Ya No Extranjeros: Vivir desde la Ciudadanía que nos fue Dada
Pertenecer a la familia de Dios y habitar una identidad recibida
Hay palabras que no solo describen una condición; crean un mundo. “Extranjero” es una de ellas. Nombra esa sensación de no encajar del todo, de vivir a medias, de habitar lugares sin pertenecer plenamente. Muchos caminan la vida así, incluso dentro de la fe: cerca, pero no en casa; invitados frecuentes, pero nunca hijos.
El Evangelio irrumpe precisamente ahí. No para ofrecernos un refugio temporal, sino un hogar. “Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos del pueblo elegido y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19, NVI 2022). La frase no es poética por accidente; es jurídica y afectiva a la vez. Habla de estatus y de vínculo. De identidad recibida y de mesa compartida.
Ser ciudadanos del Reino no es una metáfora espiritual; es una reubicación profunda del corazón. Cambia la forma en que entendemos quiénes somos y cómo vivimos. La fe deja de ser una visita ocasional para convertirse en residencia permanente. Ya no vivimos intentando merecer un lugar; vivimos desde un lugar que nos fue dado por gracia.
Esta ciudadanía redefine nuestras lealtades. No elimina nuestras responsabilidades en el mundo, pero sí reordena nuestras prioridades. “En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo.” (Filipenses 3:20, NVI 2022). Esperar no es evadir; es orientar la vida hacia un destino seguro. Vivimos aquí con los pies en la tierra y el corazón anclado en una realidad mayor.
Pertenecer a la familia de Dios también transforma nuestra manera de relacionarnos. La fe no nos aísla; nos incorpora. Ser parte de una familia implica aprender nuevos lenguajes: el del perdón que restaura, el de la paciencia que sostiene, el de la honra que edifica. “Por lo tanto, como pueblo escogido de Dios, santo y amado, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia” (Colosenses 3:12, NVI 2022). No es un código de conducta frío; es la vestimenta natural de quienes saben a quién pertenecen.
Vivir desde esta identidad nos libera de la culpa como motor. La culpa empuja, pero no sostiene. La identidad, en cambio, da dirección y descanso. El Evangelio anuncia que hemos sido reconciliados y adoptados, no puestos a prueba. “El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.” (Romanos 8:16, NVI 2022). La certeza no nace del desempeño, sino del testimonio interior de Dios en nosotros.
Esta nueva ciudadanía también trae coherencia. No una perfección artificial, sino una vida alineada. Pablo lo expresa con sobriedad pastoral: “Pase lo que pase, compórtense de una manera digna del evangelio de Cristo.” (Filipenses 1:27, NVI 2022). Vivir de manera digna es vivir en congruencia con la realidad que nos ha sido revelada. Es permitir que la verdad del Evangelio modele nuestras decisiones cuando nadie está mirando.
La dignidad del Evangelio se manifiesta en lo cotidiano: en cómo hablamos cuando estamos cansados, en cómo tratamos a otros cuando no estamos de acuerdo, en cómo atravesamos el sufrimiento sin perder la esperanza. No es una vida de apariencias, sino de integridad. Una vida que, sin alardes, refleja el carácter de Cristo.
Esta identidad compartida nos conduce inevitablemente a la comunidad. El Evangelio nunca fue diseñado para vivirse en soledad. Aunque la fe se recibe personalmente, siempre se vive comunitariamente. Pablo conecta la vida digna con permanecer firmes “en un mismo propósito, luchando unánimes por la fe del evangelio” (Filipenses 1:27, NVI 2022). La unidad no es uniformidad; es propósito compartido. Es caminar juntos hacia la misma esperanza.
Ser ciudadanos del Reino también implica dar testimonio en medio del mundo. No desde la superioridad, sino desde la fidelidad. “Mantengan entre los incrédulos[a] una conducta tan ejemplar que… glorifiquen a Dios” (1 Pedro 2:12, NVI 2022). La fe se hace visible cuando la vida se vuelve coherente. No es una vida cómoda, pero sí una vida auténtica.
Todo esto se sostiene por una dependencia diaria del Espíritu. No por fuerza humana, sino por una gracia que capacita. “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI 2022). La vida del Reino no se improvisa; se recibe y se camina.
Vivir como ciudadanos del Reino es aceptar que la historia tiene un rumbo y un final prometido. Sabemos a quién pertenecemos y hacia dónde vamos. Por eso vivimos con sobriedad y esperanza, con paciencia y expectativa. La casa ya nos fue dada; el Reino será plenamente manifestado.
Mientras tanto, caminamos como familia.
No como extranjeros, sino como hijos.
No como errantes, sino como ciudadanos que esperan.



