Aprender a Hacer el Bien
Ven, conversemos · Una meditación sobre Isaías 1:16–20 · Parte 1 de 2
»¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y restituyan al oprimido! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!».
⎯ Isaías 1:16–17 (NVI)
Casi todos sabemos lo que es lavarnos las manos al final de un día largo. El agua tibia, la tierra o la grasa que se va por el desagüe, esa pequeña sensación de quedar limpios y de volver a empezar. Es uno de los gestos más antiguos y más humanos que tenemos. Por eso me detengo cuando descubro que, al hablarle a un pueblo que se había alejado de él, lo primero que Dios dice no es una definición ni una amenaza. Es algo tan cotidiano como esto: lávense.
Para sentir el peso de esa palabra hay que escuchar lo que vino antes. En los versículos anteriores, Dios había dicho algo durísimo: que ya no soportaba las reuniones religiosas de su pueblo, que sus oraciones le pesaban, que cuando extendían las manos para orar él apartaba la mirada, porque esas mismas manos estaban manchadas de sangre. Era gente que cumplía con todo lo de afuera —las fiestas, las ofrendas, las palabras correctas— mientras por dentro, y también por fuera, seguían haciendo daño. Y aquí está lo que más me sorprende: después de decir todo eso, Dios no se va. No cierra la puerta. Se queda, y le da a su pueblo algo que hacer. Y unas líneas más adelante —adonde llegaremos en la segunda parte de esta meditación— promete hacer por ellos exactamente lo que ellos no pueden hacer por sí mismos: volver blanco como la nieve lo que está rojo como la sangre.
Por eso estas dos líneas —lávense, aprendan, busquen— no se pueden leer solas. Son un llamado, sí. Pero es el llamado de Alguien que ya decidió quedarse. Lo digo desde el principio porque conozco el reflejo que muchos llevamos dentro: oímos “lávense” y enseguida lo traducimos como “arréglate tú, demuéstrale que vales”. Pero el mismo Dios que aquí dice “lávense” es el que, tres renglones después, dice “Aunque sus pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve.”. El orden importa. No nos limpiamos para que él se acerque; él se acerca, y por eso podemos quedar limpios. Lo que se nos pide aquí no es escalar hacia Dios. Es responder a un Dios que ya bajó.
Lávense. Hay una honestidad en esa palabra que me cuesta y me alivia al mismo tiempo. Me cuesta porque nombra lo que preferiría no mirar: que hay cosas en mí que ensucian, que lastiman, que necesitan irse. Y me alivia porque, si Dios me manda lavarme, es porque hay agua. Hay provisión. Uno de los renglones que escribí en el margen de mi Biblia esta mañana fue justo ese: no importa la condición de mi corazón, hay provisión. No importa qué tan sucias estén las manos. La invitación a lavarse no es una burla para el que está manchado; es la única buena noticia que el manchado necesita oír. El que viene con las manos limpias no necesita el lavadero. Es a los de manos sucias a quienes se les abre la llave.
Pero noto también que lavarse no es algo que ocurre una sola vez. Las manos vuelven a ensuciarse mañana. El trabajo de cada día deja su tierra. Y creo que la vida con Dios se parece más a eso —a un lavarse de todos los días— que a un único baño que lo resuelve todo para siempre. Por eso una de mis oraciones se volvió esta: Señor, quiero que me laves una y otra vez con tu Palabra. No una vez. Una y otra vez. Que cuando me equivoque, no me dejes cómodo en ello: muéveme, incomódame, tráeme de vuelta. He llegado a creer que hay una clase de incomodidad que no es condena, sino misericordia: esa inquietud sana que no te deja quedarte tranquilo en lo que te está haciendo daño. Cuando la siento, ya no la leo como un castigo. La leo como una mano que me sostiene para que no me hunda más.
Dejen de hacer el mal; aprendan a hacer el bien. Aquí hay una bisagra, un giro del “no” al “sí”, y me detengo en el verbo que Dios escoge para el lado del “sí”. No dice “sean buenos”, como quien aprieta un interruptor y la luz se enciende de inmediato. Dice aprendan. Eso me parece una de las cosas más amables de todo el pasaje. Aprender supone tiempo. Supone tropiezos, repeticiones, un maestro paciente. Supone que hoy no me sale y que mañana lo vuelvo a intentar. El bien, según Dios, no es algo que uno invoca de golpe; es algo que uno cultiva, como quien aprende un oficio con los años o cuida una huerta: con sus estaciones, su espera, sus manos sucias de tierra otra vez. Nadie cosecha el primer día que siembra. Y Dios, que conoce el barro del que estamos hechos, no nos pide la cosecha de inmediato. Nos pide entrar a la escuela.
Y aprender a hacer el bien es, en el fondo, aprender a querer distinto. Otra de mis oraciones al leer esta porción esta mañana fue: enséñame a amar lo que tú amas y a odiar lo que tú odias. Porque casi nunca hacemos el mal por accidente; lo hacemos porque, en algún rincón, todavía lo queremos. Y casi nunca dejamos de hacerlo por pura fuerza de voluntad; lo dejamos cuando empezamos a querer otra cosa con más fuerza. Lo que Dios busca formar en nosotros no es solo la conducta de afuera; es el deseo de adentro, eso que decide hacia dónde caminamos cuando nadie nos ve. Es un trabajo lento. Y es, gracias a Dios, posible, porque no lo hacemos solos. “Quiero aprender”, anoté al lado del versículo. Me sigue pareciendo la postura correcta frente a un Dios que enseña: no la del que ya lo sabe todo, sino la del que está dispuesto a empezar de nuevo.
Busquen la justicia, defiendan al huérfano, aboguen por la viuda. Y aquí el pasaje hace algo que me parece profundamente sano: no deja que la limpieza se quede adentro. Después de hablar de lavarse y de aprender, Dios señala hacia afuera, hacia personas con nombre y con rostro. El huérfano. La viuda. Los que en aquella sociedad no tenían quién hablara por ellos. Como si dijera: ¿quieres saber si tus manos están limpias de verdad? Mira qué haces con los que no tienen quién los defienda.
Esto me cura de una tentación muy mía: la de pensar que la vida con Dios es, sobre todo, un asunto privado entre él y yo. Lo es, y es hermoso que lo sea. Pero no se queda ahí. Las manos limpias terminan en una comida llevada a una casa donde alguien acaba de morir, en una palabra que defiende al que no estaba presente para defenderse, en el tiempo que le doy a quien no puede devolverme nada a cambio. La justicia y la misericordia de las que habla Isaías no son ideas que se discuten; tienen cuerpo. Ocurren en cocinas, en pasillos, en conversaciones difíciles, en el dinero que se reparte y en la agenda que se reacomoda. Por eso, al lado de esas líneas, escribí en mi Biblia dos peticiones cortas: ayúdame a ser justo. Ayúdame a tener misericordia. No me sale solo. Pero quiero pedirlo, y quiero que la respuesta a esa oración se vea en mis manos antes que en mis palabras.
Si me detengo aquí es a propósito, porque el pasaje todavía no termina y lo mejor está por venir. Justo después de todos estos mandatos, Dios cambia el tono por completo. Deja de sonar a lista de órdenes y se vuelve una invitación a sentarnos a hablar: vengan, conversemos. Pero esa conversación —el rojo que se vuelve blanco, el “quedarán blancos como la nieve”— es el corazón de la segunda parte, y quiero darle todo el espacio que merece.
Por ahora me quedo con esto: el llamado a lavarme no es una carga que Dios me echa encima para luego marcharse. Es la voz de Alguien que se quedó, que tiene agua de sobra, y que está enseñándome —con paciencia de maestro— a querer lo que él quiere y a tocar con manos limpias a los que él ama.
Y si tú, como yo, sientes hoy que tus manos no están como deberían, esta es la oración con la que cierro, y con la que te invito a cerrar:
Señor, lávame una y otra vez con tu Palabra. Cuando me equivoque, no me dejes cómodo: muéveme, incomódame, tráeme de vuelta. Enséñame a amar lo que tú amas. Hazme justo. Hazme misericordioso. No importa la condición de mi corazón: sé que en ti hay provisión. Aquí estoy, dispuesto a aprender.
En la segunda parte: “Vengan, conversemos” —la invitación de Dios a poner las cosas en claro, cara a cara, y su promesa de volver blanco como la nieve lo que estaba rojo como la sangre.



