Cómo Reconocer a Babilonia Cuando no se Llama Así
Sobre los imperios que no necesitan ejércitos para conquistar
Babilonia no siempre llega con ejércitos.
A veces llega con ofertas. Con comodidad. Con una cultura tan envolvente, tan bien diseñada, tan capaz de satisfacer casi todas las necesidades humanas, que uno no nota el momento en que comenzó a depender de ella. En que comenzó a hablar como ella habla, a valorar lo que ella valora, a medir el éxito con sus mismas unidades de medida.
El exilio babilónico del siglo VI a.C. fue una conquista militar. Pero la Babilonia que el salmista describe en el Salmo 137 es algo más que eso. Es un sistema. Una forma de organizar la realidad. Una civilización con su propia teología implícita — aunque nunca la llame así.
Y esa Babilonia sigue existiendo. Solo que ya no se llama Babilonia.
Vale la pena detenerse un momento en lo que Babilonia era en su tiempo.
No era simplemente un enemigo político. Era la potencia cultural más sofisticada de su época. Sus jardines eran maravillas. Su astronomía era avanzada. Su arquitectura era imponente. Su sistema legal era elaborado. Su panteón religioso era complejo y coherente. Babilonia tenía respuestas para casi todo — y las respuestas sonaban razonables.
Lo que Babilonia ofrecía no era el mal en forma obvia y repulsiva. Ofrecía el mal en forma de sustituto. Un sustituto que funcionaba razonablemente bien para la mayoría de las necesidades humanas — seguridad, identidad, sentido, comunidad, prosperidad — con una sola condición: que uno dejara de cantar los cánticos de Sion.
No en voz alta. No con un decreto formal. Simplemente que esos cánticos fueran quedando en segundo plano. Que la fe fuera volviéndose privada, discreta, sin consecuencias visibles. Que la lealtad a Dios no interfiriera con la vida en Babilonia.
Esa es la oferta que los exiliados enfrentaron. Y es exactamente la misma oferta que el mundo nos hace hoy.
«Pues allí los que nos habían llevado cautivos nos pedían canciones, y los que nos atormentaban nos pedían alegría, diciendo: “Cántennos alguno de los cánticos de Sion”.»
— Salmos 137:3 (NBLA)
La petición de los captores tiene algo inquietantemente familiar. No exigen que Israel abandone sus canciones. Les piden que las interpreten. Que las conviertan en espectáculo. Que las canten fuera del mundo que les daba sentido. Separadas del templo. Separadas de la memoria. Separadas de la presencia.
Es una tentación antigua. Convertir lo santo en contenido. Transformar la adoración en consumo. Escuchar los cánticos de Sion sin desear al Dios de Sion.
Porque Babilonia no siempre intenta destruir la fe. A veces le basta con volverla inofensiva.
Eso es exactamente lo que hace la Babilonia contemporánea con la fe. No la prohíbe — la domestica. La convierte en contenido. La reduce a una preferencia personal que puede coexistir con cualquier otra lealtad, siempre y cuando no pretenda ser verdad universal, siempre y cuando no haga demandas sobre cómo se vive, siempre y cuando no interfiera con las categorías que Babilonia considera indiscutibles.
Los exiliados lo reconocieron. Y se negaron a cantar.
Pero reconocer a Babilonia en el siglo XXI es más difícil que en el siglo VI a.C. Porque ya no está afuera. Está adentro — en las suposiciones que damos por sentadas, en los valores que absorbimos sin haberlos elegido conscientemente, en las preguntas que nunca nos hacemos porque el ambiente en el que vivimos nunca nos las ha planteado.
¿Cómo se reconoce?
Babilonia se reconoce tanto por lo que promete como por lo que exige a cambio.
Promete identidad. Pero una identidad construida sobre el consumo, la productividad, el éxito o la imagen proyectada. Y exige que esa identidad sea más profunda y más determinante que la identidad de pertenecer al pueblo de Dios.
Promete comunidad. Pero una comunidad organizada alrededor de intereses compartidos, afinidades electivas y experiencias comunes. Y exige que esa comunidad parezca suficiente, que no haya necesidad de la comunidad más extraña, más incómoda y más exigente que es la iglesia.
Promete sentido. Pero un sentido construido desde abajo: desde las preferencias individuales, los deseos personales y la narrativa que cada uno escribe para sí mismo. Y exige que ese sentido sea autónomo, que no dependa de una historia más grande que la propia.
Promete seguridad. Pero una seguridad sostenida por la acumulación, el control y la capacidad de administrar los riesgos. Y exige que esa seguridad se convierta en el valor supremo, que no exista nada por lo que valga la pena arriesgarla.
Babilonia rara vez exige que renuncies a Dios de una vez. Normalmente le basta con pedir que Dios ocupe un lugar secundario mientras otras lealtades se convierten en el centro de tu vida.
Cada una de esas promesas es una versión degradada de algo que solo el reino de Dios puede dar plenamente. Y cada exigencia es una invitación a colgar el arpa — no por la fuerza, sino por conveniencia.
«Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza.»
— Salmos 137:5 (NBLA)
El juramento del salmista no es solo poesía. Es una estrategia de resistencia.
En un ambiente que invita a olvidar — que hace que el olvido sea cómodo, natural, casi inevitable — el salmista hace del recuerdo un acto deliberado y costoso. Pone en riesgo lo más valioso que tiene. Dice: “prefiero perder mi capacidad de crear arte antes que perder lo que le da sentido a ese arte”.
Los imperios suelen confiar en la fuerza. Las comunidades fieles sobreviven por la memoria. Por eso las tradiciones que atravesaron siglos de exilio, persecución o marginalidad no se sostuvieron únicamente por sus ideas, sino por sus prácticas. La oración repetida cuando nadie tenía ganas de orar. La mesa compartida cuando el mundo invitaba al aislamiento. El descanso semanal que recordaba que la vida no depende únicamente de producir. La lectura de las Escrituras hecha en comunidad. Los cánticos que una generación enseñaba a la siguiente. Prácticas sencillas que, generación tras generación, recordaban quién era Dios y quién era el pueblo que le pertenecía. No eran simples costumbres. Eran actos de resistencia espiritual contra el olvido.
Estas prácticas no son nostalgias románticas de un pasado mejor. Son actos de resistencia espiritual y cultural: maneras de decirle a Babilonia, sin necesidad de un discurso, que existe una lealtad más profunda que la que ella puede comprar y una identidad más antigua que la que ella puede ofrecer.
Hay algo que el Salmo 137 hace que resulta profundamente contraintuitivo para la mentalidad contemporánea: se rehúsa a considerar la memoria como una carga. Para el salmista, recordar no es una forma de quedarse atrapado en el pasado. Es una forma de permanecer fiel en el presente.
Llama a Babilonia «la devastada» — «Oh hija de Babilonia, la devastada» — Salmos 137:8 (NBLA) — antes de que caiga. En el momento en que el salmista escribe, Babilonia es la potencia invencible. Sus murallas tienen quince metros de ancho. Su ejército ha derrotado a todos sus enemigos conocidos. Su cultura es seductora y su futuro parece asegurado.
Babilonia parece eterna. El salmista la llama ruina. Babilonia parece el futuro. El salmista la ve como un recuerdo. Babilonia se presenta como la realidad más sólida del mundo. El salmista se atreve a nombrarla según la palabra de Dios y no según las apariencias.
Esa es una de las formas más profundas de la fe: aprender a llamar temporal a aquello que el mundo considera permanente. Y el salmista ya habla de su ruina en pasado profético.
Eso no es arrogancia. Es perspectiva. Es la capacidad de ver la historia desde el punto de vista de Dios en lugar del punto de vista del presente. Es saber que ningún imperio — por poderoso, sofisticado o seductor que sea — tiene la última palabra sobre la historia.
Babilonia cayó. Ciro entró por las puertas sin resistencia en el año 539 a.C. Lo que parecía eterno duró menos de un siglo más después de su apogeo. Las murallas que ningún ejército había podido escalar fueron irrelevantes cuando el río que corría por debajo de la ciudad fue desviado.
Cuando leemos el Salmo 137 en 2026 leemos ese versículo con la ventaja del tiempo. Sabemos que el salmista tenía razón. Sabemos que las potencias que parecen eternas no lo son. Y eso debería cambiar la manera en que nos relacionamos con la Babilonia de nuestro propio tiempo — no con desprecio, no con hostilidad, sino con la serenidad de quien sabe cómo termina la historia.
La pregunta no es si vivimos en Babilonia. Vivimos en ella.
La pregunta es si lo sabemos. Y si saberlo cambia algo en la manera en que pensamos, deseamos y vivimos.
El salmista lo sabía. Por eso colgó el arpa en lugar de convertir los cánticos de Sion en entretenimiento para sus captores. Por eso hizo el juramento. Por eso llamó devastada a la ciudad más poderosa de su mundo.
No porque ignorara el poder de Babilonia. Lo conocía demasiado bien. Había visto sus ejércitos, sus murallas y su capacidad para reordenar la vida de pueblos enteros.
Pero también conocía algo más profundo: la fidelidad de Dios. Y quien ha aprendido a confiar en la fidelidad de Dios puede mirar al imperio más impresionante de su época y recordar que ningún reino humano es eterno
El salmista había sido moldeado durante demasiado tiempo por la historia de Dios como para creer que Babilonia tendría la última palabra.
«¿Cómo cantaremos la canción del Señor en tierra extraña?»
— Salmos 137:4 (NBLA)
La respuesta del salmista no fue un argumento. Fue una negativa. Y en esa negativa —silenciosa, sin audiencia, sin reconocimiento— estaba toda la teología que necesitaba.
Babilonia no pudo comprar lo que él se negó a vender.



