Muchas declaraciones de fe de institutos bíblicos e iglesias contienen una línea parecida a esta: Cristo vendrá en las nubes para llevarse a Su Iglesia antes de la tribulación, y después vendrá a la tierra en gloria. Debajo, una lista de pasajes. Cualquier pastor que haya tomado esa lista en serio y la haya abierto versículo por versículo ha hecho, tarde o temprano, el mismo descubrimiento incómodo: ninguno de los textos dice «antes».
1 Tesalonicenses 4:13-18 describe el arrebatamiento con una precisión que no tiene igual en el Nuevo Testamento —el descenso del Señor, la voz de mando, la trompeta, los muertos en Cristo levantados primero, los vivos arrebatados «en las nubes al encuentro del Señor en el aire»—, pero no lo sitúa en ningún calendario. Juan 14:3 promete un regreso y un destino —«vendré otra vezy los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también.»— sin fecha. Tito 2:13 llama a esa venida «la esperanza bienaventurada» sin decir cuándo. Y Apocalipsis 3:10, el texto que más cerca está de una afirmación directa, promete guardar «de la hora de la prueba» con una preposición que, como veremos en la entrada siguiente, admite más de una lectura.
Esta serie de siete entradas empieza por conceder eso sin reservas, porque una defensa que no concede lo evidente no merece ser leída. No hay un versículo que diga que la Iglesia será arrebatada antes de la tribulación. La pregunta que esta entrada quiere responder es qué se sigue de ahí. Y la respuesta, dicha en una frase, es esta: se sigue mucho menos de lo que la objeción supone, porque el estándar de la cita explícita es un estándar que ninguna doctrina cristiana cumple, incluida la que se propone en lugar de esta.
Lo que la objeción acierta
Conviene decir primero lo que la objeción tiene de verdad, porque tiene bastante. El pre-tribulacionismo popular ha tratado con frecuencia a 1 Tesalonicenses 4 y Apocalipsis 3:10 como si fueran pruebas directas, y no lo son. Los teólogos que han defendido la posición con más cuidado lo han reconocido siempre. Walvoord sostuvo que la cuestión del arrebatamiento no se decide por un texto sino por inferencia a partir de un conjunto de doctrinas relacionadas; Feinberg, al presentar el caso pre-tribulacional frente a Moo y Archer, comenzó por admitir que ninguna de las tres posiciones puede señalar un pasaje que la establezca sin más.1 Quien exige el versículo tiene razón en que no está. Donde se equivoca es en lo que deduce de su ausencia.
Porque la ausencia no es una anomalía del pre-tribulacionismo. Es la condición normal de la teología sistemática.
Por qué el estándar de la cita explícita no funciona
Ninguna doctrina de peso en la historia de la Iglesia se sostiene sobre una proposición única y explícita. No hay un versículo que diga que Dios es uno en esencia y tres en persona; la Trinidad es una síntesis de docenas de textos que afirman, por separado, la unidad de Dios, la deidad del Hijo, la deidad y personalidad del Espíritu, y la distinción entre los tres. No hay un versículo que diga que Cristo es una persona en dos naturalezas sin confusión ni separación; Calcedonia es una inferencia. No hay un versículo que enumere los sesenta y seis libros del canon. Incluso una tradición tan celosa de la suficiencia de la Escritura como la reformada lo confesó en su documento fundacional: el consejo entero de Dios está «o expresamente puesto en la Escritura, o puede deducirse de ella por consecuencia buena y necesaria»2. La segunda mitad de esa frase es la que hace posible la teología.
Si eso es así, exigir al pre-tribulacionismo un texto explícito es exigirle algo que no se le exige a ninguna otra doctrina. Y el problema se vuelve más agudo cuando se advierte que la posición alternativa tampoco lo tiene. No hay un versículo que diga que la Iglesia atravesará la semana setenta de Daniel. No hay un versículo que diga que las promesas nacionales de Israel han sido absorbidas por la Iglesia o dadas por cumplidas en ella. Quien lee un solo pueblo de Dios sin distinción de programas lo hace por inferencia —a partir de Romanos 11, de Efesios 2, de Gálatas 3—, exactamente como el pre-tribulacionista lee el «antes» a partir de Apocalipsis 3:10, 1 Tesalonicenses 5:9 y Daniel 9. Un estándar que descalifica a una posición y exime a la contraria no es un estándar; es una petición de principio. Se fija de antemano un criterio que solo la conclusión deseada puede superar.3
Esta serie de entradas no libra al pre-tribulacionismo de la carga de la prueba. La traslada a su lugar legítimo. La pregunta pertinente no es si existe un versículo que diga «antes», sino si la evidencia textual —léxica, sintáctica, estructural, sistémica— converge hacia esa conclusión con más fuerza que hacia las alternativas.
La pregunta correcta: convergencia
Una doctrina que se sostiene por inferencia se sostiene por la calidad y el número de sus inferencias, y por cómo responde a las mejores objeciones. Ese es el método de esta serie de entradas. Cada una toma una línea de evidencia, la examina en su propio texto, nombra la objeción más seria que se le ha hecho y responde a ella.
La entrada 2 examina la promesa a Filadelfia (Ap 3:10): la construcción tēreō ek (guardar de), su único paralelo en Juan 17:15, y el detalle que la gramática sola no resuelve pero el contexto sí: para quién es la hora. La entrada 3 pone lado a lado la reunión de los escogidos en Mateo 24:31 y el arrebatamiento de 1 Tesalonicenses 4:16-17, y pregunta si el vocabulario compartido —trompeta, nubes, reunión— basta para identificar dos escenas que difieren en agente, dirección y contenido. La entrada 4 se detiene en la palabra «escogidos» (eklektós) y en la diferencia entre lo que una palabra significa y a quién señala en un contexto dado. La entrada 5 entra en el terreno donde de verdad se decide la cuestión: Romanos 11 y Efesios 2, y si el olivo de Pablo elimina la distinción entre Israel y la Iglesia o la presupone. La entrada 6 añade la definición del período mismo —Daniel 9 y 2 Tesalonicenses 2— y pregunta a quién pertenece la semana setenta. La entrada 7 reúne las líneas y pesa la convergencia.
En cada caso se nombrará al mejor adversario. Gundry y Moo sobre Apocalipsis 3:10 y 2 Tesalonicenses 2; Kline y Young sobre Daniel 9:27; la lectura de Romanos 9:6 y Gálatas 6:16 que redefine «Israel»; Ladd, cuya defensa del pos-tribulacionismo sigue siendo la más honesta que se ha escrito desde dentro del premilenialismo.4 Una serie de entradas teológicas que solo cita a los suyos no está argumentando; está celebrando.
Dónde se decide de verdad
Hay que reconocer algo más, y es que la objeción más inteligente al pre-tribulacionismo no se hace en el calendario sino en la eclesiología. Quien sostiene que la Iglesia será arrebatada antes de la semana setenta lo sostiene porque cree que esa semana pertenece a Israel y no a la Iglesia; y eso, a su vez, supone que Israel y la Iglesia son entidades distinguibles en el programa de Dios. Ryrie lo llamó la sine qua non, «sin la cual no», del dispensacionalismo, y tenía razón.5 Si Israel y la Iglesia son un solo pueblo sin distinción de programa, no hay razón estructural para que Dios retire a uno antes de tratar con el otro, y el «inmediatamente después» de Mateo 24:29 cae sobre la Iglesia con todo su peso.
Por eso la entrada 5 es el centro de esta serie y no un apéndice. La distinción es condición necesaria del «antes», aunque no suficiente: hay quien la sostiene con matices y no es pretribulacional.6 Pero sin ella el «antes» no tiene dónde apoyarse. De modo que la pregunta de superficie —¿antes o después?— descansa sobre una pregunta de fondo —¿uno o dos?—, y la pregunta de fondo se responde en el texto de Pablo, no en una lista de proof-texts. Este libro acepta ese terreno. Es el terreno correcto.
Lo que esta serie de entradas no promete
No promete una secuencia detallada de los últimos días ni una certeza que la Escritura no ofrece. Cristianos fieles y competentes han sostenido las tres posiciones —antes, a la mitad, después— durante generaciones, y una defensa que finja que la cuestión es obvia insulta a quienes la han estudiado con más cuidado que nosotros. Lo que promete es más modesto y más útil: mostrar que el pre-tribulacionismo no es un edificio de un solo pilar que se derrumba cuando se reinterpreta Apocalipsis 3:10, sino una inferencia sistémica sostenida por varias líneas independientes; que cada una de esas líneas resiste su mejor objeción; y que, pesadas juntas, inclinan la balanza hacia una Iglesia distinta de Israel en su programa redentor presente y exenta de la hora reservada para probar a los que habitan sobre la tierra.
El lector que llegue al final sin quedar convencido habrá encontrado, al menos, las objeciones nombradas y respondidas, y sabrá exactamente sobre qué descansa la posición que rechaza. Eso es lo que se le debe a un tema serio, y es más de lo que suelen ofrecer los dos lados de esta conversación.
Notas
John F. Walvoord, The Rapture Question, ed. rev. (Grand Rapids: Zondervan, 1979), cap. introductorio sobre el método; Paul D. Feinberg, «The Case for the Pretribulation Rapture Position», en Gleason L. Archer Jr., Paul D. Feinberg, Douglas J. Moo y Richard R. Reiter, The Rapture: Pre-, Mid-, or Post-Tribulational? (Grand Rapids: Zondervan, 1984).
Confesión de Fe de Westminster 1.6.
Sobre la falacia del proof-text aislado frente a la síntesis teológica, D. A. Carson, Exegetical Fallacies, 2.ª ed. (Grand Rapids: Baker, 1996).
George Eldon Ladd, The Blessed Hope (Grand Rapids: Eerdmans, 1956); Robert H. Gundry, The Church and the Tribulation (Grand Rapids: Zondervan, 1973); Moo, «The Case for the Posttribulation Rapture Position», en The Rapture.
Charles C. Ryrie, Dispensationalism, ed. rev. (Chicago: Moody, 2007), cap. sobre la sine qua non.
Craig A. Blaising y Darrell L. Bock, Progressive Dispensationalism (Wheaton: BridgePoint, 1993), sostienen la distinción con una hermenéutica de cumplimiento inaugurado; para el punto de este párrafo basta notar que la distinción es condición del argumento, no su conclusión.



