El Amor que Endereza
Sobre el fruto que no se fabrica y la única competencia que la Escritura bendice
Durante años intenté ser menos egoísta a fuerza de voluntad. Hacía propósitos, casi siempre después de una predicación que me había incomodado o de una conversación que me había dejado demasiado expuesto frente a mí mismo. Voy a ceder más. Voy a escuchar mejor. Voy a dejar de preguntarme qué gano. Y aquellos propósitos funcionaban con una precisión casi cómica hasta que amar comenzaba a costar algo de verdad. Bastaba una conversación más larga de lo esperado, una necesidad que interrumpiera mis planes o una entrega que no fuera correspondida para que el contador silencioso volviera a encenderse. Entonces descubría otra vez lo que esta serie ha intentado nombrar desde el principio: un corazón curvado sobre sí mismo no se endereza simplemente dándose órdenes. Incluso nuestros intentos por ser menos egoístas pueden terminar convertidos en otra manera de observarnos. Hasta la generosidad, si uno la examina con suficiente honestidad, puede andar buscando espejos.
El evangelio de Lucas conserva una escena que, sin convertirla en una alegoría que el texto nunca pretende ofrecer, se ha vuelto para mí una imagen difícil de olvidar. Un día de reposo, mientras Jesús enseñaba en una sinagoga, encontró allí a una mujer que llevaba dieciocho años enferma. Lucas dice que estaba encorvada y que «de ninguna manera se podía enderezar» (Lc. 13:11). Dieciocho años mirando hacia abajo. Entonces ocurre algo extraordinario: Jesús la ve antes de que ella haga nada, la llama y le anuncia su liberación. Después pone Sus manos sobre ella y «al instante se enderezó y glorificaba a Dios» (Lc. 13:13). Lucas está narrando una sanidad real, no construyendo una parábola sobre la santificación; pero desde que comencé a pensar en el pecado como una curvatura, no he podido leer esta escena sin reconocer en ella una hermosa analogía de la gracia. La mujer no consiguió finalmente enderezarse porque, después de dieciocho años, hubiera descubierto la técnica correcta. Alguien vino desde afuera de su incapacidad y realizó en ella lo que ella no podía producir por sí misma.
Hay además un pequeño detalle al final de la escena que me conmueve. Cuando la mujer finalmente se endereza, glorifica a Dios. La nueva postura cambia la dirección de su mirada. Y quizá allí haya una imagen de aquello para lo que la gracia está restaurando al ser humano: no simplemente para convertirlo en una versión más amable de sí mismo, sino para volver a orientarlo hacia Dios (yo lo llamo “reorientar”) y, desde Dios, hacia los demás. El evangelio no pretende producir personas menos desagradables pero todavía obsesionadas consigo mismas. La obra de Dios apunta más profundamente: hacia una humanidad que vuelve a vivir en la dirección para la cual fue creada.
Por eso una frase de Romanos se ha vuelto indispensable para mí: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado.» (Ro. 5:5). El contexto importa. Pablo viene hablando de nuestra justificación, de la paz que ahora tenemos con Dios y de una esperanza que no será avergonzada. Cuando dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, está hablando ante todo del amor de Dios por nosotros, un amor cuya realidad el Espíritu hace presente y cierta en el corazón del creyente. Y Pablo demostrará inmediatamente la naturaleza de ese amor: «en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Ro. 5:8). Antes de preguntarnos cuánto estamos amando, el evangelio nos obliga a mirar cuánto hemos sido amados.
Ese orden cambia todo. El cristianismo no comienza colocando delante de una persona espiritualmente incapaz el mandamiento de amar como Cristo y deseándole buena suerte. Comienza con Dios actuando. Cristo muere por los impíos, el pecador es justificado por la fe, el Espíritu es dado al creyente y el amor de Dios deja de ser solamente una doctrina verdadera fuera de nosotros para convertirse también en una realidad que sostiene nuestra esperanza por dentro. Solo entonces podemos hablar de aprender a amar. No amamos para conseguir que Dios nos ame; comenzamos a amar porque en Cristo hemos sido alcanzados por un amor que no conseguimos, no negociamos y no merecimos.
Aquí conviene introducir otra imagen bíblica, porque el Nuevo Testamento no llama a nuestro amor simplemente producto del esfuerzo humano. Lo llama fruto. «Pero el fruto del Espíritu es amor» (Gá. 5:22). La palabra importa. Un fruto es verdadero resultado, pero su aparición depende de una vida que lo precede. Una rama separada puede conservar durante un tiempo la forma de una rama, pero no puede fabricar vida desde sí misma. Jesús lo dijo con una claridad que destruye cualquier ilusión de autosuficiencia espiritual: «Permanezcan en Mí , y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí.» (Jn. 15:4). El problema de tantos de mis antiguos propósitos era precisamente ese: quería uvas sin vid, carácter sin comunión, la semejanza de Cristo sin una dependencia cotidiana de Cristo.
Pero aquí necesitamos evitar el error contrario. Permanecer no significa quedarse inmóvil esperando que la santidad ocurra espontáneamente. El Nuevo Testamento puede decir al mismo tiempo que el fruto pertenece al Espíritu y ordenar al creyente: «anden por el Espíritu» (Gá. 5:16). Puede afirmar que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer y, en la frase inmediatamente anterior, llamarnos a ocuparnos en nuestra salvación (Fil. 2:12–13). La gracia no convierte al creyente en espectador de su propia transformación. El Espíritu produce aquello que nosotros no podemos originar independientemente de Él, pero lo hace formando una obediencia real en personas reales: enseñándonos a decir no a la carne, a confesar, a perdonar, a servir, a escuchar, a abrir las manos. La santificación no es autosalvación, pero tampoco es pasividad. Es dependencia activa.
Eso explica también por qué seguimos luchando. Venir a Cristo no significa que desaparezcan automáticamente todos los movimientos del corazón curvado. Todavía conocemos la envidia, la vanidad, el temor, la irritación y ese viejo impulso de proteger primero lo nuestro. Pablo describe una oposición real entre la carne y el Espíritu (Gá. 5:17). La presencia de esa lucha no significa necesariamente que la gracia haya fracasado; muchas veces significa precisamente que una nueva vida ha comenzado a resistirse a aquello que antes gobernaba sin oposición. El Espíritu no nos endereza borrando instantáneamente toda inclinación pecaminosa, sino produciendo progresivamente en nosotros una nueva manera de caminar. Hay victorias, tropiezos, confesiones, crecimiento y una dependencia que, lejos de disminuir con la madurez, se vuelve cada vez más consciente.
¿Y cómo se cultiva esa dependencia? No mediante una técnica secreta ni a través de heroísmos espirituales, sino por medio de prácticas cotidianas en las que volvemos una y otra vez a ponernos delante de Dios. La Palabra leída no solamente para preparar algo que decir a otros, sino para permitir que ella nos lea a nosotros. La oración que no se limita a presentar solicitudes, sino que aprende nuevamente a querer a Dios. La confesión que llama pecado a aquello que nuestro corazón preferiría justificar. La comunión de la iglesia, donde recibimos, servimos, perdonamos y somos corregidos. Ninguna de estas prácticas compra la obra del Espíritu ni la obliga a ocurrir. Son más parecidas a abrir las ventanas que a fabricar el viento. Nos colocan deliberadamente en aquellos lugares donde Dios ha prometido formar en nosotros una vida dependiente de Él.
He observado algo incómodo en mi propia vida: mis temporadas más curvadas suelen coincidir con aquellas en las que empiezo a vivir espiritualmente de reservas. Puedo continuar predicando, trabajando y haciendo cosas cristianas durante bastante tiempo mientras mi comunión con Dios se vuelve funcional. Uno aprende incluso a mantener cierto vocabulario espiritual cuando el corazón ha empezado a secarse. Pero tarde o temprano algo aparece en las relaciones: me vuelvo menos paciente, más susceptible, más pendiente del reconocimiento, más rápido para interpretar cualquier inconveniente como una injusticia. No es una fórmula matemática, y tampoco significa que toda dificultad relacional revele automáticamente una mala vida devocional. Pero sí he aprendido que resulta difícil permanecer mucho tiempo abierto hacia el prójimo cuando he dejado de recibir conscientemente de Dios.
Juan condensa toda esta dinámica en ocho palabras: «Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). El orden no puede invertirse. El amor cristiano siempre es respuesta antes que iniciativa autónoma. Pablo expresa algo semejante cuando escribe que Cristo «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.» (2 Co. 5:15). El evangelio no añade simplemente una nueva lista de obligaciones a la antigua vida centrada en uno mismo; introduce un nuevo centro. Ya no vivo para mí porque pertenezco a Otro. Y precisamente cuando Cristo deja de ser un accesorio religioso alrededor de mi proyecto personal y se convierte nuevamente en el centro, comienzo a quedar libre para que las personas a mi alrededor dejen también de existir como instrumentos de ese proyecto.
Por eso diría ahora con más cuidado algo que durante mucho tiempo expresé de manera demasiado sencilla: no se trata de llegar “lleno” a una relación para no necesitar nada del otro. Los seres humanos fuimos creados para necesitar, recibir, depender y ser cuidados. La madurez cristiana no consiste en volvernos emocionalmente autosuficientes. Consiste en dejar de exigir que otra criatura ocupe el lugar que solo Dios puede ocupar. Quienes nos aman pueden amarnos verdaderamente y debemos aprender también a recibir ese amor; pero ninguna persona puede cargar con la tarea imposible de demostrarme todos los días que mi vida tiene valor. Cuando colocamos sobre alguien el peso de sostener nuestra identidad, tarde o temprano comenzaremos a cobrarle por no ser Dios.
Es ahí donde la paradoja de Jesús empieza a adquirir sentido: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará» (Mt. 16:25). El contexto de esas palabras es el discipulado y la cruz, no una fórmula para conseguir relaciones satisfactorias. Sin embargo, el principio inevitablemente alcanza nuestra manera de relacionarnos. Quien organiza toda su vida alrededor de protegerse terminará descubriendo cuánto puede perder mientras intenta conservar. Los puños cerrados quizá protejan algo, pero no pueden abrazar. El discípulo de Jesús comienza a experimentar una libertad diferente: ya no necesita convertir cada encuentro en una negociación para asegurar su porción.
Pablo utiliza una expresión preciosa para describir cómo puede verse esa libertad dentro de la comunidad cristiana: «con honra, dándose preferencia unos a otros.» (Ro. 12:10). Si la Escritura permitiera alguna clase de competencia entre nosotros, quizá sería esta: adelantarnos para honrar. Imagino comunidades, amistades y matrimonios donde la pregunta dominante dejara de ser «¿por qué siempre tengo que hacerlo yo?» y comenzara a convertirse en «¿cómo puedo buscar hoy el bien del otro?». No porque una persona deba asumir eternamente toda la carga mientras la otra recibe —eso no sería la mutualidad que el Nuevo Testamento imagina—, sino porque ambos están aprendiendo a abandonar la obsesión por ocupar primero el lugar de honor.
He tenido el privilegio de observar destellos de esa clase de amor en matrimonios que llevan décadas caminando juntos. Muchas veces aparece en gestos tan pequeños que uno podría ignorarlos: uno conoce el cansancio del otro y toma una tarea sin anunciarlo; uno escucha una historia que ya conoce porque comprende que hoy el otro necesita volver a contarla; uno guarda la mejor porción, prepara el café como al otro le gusta o reconoce por una mirada que es momento de acercarse y no de ganar una discusión. Lo hermoso no es que esas parejas hayan llegado a un punto en que sacrificarse nunca cuesta. A veces cuesta mucho. Lo hermoso es que miles de decisiones pequeñas, sostenidas por la gracia, han ido formando una clase de carácter en la que buscar el bien del otro comienza a resultar cada vez menos extraño.
Esa precisión importa. La madurez no convierte necesariamente la entrega en algo indoloro. Cristo mismo obedeció en Getsemaní en medio de una angustia que no debemos sentimentalizar. El amor puede seguir costando aun cuando sea fruto del Espíritu. Lo que cambia no es siempre el tamaño del costo, sino la dirección de la voluntad. Poco a poco dejamos de interpretar cada sacrificio como una disminución de nuestro yo. Algunas entregas siguen doliendo, pero ya no todas se sienten como amenazas. El Espíritu va formando una libertad nueva: la posibilidad de perder algo legítimo sin sentir que hemos perdido con ello nuestra identidad.
En la práctica, eso cambia la pregunta que llevamos dentro de nuestras relaciones. El corazón curvado pregunta instintivamente: «¿Qué estoy obteniendo de esto?». El corazón que el Espíritu está formando aprende a introducir otra pregunta: «¿Qué honraría a Cristo aquí?». A veces la respuesta será servir. Otras veces será escuchar. Algunas veces significará ceder; otras, hablar con una claridad que hubiéramos preferido evitar. Amar no siempre significa darle al otro lo que desea, porque buscar sus intereses no es lo mismo que satisfacer todos sus deseos. El amor bíblico busca el verdadero bien de la persona delante de Dios. Precisamente por eso puede ser tierno sin ser complaciente, sacrificado sin volverse servil y firme sin dejar de ser amoroso.
Cuando dos creyentes viven así, pueden convertirse en instrumentos de santificación el uno para el otro. No porque puedan desempeñar la obra que solo el Espíritu realiza, ni porque dos personas incompletas se fusionen mágicamente hasta producir una persona completa. Esa vieja idea romántica coloca sobre las relaciones un peso que nunca fueron diseñadas para llevar. El Nuevo Testamento ofrece una visión más hermosa: personas completas como criaturas pero todavía en proceso como discípulos, unidas a Cristo y colocadas en comunidad, a través de cuyas palabras, paciencia, corrección, perdón y servicio Dios sigue formando el carácter de Su Hijo. Un matrimonio o una relación de noviazgo pueden convertirse, entonces, no en una fábrica privada de felicidad, sino en uno de los talleres cotidianos de la gracia.
Y esto se extiende mucho más allá del noviazgo o del matrimonio. Nadie aprende a amar bíblicamente en completa soledad. Podemos conocer definiciones de paciencia sin que nadie nos obligue a esperar; podemos admirar el perdón mientras nadie nos ha herido; podemos defender la humildad hasta que otra persona recibe el reconocimiento que queríamos. Es en la comunidad —en la familia, las amistades, la iglesia y todas esas relaciones que no podemos controlar por completo— donde nuestra curvatura queda expuesta y donde la nueva postura encuentra oportunidades para hacerse concreta. Los demás no producen nuestra santificación, pero Dios los utiliza constantemente dentro de ella.
Por eso desconfío de cualquier espiritualidad cuya supuesta profundidad la vuelva progresivamente menos disponible para los demás. Existe una manera de convertir incluso la búsqueda de Dios en otra habitación cerrada alrededor de nosotros mismos. Pero la espiritualidad del Nuevo Testamento siempre termina produciendo fruto que alguien más puede probar. Si mi comunión con Dios nunca me vuelve más paciente con la persona difícil, más dispuesto a servir, más rápido para arrepentirme, menos necesitado de tener siempre la razón y más capaz de alegrarme por el bien de otro, entonces vale la pena preguntarme qué clase de transformación estoy llamando espiritualidad. El fruto del Espíritu crece dentro de nosotros, pero nunca termina siendo solamente para nosotros.
Mientras escribía estas tres entradas, sin embargo, fui entendiendo que no estaba pensando únicamente en textos bíblicos, libros de teología o conversaciones pastorales. Había también un rostro concreto detrás de muchas de estas reflexiones. Mi relación con Karla se ha convertido en uno de esos lugares donde las ideas dejan de ser ideas y comienzan a revelar lo que realmente hay dentro de mi. Amar a una persona concreta tiene esa capacidad: descubre zonas del corazón que pueden permanecer perfectamente escondidas mientras uno habla del amor en abstracto. Hay cosas acerca de mi propia curvatura que quizá nunca habría reconocido con la misma claridad si Dios no hubiera puesto frente a mí a una mujer cuyo bien comenzó a importarme de verdad.
Nuestra relación me ha enseñado, entre muchas otras cosas, que amar a alguien no consiste solamente en sentir profundamente por esa persona. El sentimiento puede ser verdadero, hermoso y necesario, pero tarde o temprano tiene que adquirir dirección. Amar comienza a significar escuchar cuando una parte de mí preferiría defenderse, hacer espacio para necesidades que no son las mías, aprender que mis planes no siempre tienen que ocupar el centro y preguntarme con mayor seriedad qué significa buscar el verdadero bien de la persona que amo delante de Dios. También me ha enseñado el límite contrario: amar no significa desaparecer para que el otro exista ni pedirle al otro que sostenga lugares de mi alma que solamente Dios puede sostener. El amor cristiano no borra a dos personas para fabricar una sola; enseña a dos personas a volverse hacia Dios y, desde Él, a aprender a mirarse correctamente.
No puedo decir que ya haya aprendido esa forma de amar. Hacerlo sería precisamente otra manera de colocarme nuevamente en el centro del relato. Lo que sí puedo decir es que esta relación se ha convertido en uno de los lugares donde el Espíritu está haciendo visible mi curvatura y, al mismo tiempo, enseñándome una postura distinta. Karla no vino a completar una mitad perdida de mí, porque esa tarea nunca le perteneció. Pero Dios sí está utilizando nuestra relación para formar cosas en mí que probablemente no aprendería con la misma profundidad a solas. Amarla me está mostrando que una relación puede ser mucho más que el lugar donde buscamos compañía, afecto o felicidad. Puede convertirse, por gracia, en uno de los lugares donde Cristo expone nuestro egoísmo, corrige nuestras expectativas y nos enseña lentamente a parecernos más a Él.
Y quizá por eso aquella pregunta con la que comenzó toda esta serie ha empezado a sonar diferente dentro de mí. «¿Y yo qué pierdo con esto?» todavía aparece. Sería ingenuo afirmar que ha desaparecido. Pero cada vez estoy más convencido de que no es la pregunta decisiva. La pregunta del discípulo tiene otra dirección: «Señor, ¿qué honraría a Cristo aquí? ¿Cómo puedo buscar verdaderamente el bien de esta persona?». No siempre sé responderla, y mucho menos vivirla perfectamente. Pero amar a Karla me ha hecho querer aprender esa pregunta. Y quizá parte de la obra del Espíritu consista precisamente en eso: no solo cambiar nuestras respuestas, sino enseñarnos a hacer preguntas nuevas.
Al llegar al final de esta serie regreso a la imagen con la que comenzó todo. El pecado nos encontró vueltos hacia nosotros mismos: escondiéndonos, culpando, protegiendo, cobrando y preguntándonos qué perderíamos si abríamos las manos. Después Filipenses nos mostró otra postura: la del Hijo eterno que no utilizó Su igualdad con Dios para Su propio beneficio, sino que tomó forma de siervo y se humilló hasta la muerte de cruz. Y ahora descubrimos que el evangelio no termina pidiéndonos que contemplemos esa postura desde lejos. El Espíritu de Dios habita en quienes pertenecen a Cristo y está realizando en ellos una obra progresiva de transformación.
Pablo describe esa esperanza diciendo que «estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.» (2 Co. 3:18). No ocurre de una vez. No elimina en esta vida toda lucha contra la carne. No nos vuelve incapaces de egoísmo ni convierte cada relación en una historia sencilla. Pero algo verdadero comienza a suceder. Un día descubrimos que escuchamos sin estar esperando nuestro turno para hablar. Que servimos y, durante unas horas, olvidamos llevar la cuenta. Que pudimos alegrarnos porque otro recibió lo que secretamente habíamos querido para nosotros. Que pedimos perdón antes de construir nuestra defensa. Son cambios pequeños comparados con la gloria que un día veremos, pero son reales. El Espíritu está formando en nosotros la semejanza de Cristo.
Entonces regreso una última vez a aquella mujer de la sinagoga. No porque Lucas la haya convertido en símbolo de nuestra santificación, sino porque su historia me presta una imagen para terminar la mía. Ella llevaba dieciocho años sin poder enderezarse. Jesús la vio, la llamó, puso Sus manos sobre ella y ocurrió lo que sus fuerzas nunca habían conseguido. Después levantó el rostro y glorificó a Dios. Eso es lo que espero del evangelio en mí. No una vida dedicada a contemplar cada centímetro de mi propio progreso, sino una transformación suficientemente profunda para que algún día deje de estar tan pendiente de mí mismo. Que mis ojos vuelvan a levantarse hacia Dios. Que aprendan a detenerse en el rostro del prójimo. Que mis manos se abran sin preguntar primero qué van a recibir a cambio.
Tal vez ese sea uno de los signos más hermosos de que el amor finalmente nos está enderezando: que comenzamos a olvidarnos de medir cuánto nos hemos enderezado. Porque al final la meta nunca fue conseguir una mejor postura para admirarnos frente al espejo. La meta siempre fue volver a mirar hacia arriba y hacia afuera: hacia el Dios que nos amó primero y hacia las personas que ha colocado a nuestro lado para que aprendamos, por Su Espíritu, a amar.
El pecado nos curvó hacia adentro. Cristo se inclinó hacia nosotros. Y el Espíritu, poco a poco, nos está enseñando a levantar el rostro.



