Hay noches en que el alma se vuelve translúcida. No por su claridad, sino por la grieta. Una fisura invisible que permite que lo eterno se filtre, que lo sagrado entre sin pedir permiso. Bajo el manto de esa oscuridad llena de estrellas, comprendí que no todos los silencios son ausencia. Algunos son moradas. Y otros, umbrales. Me senté con las manos vacías, como tantas otras veces, pero esa noche el aire llevaba el peso de una pregunta distinta. No venía del corazón. Venía de más allá. “»¿Cómo esperan consolarme con discursos sin sentido? ¡Sus respuestas no son más que falacias!».” (Job 21:34, NVI). Y esa pregunta cayó sobre mí como una manta de luz: suave, pero imposible de ignorar.
No intenté responderla. Solo respiré. Porque hay palabras que no se discuten, sino que se reciben. Y hay verdades que no se enseñan, sino que se habitan. Entonces, sin buscarlo, fui llevado a un terreno interior donde las respuestas teológicas se derrumban y solo queda la presencia. Una presencia que no grita, pero arde. Que no obliga, pero transforma. Que no exige, pero lo reclama todo.
Allí, entre el eco de antiguos lamentos y la promesa de una consolación futura, sentí cómo la gracia comenzaba a envolver las heridas que había pretendido ignorar. No se trataba de una solución. Era un consuelo sin fórmula. Como el murmullo de un río escondido que no necesita aplausos para seguir fluyendo. “Como ciervo jadeante que busca las corrientes de agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser.” (Salmo 42:1, NVI). No buscaba entender. Buscaba beber. Ser saciado en lo secreto, donde nadie más podía ver el desierto que había en mí.
He pasado por muchos templos, algunos de piedra y otros de piel. He oído himnos milenarios que todavía resuenan en mis huesos. Y he sentido que hay algo en la solemnidad de lo sagrado que cura sin que uno se dé cuenta. Cuando la alabanza se eleva como incienso verdadero, cuando el alma se entrega sin necesidad de espectáculo, entonces uno se encuentra a sí mismo en el espejo de la liturgia. Y en ese reflejo, Dios se deja ver. No como figura lejana, sino como pastor cercano. “El Señor es mi pastor, nada me falta;” (Salmo 23:1, NVI). No se trata de no tener carencias, sino de no ser abandonado en ellas.
La liturgia me enseñó a esperar. Pero fue la promesa profética la que me enseñó a caminar. Porque en medio del canto y del silencio, la Palabra se hace lámpara y la historia encuentra un destino. Cada acto del presente, por más quebrado que parezca, está siendo tejido en una narrativa que no termina en la noche. Porque la profecía no es solamente una declaración sobre el futuro, sino una brújula que apunta al corazón de Dios. “«Por tanto, Yo vengo pronto, y Mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra.” (Apocalipsis 22:12, NBLA). No como amenaza. Como esperanza. Como susurro que rompe el ruido del miedo.
Y mientras la liturgia guarda mi alma, y la profecía enciende mi camino, es el Espíritu quien enciende la llama. No una llama para espectáculo. Una llama que quema por dentro. Que desintegra las máscaras. Que purifica el deseo. Lo sentí una mañana sin nombre, cuando la oración no salía, pero el llanto sí. Cuando no había fuerza para pedir, pero había un anhelo que no sabía morir. Fue entonces que entendí lo que Joel profetizó: “En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los sirvientes, hombres y mujeres por igual.” (Joel 2:29, NTV). No se trataba de rango, ni de mérito. Se trataba de disponibilidad. De rendición. De sed.
Ese fuego no destruye. Restaura. No es un relámpago que pasa, es un abrazo que permanece. Un abrazo que desarma y reconstruye. Que nos encuentra en las ruinas y nos llama por nuestro nombre. Porque cuando el Espíritu se derrama, no solo produce dones. Produce ternura. Y donde hay ternura de Dios, hay transformación. “Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” (2 Corintios 3:17, NVI). Libertad de las heridas que llevábamos como identidades. Libertad de las narrativas que nos mantenían atados. Libertad para empezar de nuevo.
Pero no es una libertad frenética. Es una libertad suave. Como una brisa en la tarde. Como un vino nuevo que no embriaga, pero que alegra. Como un fuego que no quema la piel, pero enciende el alma. Esa es la libertad del Espíritu. La que no pide permiso para entrar por puertas cerradas. La que no exige demostraciones públicas, pero transforma lo secreto.
Y allí, entre los vitrales del templo y la quietud de la habitación, entre las promesas del fin y la fidelidad del hoy, todo converge. Todo se une en una sinfonía silenciosa que declara una sola verdad: Dios abraza. Dios consuela. Dios transforma. No con violencia, sino con presencia. No con imposición, sino con ternura. No con argumentos, sino con amor.
Ese abrazo lo cambia todo. No porque elimine el dolor, sino porque nos acompaña en él. No porque resuelva cada enigma, sino porque se convierte en la respuesta. Y ese abrazo, tan suave como un susurro y tan firme como una roca, es el lenguaje de lo eterno.
Cuando se ha sido tocado por ese amor, ya no se vive igual. No se ora igual. No se predica igual. No se ama igual. Todo se vuelve más verdadero. Más lento. Más profundo. Porque el Espíritu no solo inspira. El Espíritu reordena. El Espíritu no solo nos impulsa. Nos consuela. Y ese consuelo no es menor. Es la promesa cumplida. La señal de que no estamos solos.
A veces creemos que el consuelo vendrá cuando todo mejore. Pero hay consuelos que llegan en medio del naufragio. En la noche más larga. En el día más sombrío. Y cuando llegan, nos recuerdan que el Reino ya ha comenzado, aunque todavía esperamos su plenitud. Esa es la tensión sagrada en la que vivimos. Y es una tensión que abraza.
Por eso, cuando me preguntan cómo seguir, no siempre tengo una respuesta clara. Pero tengo una certeza: hay un Dios que consuela. Hay un Espíritu que transforma. Hay una Palabra que no falla. Y hay una gracia que abraza incluso cuando no la sentimos.
Ese es el abrazo de lo infinito. No se explica. Se experimenta. No se argumenta. Se recibe. No se manipula. Se honra. Y cuando lo hace, algo en nosotros resucita.