiento distingue caminos, la estrategia marca prioridades. A veces se trata de cerrar una puerta que nunca tuvo que abrirse; otras, de pedir perdón antes de que el orgullo endurezca la lengua; otras, de convocar a dos o tres consejeros sabios para mirar el asunto sin autoengaños. El clamor por intervención celestial no anula la responsabilidad; la purifica. Las armas que se vuelven efectivas no se fabrican con impulsos. “Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo.” (2 Corintios 10:4–5, NVI). Este es un combate que comienza en la mente y se despliega en decisiones de carne y sangre.
Cuando el salmo habla de “aguas profundas”, no se limita a la metáfora. Muchos conocen esa sensación: la presión sube, el oxígeno baja, la noche intensifica sus ruidos. Allí la oración se vuelve cuerda y el nombre del Señor, un asidero. El antiguo canto ofrece una promesa suave y firme: “Los justos claman, el SEÑOR los oye y los libra de todas sus angustias. El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.” (Salmo 34:17–18, NVI). La cercanía de Dios no cancela la tormenta de inmediato; sostiene para que el corazón no ceda. Esa cercanía alimenta una espera activa: “Pon tu esperanza en el SEÑOR; cobra ánimo y ármate de valor, ¡pon tu esperanza en el SEÑOR!” (Salmo 27:14, NVI). La espera, entendida así, trabaja a favor del alma. Teje temple, discierne voces, abre espacio a la sabiduría.
David nombra también el ambiente en el que se libra el combate: “Su boca está llena de mentiras; juran decir la verdad pero, al contrario, mienten.” (Salmos 144:8, NTV). El salmista no está obsesionado con el enemigo; está enfocado en la claridad. La formación espiritual incluye aprender a distinguir verdades y engaños, intenciones limpias y agendas ocultas. La Escritura enseña una vigilancia sobria: “Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que los creyentes en todo el mundo soportan la misma clase de sufrimientos.” (1 Pedro 5:8–9, NVI). La prudencia no vive asustada; vive despierta. Resiste con firmeza alimentada por la verdad, por la oración perseverante y por una comunidad que acompaña.
¿Cómo luce esa resistencia en lo cotidiano? Empieza por la custodia de la mente. El corazón absorbe lo que la mente rumia a solas; por eso conviene elegir con cuidado los alimentos del pensamiento. Una regla simple ayuda: cuando un discurso apaga la esperanza, divide sin redimir, inflama el ego o normaliza la mentira, conviene tomar distancia. En su lugar, la Palabra ofrece un patrón de respiración que limpia: “ser renovados en la actitud de su mente.” (Efesios 4:23, NVI) y aprendamos a examinar lo que pensamos a la luz de Cristo. En términos prácticos, esto implica filtrar fuentes, evitar veredictos rápidos, preguntar por los datos, escuchar la historia que el otro trae, orar antes de responder, buscar el consejo de alguien con más años de obediencia. La disciplina no apaga el corazón; lo preserva para amar mejor.
El clamor “Abre los cielos” también se vuelve una ética mínima para las conversaciones difíciles. La visión del cielo guía el tono. Se puede nombrar un error sin deshonrar a la persona; se puede marcar un límite sin romper el puente. La Escritura invita a esa forma de hablar que conserva la dignidad del otro: “Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno.” (Colosenses 4:6, NVI). Cuando una comunidad adopta este modo, los desacuerdos dejan de convertirse en incendios. El Espíritu tiene espacio para apaciguar, y la verdad encuentra caminos para ser escuchada. La paz que resulta de esa decisión cotidiana se parece a una brisa que recorre la casa después de un día pesado.
Hay días, sin embargo, en los que la presión es más concreta: un problema financiero que crece, una calumnia que circula, una enfermedad que cambia horarios y fuerzas. El salmo entonces empuja a pedir con precisión: “Alcánzame desde el cielo y rescátame; sálvame de las aguas profundas, del poder de mis enemigos.” (Salmos 144:7, NTV). La precisión no ofende a Dios; lo honra. Él sabe de qué está hecha nuestra necesidad y se complace en escuchar cómo la soltamos. La oración concreta moldea la estrategia concreta. Quizá hoy sea identificar tres gastos que deben pausar, o redactar un plan de pagos honesto, o pedir una disculpa por escrito, o visitar a un médico que sí pueda acompañar el proceso, o tomar distancia de una fuente que intoxica. La fe madura se expresa así: manos juntas y manos a la obra, en el mismo día.
Para sostener ese pulso, la Palabra propone un ritmo adentro del corazón. El profeta lo dijo al pueblo extenuado: “pero los que confían en el SEÑOR renovarán sus fuerzas; levantarán el vuelo como las águilas, correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán.” (Isaías 40:31, NVI). Esta promesa es medicina que se toma a cucharadas: descanso sabático, horas de sueño suficientes, alimentación sencilla, pausas breves para respirar y levantar la mirada, un paseo sin notificaciones. Todo se vuelve mejor cuando el cuerpo coopera. Las batallas de la mente y del espíritu, a menudo, agradecen este tipo de obediencias pequeñas que restituyen el equilibrio.
Otro campo de combate son las palabras que nos decimos por dentro. Hay frases que oscurecen y frases que iluminan. La oración enseña a elegir las segundas. “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes, los indecisos, purifiquen su corazón!” (Santiago 4:7–8, NVI). Someter, resistir, acercarse: tres verbos que reordenan el día. Se pueden convertir en una pequeña letanía de bolsillo, repetida en el tránsito, haciendo fila, antes de un correo complejo, durante una caminata breve. Con el tiempo, estos hábitos escritos en silencio dentro del pecho dibujan nuevas rutas neuronales y el alma aprende a responder desde la fe en lugar de reaccionar desde el miedo.
El salmo describe a quienes “…juran decir la verdad pero, al contrario, mienten.” (Salmos 144:8, NTV). La mentira erosiona los vínculos y la palabra vacía destruye acuerdos. Por eso la espiritualidad madura honra el peso específico del lenguaje. Decir menos, con más verdad, vale oro. Cumplir la hora prometida, escribir el mensaje que aclara, llamar para pedir perdón o para agradecer, dar un paso atrás cuando el tono sube, reconocer los límites de la propia información: estos gestos levantan muros de paz. “El que refrena su boca y su lengua se libra de muchas angustias.” (Proverbios 21:23, NVI). En una cultura que premia la reacción inmediata, la mansedumbre se vuelve contracorriente que sana.
Todo este trabajo interior no se agota dentro de la persona. La visión del cielo busca su cauce hacia la ciudad. Cuando el salmo pide que Dios abra los cielos, uno puede imaginar calles y plazas respirando un aire más limpio por causa de mujeres y hombres que, en secreto, aprenden a orar y a discernir. La intercesión personal se vuelve oficio comunitario. Pides por tu empresa, por las familias de tus colaboradores, por tus clientes y proveedores, por las autoridades que firman documentos que te afectan, por los niños de tu colonia, por los hospitales y escuelas donde tu ciudad se cura y aprende. Cuando los nombres llenan la oración, el corazón se ensancha y el “Abre los cielos” tiene direcciones concretas. Ese mapa que se escribe en presencia de Dios orienta decisiones solidarias.
Junto con el clamor y la visión, el discernimiento aprende a trabajar con tiempo. El alma apurada suele ver peor. Por eso conviene integrar al día pequeños silencios deliberados. Tres minutos a mitad de la mañana para cerrar los ojos, inhalar profundo y decir: “Señor Jesús, ten piedad”. Cinco minutos al mediodía para abrir el Evangelio y dejar una frase trabajando por dentro. Un minuto antes de entrar a casa para soltar el estrés del trabajo y pedir palabras suaves. Esta práctica, repetida, vuelve porosa la jornada; permite que la gracia entre y salga como aire fresco.
La batalla diaria también agradece la compañía de dos o tres amigos de oración. El corazón se fortalece cuando puede compartir con prudencia, recibir una palabra de ánimo, confesar una tentación, pedir cobertura sobre un tema específico. “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas y así cumplirán la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2, NVI). Un equipo pequeño y fiel que ora con regularidad sostiene más de lo que se imagina. A la larga, esta red de cuidado se vuelve una de las torres más firmes de la vida común.
En este camino, la tensión entre lo que ya vemos y lo que esperamos se convierte en brújula. Hoy el Señor responde con gestos concretos: una puerta que se abre, un favor inmerecido, una paz inesperada, un diagnóstico con horizonte. Mañana volveremos a pedir y a esperar con el mismo ánimo. “Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno.” (2 Corintios 4:18, NVI). Esta mirada no evade, orienta; no apaga el deseo, lo afina. La esperanza deja de ser consigna y se vuelve una manera de habitar el tiempo.
Hacia el cierre, conviene volver al inicio del salmo y pronunciarlo como quien hace un gesto de pertenencia: “Alcánzame desde el cielo y rescátame; sálvame de las aguas profundas, del poder de mis enemigos.” (Salmos 144:7, NTV). Cuando esta frase se repite con verdad, la jornada encuentra su eje. Las manos se ponen al servicio de decisiones limpias, la mente se alinea con la Palabra, el corazón recuerda que la vida es breve y preciosa. El Señor escucha, y mientras responde, da firmeza para seguir. No estamos solos, y eso lo cambia todo.
La memoria de la Iglesia —la Iglesia en general, como un cuerpo colectivo y universal— ha rezado estas mismas líneas durante siglos. Hombres y mujeres con acentos distintos han pedido que el cielo se abra sobre sus casas y oficios, sobre sus ciudades y campos. Nos toca agregar nuestra voz a ese coro y confiar en que el mismo Dios que sostuvo a David sigue sosteniendo hoy. Él ve la sombra breve de nuestros días y, aun así, nos visita con luz. Él escucha el clamor y ofrece visión y estrategia. Él guía a su pueblo en medio de la batalla y enseña a vivir con paz en el corazón. Con esa confianza, podemos acostarnos y dormir, y volver a despertar para continuar el camino con el mismo ruego en los labios: abre los cielos y ven. “Abre los cielos, SEÑOR, y desciende...” (Salmos 144:5, NTV).