Antes de hablar, escucha
«Lo que he oído, les doy a conocer»
Hay una diferencia enorme entre tener algo que decir y tener algo que Dios ha dicho.
Esa frase no me llegó en un púlpito. Me llegó una mañana cualquiera, con una taza de café enfriándose junto a mi Biblia abierta en Isaías 21 y una libreta llena de anotaciones que nadie más va a leer.
Isaías 21 no es un capítulo amable. Es una serie de oráculos de juicio contra las naciones. Palabras duras, de esas que no ganan aplausos ni popularidad. Y sin embargo, en medio de esa sección severa, hay una frase que me detuvo por completo:
«¡Oh mi pueblo trillado y afligido[a] de mi era! Lo que he oído del Señor de los ejércitos, Dios de Israel, les doy a conocer.»
— Isaías 21:10 (NBLA)
La leí varias veces. Isaías no dice: «esto pienso». Tampoco dice: «esto siento». Ni siquiera: «después de analizar la situación, he llegado a una conclusión». Dice algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: lo que he oído del Señor, les doy a conocer. Ahí está la esencia de todo ministerio. Primero escuchar. Después hablar.
Nunca al revés.
Vivimos en una época en la que hablar nunca había sido tan fácil: todos tenemos un micrófono, una plataforma, una opinión lista para publicarse. Quizá precisamente por eso escuchar nunca había sido tan urgente.
El mismo capítulo lo confirma de otras dos maneras. Unos versículos antes, Dios le ordena al profeta: «Ve, pon centinela que dé aviso de lo que vea.» — Isaías 21:6 (NBLA). El oficio del centinela es fascinante precisamente por lo que no hace: no inventa noticias, no adorna lo que ve, no anuncia antes de tiempo. Su trabajo es permanecer despierto, mirar con atención y comunicar fielmente lo que aparece en el horizonte. Esa es la descripción de puesto del profeta. Y me atrevo a decir que es también la del predicador, la del padre que enseña a sus hijos, la de cualquier creyente que abre la boca en nombre de Dios.
Pero hay algo más en este capítulo, algo que solemos pasar por alto. Antes de anunciar el oráculo, Isaías confiesa que lo que escuchó lo estremeció físicamente: «Por esta razón mis lomos están llenos de angustia; dolores se han apoderado de mí.» — Isaías 21:3 (NBLA). Escuchar a Dios no siempre es un ejercicio sereno. A veces lo primero que hace Su Palabra no es darnos un mensaje para otros, sino confrontarnos a nosotros. El mensajero fiel no es el que transmite información intacta, sino el que permite que esa palabra lo atraviese primero.
Y hay ternura también. «Mi pueblo trillado y afligido de mi era.» (Isaías 21:10) Isaías no le habla a una audiencia; le habla a un pueblo golpeado, y lo llama suyo. El que ha escuchado de verdad a Dios no solo comunica Su contenido: comunica Su compasión. La fidelidad no está solamente en el qué. Está también en el cómo.
Ese patrón atraviesa toda la Escritura. Jeremías confesó que la Palabra era como fuego encerrado en sus huesos (Jeremías 20:9). A Ezequiel, Dios le pidió que comiera el rollo antes de hablarle al pueblo (Ezequiel 3:1–3). Los apóstoles decidieron perseverar en la oración y en el ministerio de la Palabra, en ese orden (Hechos 6:4). Primero Dios habla. Después el siervo habla.
Aquella mañana, al margen de mi Biblia, escribí una oración que quiero que me acompañe toda la vida: «Que esta sea siempre mi actitud, mi compromiso y la posición de mi corazón: que lo que Dios me hable, que lo que escuche de Él, yo lo comunique y lo transmita fielmente.»
Mientras la escribía entendí que no es una oración solo para pastores. Es una oración para cualquier creyente, porque todos comunicamos algo. Los padres les comunican a sus hijos una imagen de Dios. Los líderes comunican una visión a quienes los siguen. Los amigos comunican esperanza o desesperanza. Los esposos y las esposas comunican, con sus palabras, el tipo de Dios en quien dicen creer. La pregunta nunca es si estamos comunicando. La pregunta es qué estamos comunicando.
Y aquí aparece la tentación constante de todo el que enseña: empezar a hablar antes de haber escuchado lo suficiente. Llenar los silencios con nuestras propias ideas. Decir lo que sabemos que será bien recibido. Adaptar el mensaje para hacerlo más cómodo o más atractivo. Pero la fidelidad casi nunca comienza frente a una multitud.
Comienza a solas.
Comienza cuando nadie está mirando, con una Biblia abierta, un corazón humilde y el tiempo suficiente para que la Palabra haga primero Su obra en nosotros antes de que intentemos hacer una obra en otros.
Quizá por eso escuchar es una de las disciplinas espirituales más difíciles de nuestro tiempo. Requiere detenerse. Requiere renunciar a la prisa. Requiere aceptar que no siempre tenemos algo que decir de inmediato, y permanecer delante de Dios hasta que nuestras palabras dejen de ser simplemente nuestras.
Eso cambia también lo que entendemos por predicar. Predicar no consiste en subir a una plataforma para compartir pensamientos interesantes. Es el acto humilde de un hombre que, después de haber pasado tiempo delante de Dios y de Su Palabra, dice con temor: «esto es lo que creo que el Señor ha dicho en las Escrituras». Qué responsabilidad tan grande. Y qué privilegio tan inmenso. Porque el centro nunca es el mensajero; el centro siempre es el mensaje.
Confieso que algunos de los momentos más felices de mi vida no han ocurrido frente a una congregación. Han ocurrido aquí: el café, la Biblia abierta, la libreta, y el Espíritu de Dios confrontando, corrigiendo, animando y formando mi corazón. En esos momentos recuerdo que antes de ser pastor soy discípulo. Antes de enseñar debo aprender. Antes de dirigir debo seguir.
Antes de hablar debo escuchar.
¿Qué pasaría si antes de responder en una discusión escucháramos primero a Dios? ¿Qué pasaría si antes de tomar una decisión importante abriéramos las Escrituras con humildad? ¿Qué pasaría si nuestras conversaciones estuvieran menos llenas de nuestras opiniones y más llenas de Su verdad, expresada con gracia y amor?
Tal vez hablaríamos menos. Pero cuando habláramos, nuestras palabras tendrían más peso. Porque al final, la meta no es que la gente recuerde nuestras frases. La meta es que, a través de ellas, pueda escuchar el eco fiel de la voz del Buen Pastor.
Por eso hoy vuelvo a la oración escrita al margen de mi Biblia. La comparto tal como la escribí, por si quieres hacerla tuya también:
Señor, que esta sea siempre mi actitud, mi compromiso y la posición de mi corazón. Que nunca me conforme con tener algo que decir; que anhele, por encima de todo, haber escuchado primero Tu voz en las Escrituras. Líbrame de la tentación de hablar desde mi ego, desde mis emociones o desde mis preferencias. Haz de mí alguien que escucha antes de enseñar, que aprende antes de dirigir y que vive primero aquello que después proclama. Que lo que Tú me hables, eso comunique. Ni más. Ni menos. Y que, cuando mi voz sea escuchada, las personas puedan reconocer detrás de ella la autoridad, la belleza y la fidelidad de Tu Palabra. Amén.



