Descubre los secretos: una pregunta que podría cambiarlo todo. (2da Parte)
La fe que Dios busca cuando ya no queda nada más que confiar.
“Les digo que pronto les hará justicia. No obstante, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?».”
(Lucas 18:8, NBLA)
La pregunta de Jesús no fue una interrogante lanzada al aire para alimentar la curiosidad de sus oyentes, ni un desafío intelectual para debatir entre fariseos y discípulos. Fue un susurro cargado de eternidad, una herida abierta en el corazón del cielo, una grieta en la superficie de la historia donde lo divino y lo humano se encuentran en su forma más vulnerable. La pregunta es eco, es espejo, es herida y es lámpara. Es la voz de Dios que, al mirar la tierra, no busca éxito, ni perfección, ni estructuras religiosas, sino fe. Fe en medio del silencio. Fe cuando la justicia parece lejana. Fe cuando orar es repetir con voz entrecortada una súplica que no cambia la realidad, pero transforma el alma.
La viuda de la parábola no tenía nombre, pero su alma tenía peso. No era importante en el registro de los hombres, pero fue importante para la boca del Verbo eterno. No tenía voz en los tribunales, pero su clamor estremecía los cielos. No cargaba una Biblia bajo el brazo ni citaba profecías antiguas, pero oraba con una perseverancia que humilla a los sabios y desarma a los jueces. No buscaba venganza ni riqueza; pedía justicia. Su oración no tenía adornos. No sonaba teológicamente impresionante. Pero nacía desde las entrañas. Y lo que nace desde el quebranto y la fidelidad persistente, aunque parezca pequeño, tiene un eco que atraviesa los siglos.
La justicia que anhelaba no era teórica, ni universal, ni utópica. Era concreta. Era para ese día. Era para su caso. Porque hay momentos en que lo espiritual y lo humano no pueden separarse, cuando el alma gime no por respuestas cósmicas, sino por el pan de ese día, la esperanza de ese hijo, la paz de esa noche. Cuando el corazón ora con los pies y con la saliva seca. Cuando orar no es una disciplina, sino una forma de sobrevivir.
El juez, descrito por Jesús como alguien que “ni temía a Dios ni respetaba a los hombres”, es retrato de muchas figuras de poder que habitan los sistemas del mundo. Pero Jesús no lo presenta para condenarlo, sino para mostrar que incluso el corazón más endurecido puede ser doblegado, no por compasión, sino por constancia. No por justicia propia, sino por el peso invisible de una fe que no se rinde. En esto hay una paradoja sagrada: Dios puede usar hasta la indiferencia humana como plataforma para mostrar su fidelidad. El juez no actuó por amor, pero su decisión fue usada para restaurar lo justo. Es decir, Dios no necesita condiciones perfectas para actuar; Él es Señor incluso sobre las motivaciones más torcidas del mundo.
Eso no justifica el corazón frío del juez. Solo revela la misericordia de un Dios que, como José dijo en Egipto, sabe transformar lo que otros pensaron para mal en bien. “Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente.” (Génesis 50:20, NBLA). Así también, cuando las instituciones fallan, cuando los líderes se callan, cuando los jueces se venden, cuando la puerta se cierra por quinta vez en el mismo día, el cielo no ha cerrado su registro. La fe no necesita de escenarios ideales para brotar. A veces es en los peores contextos donde se revela la raíz más profunda.
¿Pero qué clase de fe es esta que no desiste? ¿Qué tipo de confianza sigue tocando cuando nadie responde? No es una fe fabricada por emociones, ni sostenida por resultados. Es una fe tejida por la eternidad, una cuerda que se lanza al cielo y no se suelta, aunque todo tiemble. Esa es la fe que sostiene al alma en la oscuridad. La fe que se aferra no a lo que ve, sino a quien ha hablado. Es la misma fe que Jesús alabó en la mujer sirofenicia, cuando dijo: “«Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y su hija quedó sana desde aquel momento.” (Mateo 15:28, NBLA). Es la fe de quienes han sido marginados, despreciados, desplazados, pero no han dejado de creer. No porque sea fácil, sino porque algo en su interior ya no puede vivir sin esperar en Dios.
Jesús no nos dejó esta parábola para estudiar el carácter de jueces impíos, sino para desnudar nuestra alma. Nos la dejó como una pregunta abierta, una confrontación con nuestra esperanza. Porque la pregunta final no es si Dios hará justicia. Eso lo da por hecho. La pregunta es: ¿cuando Él venga, encontrará fe?
Y no fe genérica. No fe dicha con los labios y cantada con melodías. Sino fe encarnada. Fe vivida. Fe llorada. Fe sembrada entre ruinas. Fe que no claudica. Fe que no cambia su teología solo porque Dios aún no ha contestado. Fe que le cree a Dios incluso cuando su calendario no coincide con el nuestro. Fe como la de Abraham, que “creyó en esperanza contra esperanza” (Romanos 4:18, NBLA). Fe como la de Moisés, que soportó “…firme como viendo al Invisible.” (Hebreos 11:27, NBLA). Fe como la de Esteban, que mientras lo apedreaban veía los cielos abiertos. Fe como la de tantos hombres y mujeres, cuyos nombres quizás el mundo nunca sabrá, pero que el cielo tiene grabados.
La verdadera fe no se negocia con el resultado. No dice “creeré si me contestas”. Dice “creo porque Tú eres”. Como Job, que en su angustia pudo decir: “»Aunque Él me mate, en Él esperaré.” (Job 13:15, NBLA). Esa es la fe que Jesús busca. No la que mide la fidelidad de Dios por la cantidad de respuestas inmediatas, sino la que permanece cuando el cielo calla. Esa fe no siempre es fuerte, no siempre es elocuente, pero siempre vuelve a mirar hacia arriba.
Tal vez hoy tú, como la viuda, te has parado muchas veces ante puertas cerradas. Has orado por justicia, por sanidad, por reconciliación, por dirección, y pareciera que el silencio es más constante que la respuesta. Pero si hay algo que esta parábola nos recuerda es que Dios sí escucha. Que la justicia viene. Y que el tiempo de la respuesta no siempre coincide con el nuestro, pero siempre está alineado con Su voluntad perfecta. “El Señor no se tarda en cumplir Su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes…” (2 Pedro 3:9, NBLA).
La fe verdadera no vive de la inmediatez. Vive de la comunión. No florece en la prisa, sino en la permanencia. La fe es lo que nos mantiene en pie cuando el alma quiere rendirse. Es lo que hace que una viuda vuelva al mismo lugar con la misma oración y la misma esperanza. Es lo que nos transforma lentamente, porque en el acto mismo de orar una y otra vez, nos estamos pareciendo más al corazón de Dios.
Jesús dijo que Dios “hará justicia pronto”. Pero su concepto de “pronto” no siempre es el nuestro. Por eso, nos preguntó si, al regresar, hallará fe. No resultados. No grandes ministerios. No multitudes. Fe. Fe en los rincones ocultos. Fe en el padre que sigue orando por su hijo. Fe en la madre que sigue creyendo por su hogar. Fe en el joven que sigue esperando dirección. Fe en el corazón que, aunque herido, todavía adora. Esa fe que no se rinde. Que no negocia. Que no se desmorona con el tiempo. Fe que permanece.
Y si Él lo pregunta, es porque sabe que la fe será escasa. No imposible, pero escasa. Porque en un mundo que glorifica lo inmediato, lo visible y lo efectivo, la fe bíblica parece una locura. Pero es esa locura la que salva. Es esa locura la que revela el Reino. Es esa fe invisible la que sostiene los pilares de la historia. La que hace que Dios mueva cielos por un corazón rendido.
Cuando venga el Hijo del Hombre… ¿hallará fe en la tierra? Que en mí la encuentre. Que en ti la encuentre. Que entre nuestras grietas, nuestras oraciones repetidas, nuestras lágrimas escondidas, nuestros suspiros de cansancio y esperanza, Él encuentre una lámpara aún encendida. Una vida que sigue esperando contra toda esperanza. Una fe que no se negocia, porque ha encontrado en Él su único ancla.