El Caminar
El faro que alumbra el caos
Hay una instrucción antigua, casi visceral, que encontramos en la literatura sapiencial de los hebreos. No es una sugerencia administrativa ni un consejo de autoayuda para la eficiencia moral; es un llamado a la fusión. El autor de los Proverbios nos pide tomar los mandatos y atarlos al corazón, nudos ciegos que no se desatan, para luego atarlos también al cuello. La imagen es táctil, casi sofocante si no se entiende desde el afecto: la Verdad no se lleva en el bolsillo como una moneda de cambio, se lleva en la garganta y en el pecho, como el pulso mismo de nuestra existencia. Al detenernos en la lectura, resuena la urgencia de involucrarse que vemos también en la carta de Santiago: no basta con ser oidores olvidadizos, sino hacedores activos de la obra (Santiago 1:25). Debemos envolvernos por completo en la Palabra de Dios, como quien se envuelve en una manta frente al frío de la intemperie.
Vivimos en una época de fragmentación ruidosa. Nuestras mentes están asediadas por mil voces que compiten por definir nuestra realidad, ofreciendo mapas contradictorios para un territorio que cambia cada mañana. Sin embargo, las Escrituras nos ofrecen una promesa de estabilidad radical: «Cuando camines, su consejo te guiará» (Proverbios 6:22, NTV). Aquí reside una tensión fascinante. Caminar es el acto más básico de la vida humana; es el movimiento hacia adelante en un mundo que a menudo parece hostil. Pero este caminar no se realiza en el vacío. Existe un “faro”. Como bien cantaba el salmista: “Tu palabra es una lámpara que guía mis pies
y una luz para mi camino.” (Salmos 119:105).
Imaginar la Palabra de Dios como un faro o una lámpara es reconocer implícitamente que hay oscuridad. No necesitamos faros al mediodía; los necesitamos en la costa escarpada, cuando la niebla del “todavía no” del Reino nos impide ver el horizonte completo. A menudo, corremos el riesgo de tratar la Biblia como un manual estático, pero la carta a los Hebreos nos corrige: “Pues la palabra de Dios es viva y poderosa.” (Hebreos 4:12, NTV). Es un ente vivo que se mueve con nosotros. Al “caminar”, las Escrituras no se quedan atrás en la biblioteca; van trazando la ruta en tiempo real. Es la disciplina moral convirtiéndose no en una lista de prohibiciones, sino en un estilo de vida, permitiendo que el Espíritu nos guíe a toda verdad (Juan 16:13).
Esta sincronización requiere lo que los antiguos monjes llamaban stabilitas —una estabilidad interior— pero aplicada al movimiento. La disciplina moral mencionada en Proverbios 6:23, esas “correcciones de la disciplina”, son el camino a la vida. No son castigos; son ajustes de rumbo. Como nos recuerda el apóstol Pablo, toda la Escritura es útil para “enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto.” (2 Timoteo 3:16, NTV). Hay una belleza austera en someterse a esta autoridad. En un mundo que idolatra la autonomía, atarse la Palabra al corazón es un acto de rebelión silenciosa. Es declarar que no somos nuestros propios dueños, que hay una Sabiduría superior que tiene el derecho de decirnos por dónde pisar.
Pero no nos confundamos pensando que esta guía es siempre un reflector deslumbrante que nos muestra todo el futuro de golpe. A menudo, la lámpara es pequeña. Alumbra solo el siguiente paso. Y eso es suficiente. Es la pedagogía de la confianza, el maná que se recoge solo para el día de hoy (Éxodo 16:4). Dios, en su infinita gracia, rara vez nos da el mapa completo. En cambio, nos da una lámpara: su Palabra. Nos da luz para el paso presente. Y en ese paso, el Reino de Dios se acerca. Al permitir que la enseñanza “buena” nos alumbre, “como luces radiantes en un mundo lleno de gente perversa y corrupta.” (Filipenses 2:15, NTV), convirtiéndonos en pequeños reflejos de esa luz en un entorno sediento de claridad.
Al final, este «consejo útil» al que apunta el sabio de Proverbios no es un utilitarismo pragmático. Es la utilidad de un ancla en la tormenta, esa esperanza que es “un ancla firme y confiable para el alma” (Hebreos 6:19, NTV). Es vital. Nos permite navegar la complejidad de la experiencia humana sin perder el alma. Nos recuerda que, aunque el Reino en su plenitud aún aguarda, la luz del Rey ya está aquí, disponible, lista para ser atada a nuestro cuello.
Quizás el secreto profundo, ese hilo dorado que une a todos los que han caminado con Dios a través de los siglos —desde los padres del desierto hasta los estudiosos del texto— es esta simple verdad: no caminamos solos. Hay una Voz registrada en tinta, que se hace viva por el Espíritu, y que hoy, ahora mismo, está dispuesta a decirte: “Este es el camino por el que debes ir” (Isaías 30:21, NTV). Solo necesitamos envolvernos en ella.



