Descubre los secretos: una pregunta que podría cambiarlo todo. (1ra Parte)
La huella invisible de los que aún creen.
“Les digo que pronto les hará justicia. No obstante, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?».”
(Lucas 18:8, NBLA)
Hay preguntas que no se responden con palabras, sino con la forma en que vivimos cuando nadie nos ve. Hay preguntas que se convierten en un espejo donde el alma, aunque quiera mirar hacia otro lado, se ve reflejada con una claridad que duele. Esa es la clase de pregunta que Jesús lanza en Lucas 18: no como quien espera una respuesta rápida, sino como quien siembra una semilla que crecerá en el silencio, entre las ruinas de la costumbre religiosa, o en el vientre de una oración que no se rinde.
Estaba en mi rincón habitual de silencio, sin palabras, sin forma, con una música suave que hacía de cama invisible a la presencia. No había en mí la urgencia de pedir nada. Era más bien una espera, como quien se sienta en la orilla del río sin saber si vendrá el amanecer. Y de pronto, mientras la melodía descendía como un susurro encarnado, esa pregunta volvió a visitarme. No como acusación. No como sentencia. Sino como un eco que buscaba lugar donde asentarse: “¿Hallará fe?”
No se refería a una fe abstracta. Ni a doctrinas correctas. Ni siquiera a la práctica litúrgica. Era una pregunta viva. Encarnada. Directa. Como si el mismo Cristo, con los ojos mojados de compasión, me estuviera mirando. Como si no preguntara por la iglesia, ni por el mundo, ni por las multitudes. Sino por mí. Por mi fe. Por esa parte invisible que solo Él y yo conocemos. La que tiembla cuando oro y parece que nadie escucha. La que se desgasta en la espera. La que sangra cuando ama y no es correspondida. La fe que se agrieta y que, sin embargo, no desaparece.
“Hallará fe…”. Esa pregunta se convirtió en un susurro persistente durante días. Me siguió al trabajo, a la rutina, a la noche. Y comenzó a mostrarme cosas que había guardado debajo del tapiz de lo aceptable. Me mostró mi inclinación al control, mi tendencia a negociar con Dios cuando no entiendo Su silencio, mi corazón que a veces ora más para manipular el cielo que para rendirse a él. Me mostró mis olvidos, mis justificaciones, mi cansancio de esperar. Pero también me mostró algo más: un hilo invisible que, a pesar de todo, me mantiene atado a la esperanza.
Como esa viuda de la parábola, que golpea la puerta de un juez que no teme a Dios ni respeta a nadie, así me vi. No con fe perfecta, pero sí con una necesidad que se niega a ceder. La necesidad de justicia. De respuestas. De sentido. Y aunque el juez era injusto, terminó respondiendo. Jesús no contó esa historia para mostrarnos el corazón del juez, sino para revelar el corazón del Padre, que no es injusto, ni tarda, ni se cansa. Y sin embargo, deja que el tiempo pase. Deja que insistamos. Deja que aprendamos a orar más allá de lo que sentimos.
En ese espacio, entre la oración y la respuesta, es donde se forma la fe que Cristo busca. No la que declara fórmulas, sino la que sigue tocando la puerta. La que no huye cuando el cielo parece cerrado. La que se atreve a creer que Dios es justo, aun cuando la injusticia parece reinar. La que, como raíz escondida, crece en la oscuridad, debajo de la tierra, sin ser vista. “Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron».” (Juan 20:29, NBLA). Esta bienaventuranza no solo honra una creencia futura; honra una confianza que se sostiene sin garantías visibles.
Hay una fe que nace del milagro, y otra que nace de la espera. Una fe que danza en la respuesta inmediata, y otra que se forma en el silencio persistente. Pero el Maestro pregunta por la segunda. Por la que aún no ve y no deja de creer. Por la que no se apoya en sensaciones, sino en la fidelidad de Dios. Por la que madura en las estaciones en que no hay hoja ni fruto, solo raíz. Y en ese terreno, fértil de aparente esterilidad, se revela el carácter. Se forja la perseverancia. “Por tanto, no desechen su confianza, la cual tiene gran recompensa. Porque ustedes tienen necesidad de paciencia, para que cuando hayan hecho la voluntad de Dios, obtengan la promesa.” (Hebreos 10:35-36, NBLA).
El alma moderna, tan acostumbrada a la inmediatez, se impacienta con esta forma de fe. Porque no se puede programar. Porque no se siente heroica. Porque nadie aplaude al que sigue creyendo en lo oculto. Pero Dios sí. Él mira lo secreto. Él conoce el lenguaje de la lágrima, del suspiro, del “aquí estoy” dicho con cansancio pero también con entrega. Y en ese lugar, donde nadie más ve, es donde la fe se vuelve incandescente. No en el escenario, sino en el desierto. No en la victoria, sino en la lucha.
En lo cotidiano, también se responde a la pregunta. En cómo enfrentamos las contradicciones internas. En cómo amamos cuando no se nos ama. En cómo trabajamos cuando nadie lo nota. En cómo escuchamos la Palabra aunque parezca que no dice nada nuevo. En cómo seguimos creyendo que hay propósito, aun cuando la vida se vuelve enigma. Esa fe, silenciosa pero viva, es la que mueve el corazón del Hijo del Hombre. Y es allí donde se juega la eternidad, no en los grandes gestos, sino en los pasos ocultos.
“Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón.” (Jeremías 29:13, NBLA). Esta es una promesa, pero también es una condición. No es una fórmula mágica. Es una invitación a una forma de vida. A un tipo de fe que no se rinde en el primer silencio. Que no mide su vigor por los milagros visibles, sino por la fidelidad persistente en la sombra. Esa fe es la que conmueve al cielo. Esa es la que el Hijo del Hombre viene a buscar.
Y yo me pregunto: si hoy viniera, si se sentara a mi lado en esta habitación donde escribo, ¿hallaría fe en mí?
La respuesta no está en las palabras. Está en la manera en que me aferro a Su voz, incluso cuando no habla. En la forma en que perdono, aun cuando no veo justicia. En la manera en que sirvo, aunque no haya aplausos. En el modo en que espero, aunque no llegue la respuesta que anhelo. Porque la fe que Cristo busca no es popular, ni visible, ni ruidosa. Es humilde, oculta, perseverante. Y cuando la halla, se regocija. Y cuando no la halla, vuelve a preguntar: ¿hallaré fe?
Quisiera que mi vida sea una respuesta a esa pregunta. No un ensayo teológico. No una defensa dogmática. Sino un corazón que se dobla. Una rodilla que se rinde. Un alma que, en medio del quebranto, sigue creyendo. Que en lugar de endurecerse, se vuelve más suave. Que en vez de exigir, se postra. Que en vez de callar, susurra: “Creo, aunque no entiendo”. Esa fe, creo yo, tiene el aroma del Reino. Y ese aroma, cuando llena la casa, es suficiente para que Cristo se detenga, mire, y diga: aquí sí hay fe.
“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.”
(1 Juan 4:8, NBLA).
Y si Dios es amor, entonces tener fe no es solo confiar en su poder, sino también en su ternura. No es solo creer que puede hacer milagros, sino que su corazón late por los suyos. Es vivir con la certeza de que no estamos solos, aunque estemos solos. De que la llama no se apaga, aunque arda baja. De que, aún sin ver, seguimos siendo vistos. De que hay un ojo que no duerme, una mano que no nos suelta, una voz que aún en el silencio, no deja de pronunciar nuestro nombre.