Nunca he usado reloj. Nunca me acostumbré a traer uno en la muñeca. Por eso nadie, ni siquiera yo, habría imaginado que uno de los regalos más significativos de mi vida iba a ser precisamente un reloj.
A todos nos gustan los regalos, pero no todos dicen lo mismo. Hay regalos que cumplen y hay regalos que fueron pensados. Estos últimos se notan: alguien se detuvo a pensar en ti, en tus gustos, en lo que ese objeto podría significar en tus manos. Un regalo así dice algo más que «te aprecio». Dice: «te conozco y te tuve en mente».
El domingo 25 de octubre, Karla y yo fuimos a probar el menú de nuestra boda. Después caminamos hasta el lugar donde, en un mes, vamos a casarnos. Había sido una tarde lluviosa y el sol empezaba a caer sobre el lago. Estábamos solos. Karla me miró a los ojos, extendió las manos y me dio un estuche cuadrado. Adentro había un reloj, de esos que dejan ver el centro de su mecanismo.
Antes de que yo alcanzara a decir algo, me preguntó: «¿Hace cuánto me regalaste un anillo?». Le respondí. Y entonces me dijo: «Hoy te regalo un reloj como respuesta a ese compromiso. Con este reloj te digo que sí, sí quiero pasar el resto de mi tiempo contigo».
Me quedé sin palabras. Desde esa tarde no he dejado de pensar en lo que significa ese reloj.
He pasado buena parte de mi vida estudiando y enseñando la Escritura. Aun así, aquella tarde quien predicó fue Karla. Sin púlpito y sin notas, con un estuche entre las manos, me explicó el amor con más claridad que muchos de mis sermones.
Yo le había dado un anillo. Ella me respondió con tiempo. Y el tiempo es un regalo extraño: es lo único que, una vez entregado, ya no se recupera. Quien te da su tiempo te está dando su vida, minuto a minuto.
Creo que por eso el tiempo dice tanto del amor. Dios no nos amó a distancia. Pablo lo dice así: «cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo» (Gá 4:4). El amor eterno entró al tiempo, a los días contados de una vida humana, y los entregó hasta el final. Por eso, cuando Pablo les habla a los esposos, no les pide grandes sentimientos, sino entrega: amar a su mujer «así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella» (Ef 5:25). Mi amor por Karla no se va a medir en declaraciones. Se va a medir en horas.
Lo digo primero para mí. Los hombres solemos ser buenos para dar cosas: un anillo, una casa, un sueldo, una solución. Nos cuesta más dar presencia: la cena sin el teléfono en la mesa, la conversación sin prisa, la atención completa cuando ella habla de lo que le preocupa. Pero un anillo se entrega una vez. El tiempo se entrega todos los días. Y es en lo cotidiano donde se nota si de verdad amamos.
El reloj también me confronta. El Salmo 90 es la única oración de Moisés que guarda el salterio, y en ella hay una petición que a primera vista suena sombría: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal 90:12). Moisés sabía de lo que hablaba: había visto a toda una generación quedarse en el desierto. Pero contar los días no es vivir con angustia porque se acaban. Es darse cuenta de que cada uno es un regalo, y vivirlo así.
En español, contar tiene dos sentidos: llevar la cuenta y narrar. Yo quiero aprender las dos cosas. Llevar la cuenta, para no dar ningún día por sentado. Y narrarlos bien, para que la historia que Karla y yo escribamos juntos hable de la fidelidad de Dios.
Cada hora, cada minuto y cada segundo a su lado van a ser una muestra tangible del favor y de la gracia de Dios. No es una exageración de enamorado. La Escritura lo dice sin rodeos: «El que halla esposa halla algo bueno y alcanza el favor del SEÑOR» (Pr 18:22). Karla no es un premio que me gané. Es un favor que no merecía. No quiero desperdiciarlo por distracción, por prisa o por orgullo.
El tiempo pasa volando. Tengo muy presente aquel 28 de junio de 2025, alrededor de las ocho de la mañana, cuando la vi por primera vez en un retiro al que me habían invitado a predicar. Lo que empezó con conversaciones sobre Dios y Su Palabra se volvió amistad, y esa amiga se volvió mi mejor amiga. En esas pláticas fui conociendo a una mujer que sirve de corazón, que no suelta sus convicciones y cuyo compromiso con Dios no es de ocasión.
El 11 de enero le pedí que fuera mi novia, y en el noviazgo descubrí a una confidente. Ahora Dios está por regalarme otra temporada: descubrirla y volver a descubrirla como mi ayuda idónea, mi cómplice, mi puerto seguro.
«Él ha hecho todo apropiado a su tiempo», dice el Predicador (Ec 3:11). Lo creía antes. Ahora lo he visto. Dios siempre escoge mejor. Y en ese mismo versículo, el Predicador añade que Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones». Quizá por eso el amor siempre quiere más tiempo del que tiene.
Lo que más me gusta del reloj es que se puede ver por dentro. Los relojeros llaman a ese diseño «corazón abierto»: por una pequeña ventana en la carátula se ve la pieza que late y, alrededor, los engranes girando, cada uno en su lugar, ninguno estorbando al otro. Desde afuera, un reloj solo marca la hora. Lo que lo hace funcionar casi siempre está escondido.
Un matrimonio se parece a eso. La gente ve la boda, las fotos, la vida juntos. Lo que lo sostiene no se ve desde afuera. En nuestro caso, ese mecanismo tiene nombre: Cristo. Él es quien hace que cada pieza encaje. Y el Espíritu Santo usa la Palabra, y nuestra obediencia a ella, para que giren con precisión los engranes que ningún esfuerzo humano mantiene en movimiento por sí solo: la paciencia, el perdón, la reconciliación, el respeto, el servicio mutuo y, por encima de todo, ese amor que «no busca lo suyo» (1 Co 13:5).
Si uno acerca el reloj al oído, se escucha su tic-tac. Ese sonido me recuerda que mi corazón tiene que latir así: constante, y primero para Dios. No es una frase piadosa. Si mi corazón no late primero para Él, no hay forma de que pueda amar y cuidar a Karla como ella necesita. Amar con orden empieza ahí: cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran el suyo. Karla no necesita un hombre que la ponga en el lugar de Dios. Necesita uno que, por amar primero a Dios, sepa darle a ella el lugar que le corresponde.
No me engaño. Vendrán tiempos buenos y tiempos no tan buenos, y habrá días en que el reloj marque horas difíciles. Pero también para esas horas habrá gracia. Las misericordias del Señor «son nuevas cada mañana» (Lm 3:22-23), y eso significa que cada día vamos a poder volver a empezar. Cada vez que mire mi muñeca quiero recordar mi compromiso delante de Dios: cuidarla, honrarla, amarla y servirla.
El 28 de noviembre, a las 12:30 en punto, voy a estar frente a ese mismo lago, esperándola. Sospecho que el hombre que nunca usó reloj va a mirar el suyo más veces de las que quisiera admitir. Sé que los segundos antes de decirnos «sí, acepto» se me van a hacer eternos. Pero ya no pienso en ese momento como el comienzo de algo que se mide en años. Lo pienso como el comienzo de algo que se vive día por día, contando cada uno con sabiduría.
Aquella tarde lluviosa no recibí solamente un reloj. Recibí un símbolo de amor, de entrega, de compromiso y de fidelidad. Recibí a una mujer que me eligió, y que eligió pasar conmigo el resto de su tiempo.
Karla: tú me respondiste con tiempo, y esta es mi respuesta a la tuya. Te doy mis horas. Las buenas y las difíciles, las de fiesta y las de rutina, las que nadie más va a ver. No te prometo días perfectos. Te prometo contarlos bien, y que en cada uno me vas a encontrar eligiéndote otra vez.
Quizá tú no estás por casarte. Pero todos estamos entregando nuestro tiempo a algo o a alguien. Los días se van a ir de todos modos. La pregunta es a quién se los estamos dando. Y si estás casado, la pregunta se vuelve muy concreta: ¿cuántas de tus horas de esta semana fueron, de verdad, para tu esposa?
Enséñanos, Señor, a contar bien nuestros días.



