Cuando Dios viene a nuestro encuentro
La luz que irrumpe, la voz que guía y el Reino que avanza
Cuando leo las palabras con las que comienza Deuteronomio 33, siento que algo se abre en lo más hondo del alma: “«El Señor viene del Sinaí; desde Seír nos ha alumbrado. Resplandeció desde los montes de Parán y avanza desde Meribá-cadés; en su derecha nos trae el fuego de la ley.” (v. 2, DHH). No es un eco lejano de un relato antiguo; es un retrato vivo de un Dios que irrumpe en la historia. El mismo que descendió en el Sinaí no se ha vuelto distante ni indiferente. Sigue acercándose, sigue viniendo, sigue resplandeciendo. La imagen es poderosa: la luz no solo está delante, también envuelve, atraviesa y transforma.
Este Dios que caminó hacia Israel en el desierto es el mismo que hoy se inclina hacia nosotros en lo secreto. Él nos visita cuando buscamos su rostro, cuando abrimos las Escrituras con hambre y dejamos que sus palabras penetren como fuego en el corazón. No es una visita formal, es una irrupción amorosa. Viene a iluminar, no para exhibir nuestras grietas como trofeos de vergüenza, sino para sanarlas. La exposición puede incomodar —porque revela lo que preferiríamos esconder— pero nunca es para humillarnos; ese no es su carácter. Él es el que levanta al caído, no el que lo pisa.
La luz de Dios no es fría ni distante; es la luz que arde para purificar, la claridad que muestra el camino cuando todo alrededor parece confuso. Y cuando esa luz entra, inevitablemente el Espíritu Santo comienza a moverse con más libertad en nuestro interior. Es como si las semillas de la Palabra que han estado dormidas empezaran a despertar. Brotan primero tallos frágiles, luego hojas, hasta que la verdad se convierte en fruto que alimenta a otros.
Estoy convencido de que Dios no solo quiere resplandecer su luz, sino también su verdad, su amor, su gracia y su misericordia. La luz que Él trae no separa, reúne. No endurece, ablanda. No aplasta, levanta. Y en ese resplandor descubrimos que su propósito no es solamente informarnos, sino transformarnos.
“El Señor ama a su pueblo, protege a los que se consagran a él; ellos se rinden a sus pies y reciben órdenes suyas.” (v. 3, DHH). Este versículo me deja sin aliento. El amor de Dios es tan vasto que no me alcanzará la vida para comprenderlo. Y, sin embargo, es un amor que puedo habitar aquí y ahora. Vivo de él, camino en él, me cubro con él y me refugio en él. No es teoría; es un hecho. Y este hecho redefine lo que soy y hacia dónde voy.
Más adelante, en los versículos 9 al 11, encontramos una descripción de compromiso que atraviesa cualquier época: “Ellos cumplen tus palabras, se han entregado a tu alianza por completo. Instruyen a Jacob, a Israel, en tus leyes y decretos; colocan en tu altar, en tu presencia, incienso y ofrendas de animales. Bendice, Señor, sus esfuerzos,
y recibe con agrado su trabajo. Rómpeles la espalda a sus enemigos, y que no vuelvan a levantarse los que lo odian.»” (DHH). Estas palabras no son un adorno litúrgico, son una advertencia y una invitación. La obediencia no es opcional; es el lenguaje del amor a Dios.
No siempre será fácil. Habrá momentos en los que obedecer implique renunciar a algo valioso o enfrentar incomprensión. Habrá temporadas en las que la voluntad de Dios parezca contradecir nuestros planes. Pero es allí donde el Espíritu Santo se convierte en nuestro aliado más cercano, el que no solo fortalece nuestras manos, sino que produce en nosotros tanto el querer como el hacer. Caminar con Cristo no significa cargar una mochila más pesada, significa compartir el yugo con el que sabe exactamente el ritmo que nuestras almas necesitan.
Mi llamado personal es enseñar, edificar y pastorear a través de la exposición fiel de las Escrituras. Pero este privilegio no está reservado a quienes predican; todo hijo de Dios es un testigo. El que ha sido alcanzado por la gracia tiene una historia que contar, y esa historia es semilla en manos de Dios. Los padres instruyen a sus hijos, los amigos se edifican mutuamente, los desconocidos se convierten en hermanos al compartir un testimonio en el momento preciso. En cualquier contexto, la Palabra es más que un discurso: es vida transmitida.
Y entonces llego a este versículo que parece un susurro de ternura divina: “Acerca de Benjamín dijo: «El amado del Señor vive tranquilo; el Altísimo lo protegerá siempre.
¡Vivirá bajo su protección!»’” (v. 12, DHH). Vivir tranquilo no es lo mismo que vivir sin problemas. Es dormir sabiendo que la noche no es eterna. Es entender que el control nunca estuvo en nuestras manos y que, gracias a eso, podemos descansar. Es vivir en medio de un mundo roto con la certeza de que hay un Reino en avance, un Reino que ya ha irrumpido pero que aún no se ha consumado, y en el que la protección de Dios no es promesa lejana, sino realidad presente.
Cuando el texto habla de José y dice: “«Que el Señor bendiga su tierra con lo mejor del rocío de los cielos y del agua que está en lo profundo de la tierra,” (v. 13, DHH), no solo describe un paisaje fértil; describe la intención de Dios de bendecir y sostener. Y con la bendición viene la responsabilidad: nunca olvidar que todo lo que tenemos proviene de Él. No es por mérito ni habilidad, sino por gracia. La prosperidad que Dios da no está diseñada para inflar nuestro orgullo, sino para impulsar nuestra gratitud y dependencia.
Esa tensión entre el “ya” y el “todavía no” del Reino se siente aquí con fuerza. Ya vivimos bajo la bendición, ya estamos protegidos, ya tenemos el amor de Dios. Pero todavía esperamos la plenitud de ese Reino, cuando la paz no será solo un descanso interior sino la atmósfera misma del mundo renovado. Vivimos en el intervalo: con promesas cumplidas y otras aún en camino. Y es precisamente en este espacio intermedio donde nuestra fe se fortalece, porque seguimos confiando en el Dios que viene del Sinaí, que resplandece desde los montes y que un día llenará toda la tierra con su gloria.
Así, cada día me levanto con la certeza de que Dios sigue acercándose. Lo hace en la quietud de la oración, en la lectura atenta de su Palabra, en el silencio que permite escuchar su voz, en los gestos de amor que otros nos dan. Y mientras avanzo en este peregrinaje, recuerdo que no camino solo: su luz va delante, su amor me rodea, su Espíritu me sostiene y su Reino —ya presente— avanza hacia su consumación.
Hasta entonces, seguiré recibiendo su luz, obedeciendo su voz y compartiendo su Palabra. Porque la bendición no es solo un regalo que recibo, es un río que me atraviesa para alcanzar a otros. Y ese río, una vez que ha comenzado a fluir, no se detiene.
En este caminar, no estoy solo. Otros, en distintas geografías y tradiciones, siguen la misma voz, se postran ante el mismo Señor y esperan la misma consumación. Somos parte de una misma familia que ha sido reunida por gracia, sostenida por la verdad y enviada con la misión de amar. No importa el idioma de nuestra alabanza ni la forma de nuestra liturgia: el Señor que vino del Sinaí es el mismo que nos llama a todos. Y juntos, como un solo cuerpo bajo su luz, esperamos el día en que lo veremos cara a cara, y la noche, por fin, ya no existirá.