Cristo, el Único Fundamento que No Se Mueve
Conocerle, recibirle, caminar en Él, ser afirmado
Hay verdades que no se aprenden de golpe; se descubren con el peso del tiempo. Una de ellas es esta: no todo lo que parece firme lo es. Hay fundamentos que sostienen solo mientras el clima es favorable, mientras el cuerpo responde, mientras la vida no aprieta demasiado. Pero cuando el suelo tiembla —y siempre tiembla— se revela sobre qué fue edificada realmente el alma.
La Escritura no se cansa de llevarnos a ese punto esencial. No para intimidar, sino para salvarnos de construir sobre arena. “Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo.” (1 Corintios 3:11, NBLA). No dice que Cristo sea un fundamento entre otros, ni el mejor de varios posibles. Dice que es el fundamento. Todo lo demás, por más sofisticado o bien intencionado que sea, termina siendo un añadido frágil cuando se le pide sostener la vida.
Pero afirmar que Cristo es el fundamento no es una declaración teórica. No es una frase que se memoriza; es una relación que se recibe. Por eso el apóstol Pablo no habla primero de doctrina, sino de encuentro: “Por tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús el Señor, así anden en Él;” (Colosenses 2:6, NBLA). Recibir a Cristo no es adoptar un sistema de ideas; es acoger a una Persona viva que irrumpe en el centro de la existencia.
Ese recibir tiene consecuencias. No deja intacto el modo de caminar. Pablo continúa con un lenguaje que no es abstracto, sino orgánico: “firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en su fe, tal como fueron instruidos, rebosando de gratitud.” (Colosenses 2:7, NBLA). Arraigarse es hundir las raíces. Edificarse es levantar una vida. Confirmarse es permanecer. Todo sucede en Él. No alrededor, no aparte, no después. En Él.
Conocer a Cristo, entonces, no es acumular información correcta sobre Dios, sino permitir que Su vida se convierta en el centro desde el cual todo lo demás encuentra su lugar. Hay personas que saben mucho acerca de Jesús, pero aún no han aprendido a vivir desde Jesús. El primer conocimiento puede inflar; el segundo transforma.
Por eso, cuando el Evangelio habla de vida nueva, no lo hace en términos cosméticos. Habla de una realidad interior que se manifiesta hacia afuera. “Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia.” (Romanos 8:10, NBLA). La vida que Cristo produce no es una mejora moral; es una resurrección silenciosa que comienza por dentro y se deja ver con el tiempo.
Esta vida nueva no se improvisa. Se cultiva. Se fortalece. Se confirma. Y ese proceso, aunque profundamente espiritual, es sorprendentemente concreto. Se nota en las decisiones que tomamos cuando nadie mira. En las palabras que elegimos cuando podríamos herir. En la manera en que atravesamos el dolor sin perder la esperanza. La fe verdadera siempre termina encarnándose.
Edificar sobre Cristo implica reconocer que no somos autosuficientes. Que no podemos sostenernos a nosotros mismos indefinidamente. Que necesitamos algo —o mejor dicho, a Alguien— que no se desgaste con nuestras contradicciones. El fundamento no se mueve, incluso cuando la estructura aún está en proceso. Y eso es una buena noticia para los que están cansados.
Jesús mismo habló de esta diferencia cuando dijo: “Todo el que viene a Mí y oye Mis palabras y las pone en práctica… es semejante a un hombre que al edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el torrente dio con fuerza contra aquella casa, pero no pudo moverla porque había sido bien construida.” (Lucas 6:47–48, NBLA). La roca no evita la tormenta, pero sí impide el colapso. La fe auténtica no promete ausencia de crisis; promete permanencia en medio de ellas.
Hay algo profundamente liberador en esto. Construir sobre Cristo nos libera de la ansiedad de tener que probar constantemente nuestro valor. Ya no edificamos para ser aceptados; edificamos porque hemos sido recibidos. La obediencia deja de ser un intento desesperado por ganar algo y se convierte en una respuesta agradecida a lo que ya nos fue dado.
Este fundamento también redefine nuestra identidad. No somos solo individuos buscando estabilidad espiritual; somos piedras vivas siendo colocadas en una obra mayor. “Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Efesios 2:20, NBLA). Cristo no solo sostiene vidas aisladas; sostiene un pueblo. La fe se vive mejor cuando se comparte el peso.
Edificar juntos no significa uniformidad, sino unidad. Cada vida aporta una forma distinta, una historia distinta, una fragilidad distinta. Pero todas encuentran su lugar cuando el ángulo lo marca Cristo. Cuando Él es la referencia, lo diverso no se fragmenta; se armoniza.
Afirmarse en Cristo también implica aceptar que el proceso no está terminado. Hay muros que aún se levantan, áreas que siguen siendo restauradas, habitaciones interiores que apenas comienzan a ser iluminadas. Y, aun así, el fundamento permanece. La estabilidad no depende de nuestra velocidad de crecimiento, sino de la fidelidad de Aquel que nos sostiene.
Vivir así nos orienta inevitablemente hacia el futuro. No construimos solo para resistir el presente, sino para esperar con esperanza. Sabemos que el Reino que ya ha comenzado será plenamente manifestado. Sabemos que la obra que hoy se levanta en medio de debilidades será completada. Por eso perseveramos. Por eso permanecemos. Por eso seguimos edificando con cuidado.
Cristo es el fundamento que no se mueve.
Sobre Él caminamos.
Sobre Él descansamos.
Sobre Él esperamos.



