Cuando Escribir se Vuelve Altar
Palabras nacidas de la rendición, donde el corazón aprende a adorar
La Escritura afirma que “de lo que abunda en el corazón habla la boca.” (Lucas 6:45, NVI). No lo dice como una simple observación moral, sino como una revelación espiritual. Las palabras no se improvisan; emergen. No nacen en los labios, sino en el centro oculto del ser, en ese santuario interior donde el corazón aprende a amar, a resistir o a rendirse. Allí donde se decide, mucho antes de que se pronuncie, qué voz gobernará la vida.
En ese lugar habita Dios. No como idea elevada ni como concepto inspirador, sino como presencia viva. No como un faro distante que orienta desde lejos, sino como origen y sostén. Él no visita ese espacio: reside en él. Es Padre que llama por nombre, guía que endereza el rumbo, aliento que mantiene firme el paso cuando la fe camina en penumbra. No es un accesorio espiritual; es el centro desde el cual todo adquiere sentido.
Puedo poseer bienes, palabras, incluso reconocimiento. Pero sin Él, no poseo nada. La Escritura es clara y sobria: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde la vida?” (Marcos 8:36, NVI). La presencia de Dios no se suma a la existencia; la fundamenta. Es el latido del amor verdadero, el impulso silencioso del servicio, la fuente de toda palabra que no nace del ego, sino de la verdad vivida.
Escribir, entonces, no es un ejercicio estético ni una estrategia de comunicación. Es un acto espiritual. Una respuesta. Las palabras que brotan —ya sean dichas o escritas— no buscan explicar a Dios, sino dar testimonio de haber sido alcanzados por Él. No escribo desde un saber acumulado, sino desde un conocer que ha sido probado en la espera, en el gozo y en la herida. “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado… esto les anunciamos” (1 Juan 1:1–3, NVI).
Hay cosas que no se escriben para ser entendidas rápidamente. Se escriben para ser habitadas. Para ser leídas con el ritmo lento del alma. Porque Dios no siempre se revela en lo inmediato, sino en lo profundo. Él siempre habla en la Escritura abierta; otras veces, en el silencio que permanece. A veces en la respuesta clara; otras, en la espera que purifica el deseo. “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios.” (Salmos 46:10, NVI).
Escribo desde un lugar de rendición. Un lugar donde el alma baja la guardia y el corazón aprende a inclinarse sin cálculo. No con argumentos ni adornos, sino con las manos abiertas. He aprendido que la verdadera adoración no levanta defensas; las suelta. Y en ese gesto sencillo, algo ocurre: el espíritu encuentra voz.
Cuando Dios toca, deja huella. No siempre ruido. No siempre explicación. A veces deja temblor. A veces deja fuego. Como Isaías en el templo, no salimos con teorías, sino con una disponibilidad renovada: “Aquí estoy. ¡Envíame a mí!” (Isaías 6:8, NVI). Como los discípulos en el camino, no entendemos todo, pero el corazón arde (Lucas 24:32).
No escribo para impresionar. Escribo porque callar sería desobedecer. Hay silencios que nacen de la sabiduría, y otros que nacen del miedo. Y este llamado pertenece al primero. Escribir se vuelve oración con los ojos abiertos, adoración sin escenario. Porque la adoración no se limita al canto; se extiende a la obediencia, a la confianza, a la espera. “El obedecer vale más que el sacrificio” (1 Samuel 15:22, NVI).
Adorar también es nombrar la fidelidad de Dios cuando el camino ha sido largo. Es permitir que la voz se vuelva altar, que las palabras se ofrezcan como sacrificio vivo. “…ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.” (Romanos 12:1, NVI). A veces ese sacrificio es simplemente decir la verdad delante de Él, sin máscaras, sin adornos.
Escribo para dar testimonio. No para construir una imagen, sino para dejar constancia. Para recordar —y ayudar a otros a recordar— quién ha sido Dios en medio de la historia humana. El Dios que irrumpe sin violencia. Que sana sin prisa. Que llama sin forzar. El Dios que no invade, pero tampoco abandona. “Mira que estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20, NVI).
Es el Dios que sopla Su Espíritu y enciende lo que parecía apagado. El Dios que permanece cuando la emoción se desvanece. “Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20, NVI). Esa promesa no es poética solamente; es real. Ha sostenido generaciones enteras de creyentes que caminaron sin ver, pero sin soltarse.
Las palabras aquí no buscan engrandecer a quien escribe. Buscan honrar a Aquel que se revela. Porque cuando Dios se manifiesta, el corazón no puede quedarse mudo. Jeremías lo confesó con crudeza: la palabra era como fuego contenido en los huesos (Jeremías 20:9, NVI).
Escribir se ha vuelto una forma humilde de decir: aquí estoy, Señor. Como Samuel en la noche. Como María en Nazaret. Como tantos otros que entendieron que la verdadera grandeza está en la disponibilidad. “hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38, NBLA).
Como hijos e hijas de Dios no escribimos para poseer la verdad, sino para dejarnos poseer por ella. No para cerrar conversaciones, sino para abrir espacios de presencia. Que estas palabras no sean un punto final, sino un umbral. Y que, si algo arde en quien las lee, no sea admiración humana, sino el fuego suave de Dios: ese fuego que no consume, pero sí transforma.



