Serie: La Roca y la Ciudad
Sabiduría que forma, protección que sostiene y prosperidad para el bien común.
Entrada #3
Hay un momento en que la súplica cambia de respiración y se vuelve música. No sé explicarlo del todo, solo ocurre: la misma garganta que pidió ayuda empieza a entonar una gratitud que aún no ha visto por completo, como si el alma hubiera olido de lejos la lluvia. David lo nombró con una frase que suena a alba: “Oh Dios, un cántico nuevo te cantaré; con arpa de diez cuerdas cantaré alabanzas a Ti” (Salmos 144:9, NBLA). Ese cántico no es un repertorio: es una manera de existir. Organiza la semana, recoloca las prioridades, vuelve habitable la batalla. Uno descubre que cantar no es evadir, es obedecer; no es negar, es recordar; no es anestesia, es estrategia del cielo: “Cántenle una canción nueva; toquen con destreza y den voces de alegría.” (Salmo 33:3, NVI). El corazón, que ya aprendió a descansar sobre la Roca y pidió que el cielo descendiera, ahora ensaya una melodía que alinea la vida con Dios.
El cántico nuevo no aparece por arte de magia. Brota cuando la memoria hace su trabajo y vuelve a recorrer la historia: un mar que se abrió para un pueblo perseguido, y una voz que estalló diciendo: “«Canto al Señor porque ha triunfado gloriosamente” (Éxodo 15:1–2, NBLA). Un rey asediado que puso cantores al frente del ejército “Cuando comenzaron a entonar cánticos y alabanzas, el SEÑOR puso emboscadas contra los amonitas, los moabitas y los del monte Seir.” (2 Crónicas 20:21–22, NBLA). Dos prisioneros golpeados que oraban y cantaban himnos “De repente se produjo un terremoto tan fuerte que la cárcel se estremeció hasta sus cimientos. Al instante se abrieron todas las puertas y a los presos se les soltaron las cadenas.” (Hechos 16:25–26, NVI). La Biblia parece insistir en lo mismo: la adoración es un modo de situarse bajo la acción de Dios. No es un amuleto. Es el lugar donde la fe toma oxígeno y las cadenas, por dentro y por fuera, comienzan a perder poder. Por eso el salmo se atreve a decirlo sin rubor: “El que da la victoria a los reyes… Rescátame y líbrame” (Salmos 144:10–11, NBLA). La victoria tiene Autor.
Aquí, el corazón aprende dos ritmos que conviene mantener: primero, cantar lo que Dios ya hizo; segundo, cantar lo que esperamos que haga. En el primero, la memoria se vuelve faro: “¡Canten al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas!…” (Salmo 98:1, NVI). En el segundo, la esperanza ensaya el futuro y le da nombre: justicia, puerta abierta, reconciliación, descanso, luz. Cantar así no inventa realidades; se ubica en la Promesa. Es participar de ese Reino que ya se cuela en la tierra como semillas que brotan, y que un día llenará todo con su plenitud. Entre primicias y consumación, la melodía sostiene.
Ese canto se aprende mejor en lo concreto. A veces comienza en la mesa, con pan sencillo y una oración que no usa palabras grandilocuentes: “Señor, gracias por hoy”. A veces nace en la empresa, cuando decides tratar a un proveedor con la dignidad que merece y el correo que envías va cargado de verdad y amabilidad. A veces es un susurro en el tráfico, una letanía mínima que mantiene a raya el ánimo: “Bendeciré al SEÑOR en todo tiempo…” (Salmo 34:1, NVI). A veces es la decisión de detenerte tres minutos a la mitad de la mañana, abrir el Evangelio, leer en voz baja un versículo, y dejar que esa línea trabaje por dentro. No se trata de producir sentimientos, sino de darle a Dios el lugar de gobierno sobre el pulso de la jornada: “Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza… canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón.” (Colosenses 3:16, NVI). Uno descubre que el alma también tiene músculos, y que el cántico nuevo los fortalece.
El salmo nombra con precisión el anhelo que late bajo la melodía: libertad. “Rescátame y líbrame de la mano de extranjeros, cuya boca habla falsedad…” (Salmos 144:11, NBLA). Todos sabemos de qué habla: pactos tentadores que prometen atajos, narrativas brillantes que normalizan la mentira, hábitos que encadenan despacio, voces que rompen la paz interior. El cántico nuevo no es naïf; pide intervención. Y al pedirla, desalojamos la ilusión de que el rescate depende de nuestro ingenio. Cantar “El Señor es mi fuerza y mi canción...” (Éxodo 15:2, NVI) es ceder el volante y, a la vez, asumir la parte que nos toca: ordenar cuentas, decir la verdad, cortar lo que intoxica, reconciliar cuando sea posible. El canto no reemplaza la obediencia; la inspira.
Tal vez por eso la Escritura habla de “sacrificio de alabanza” (Hebreos 13:15, NVI). Llamarlo sacrificio recuerda que, muchas veces, cantar cuesta. Cuesta abrir la boca cuando el dato es adverso, cuesta volver a confiar cuando el sueño se retrasó, cuesta repetir “gracias” cuando el cuerpo pide respuestas. Pero ese acto ofrece a Dios un lugar en la historia. Le decimos: eres digno, aun si no entiendo; eres bueno, aun si me duele; eres Rey, aun si el mapa no cuadra. En esa entrega, algo se ordena por dentro. Y ese orden interior genera decisiones sabias por fuera. Es como si el canto hiciera sitio a la verdad y, al hacerlo, el desorden retrocediera.
El cántico nuevo también es un arma limpia. “Tú eres mi refugio; tú me protegerás del peligro y me rodearás con cánticos de liberación. Selah” (Salmo 32:7, NVI). No es un arma para aplastar personas, sino para desbaratar mentiras y desalojar miedos. Quien canta desde la verdad deja de negociar con lo que lo esclaviza y comienza a respirar como quien recuerda a quién pertenece. Ese aire nuevo se nota. Se nota en el tono de una reunión complicada, en la templanza ante un ataque injusto, en la buena cara que sostiene al equipo cuando el pronóstico económico aprieta, en la renuncia a estrategias opacas aunque prometan resultados rápidos. Si la adoración es un arma, su filo es la santidad y su empuñadura es la humildad.
Hay algo más: el cántico nuevo es un lenguaje comunitario. No se canta solo. La voz personal importa, pero cobra fuerza en coro. “¡Canten al Señor un cántico nuevo ¡Canten al Señor, habitantes de toda la tierra!” (Salmo 96:1, NVI). Hay domingos en que uno llega con las manos vacías, y entonces escucha al que está a su lado, y se deja llevar por la fe del otro. La melodía compartida nos recuerda que la salvación no se vive en isla. La misma presencia que nos consuela en la cámara secreta nos reúne con rostros y nombres. Así, el cántico nuevo hace algo precioso: repara vínculos. Cantar juntos es practicar la reconciliación sin pronunciar discursos: afinamos, escuchamos, dejamos espacio, volvemos a empezar. Aprendemos a ser cuerpo mientras adoramos. Allí su Espíritu sopla con un vigor manso que ordena la casa.
Ese orden del corazón que trae la adoración afecta el trabajo. Si el Señor “da la victoria a los reyes” (Salmos 144:10, NBLA), también dirige a gerentes, enfermeras, maestros, programadores, comerciantes, albañiles y artistas. La victoria toma formas humildes: claridad para decir que no, serenidad para esperar dos meses, creatividad para abrir una línea de servicio, firmeza para terminar una relación que ya no honra a Dios, valentía para confesar un error a tiempo. Por eso, cantar es tan práctico como hacer un presupuesto. De hecho, se complementan. Uno nos pone de pie delante del cielo; el otro nos hace caminar bien sobre la tierra. Y en ese cruce, la vida empieza a sentirse guiada.
Alguien podría objetar: ¿y si canto y no pasa nada? Tal vez no pase todavía lo que esperas. Pero suceden cosas que sostienen: la ansiedad baja un punto, el rencor pierde filo, la noche se vuelve menos oscura, el paso recupera ritmo, la tentación queda al descubierto. El cántico nuevo pertenece a este tiempo intermedio en el que ya vemos y aún aguardamos. A veces abre puertas como en Filipos; a veces abre el pecho para atravesar la misma puerta cerrada con templanza. En ambos casos, es obra de Dios. Y, con el tiempo, descubres que cantar te convirtió en alguien más libre, no porque todo salió como deseabas, sino porque ya no estás atado al resultado. “Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!” (Filipenses 4:4, NVI). La alegría no niega el dolor; lo atraviesa con una luz que no se apaga.
También conviene decirlo: no toda canción construye. Hay melodías que refuerzan el yo hasta volverlo tirano, letras que normalizan la burla, ritmos que embriagan sin esperanza. El cántico nuevo, en cambio, afina hacia la verdad, la belleza y la bondad. Por eso, elegir lo que escuchamos y lo que repetimos es una práctica de vigilancia amorosa. No se trata de censurar por censurar; se trata de custodiar el alma para que aprenda los tonos del Reino. A veces bastará con limpiar listas, a veces con escribir una oración breve y volver a ella durante la semana, a veces con recuperar himnos viejos o con componer frases nuevas nacidas del propio desierto. “…canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón.” (Colosenses 3:16, NVI): ese es el criterio.
Desde ese lugar, el salmo vuelve a pedir lo que no puede conseguir por sí solo: “Rescátame… líbrame” (Salmos 144:11, NBLA). La petición suena a alguien que ha cantado lo suficiente como para saber que la victoria no viene de su talento. Por eso, además de entonar, el discípulo ora con precisión: líbrame del pacto que me ata al miedo; líbrame de esta ambición que me vacía; líbrame del patrón de respuesta que hiere; líbrame de la rutina que anestesia. Y, al mismo tiempo, pide el movimiento positivo: dame una mente sobria, un corazón limpio, un espíritu dispuesto; dame caminos rectos, amigos que digan la verdad, mentores que sepan escuchar; dame pan suficiente y manos abiertas para compartirlo.
Y sí, el cántico nuevo apunta hacia adelante. La Biblia cierra su historia con un coro que no se agota: “Y entonaban este nuevo cántico” (Apocalipsis 5:9, NVI), y más adelante “Nadie podía aprender aquel himno, aparte de los… que habían sido redimidos de la tierra.” (Apocalipsis 14:3, NVI). Esa escena no cancela la que hoy vivimos; la ilumina. Nos recuerda que toda adoración en la tierra es un ensayo para el día en que el mundo sea afinado. Mientras tanto, cantamos entre escombros y brotes, entre facturas y abrazos, entre diagnósticos y nacimientos. Y el Dios que da la victoria a los reyes sigue enseñándonos melodías de libertad para cantarlas en voz baja en una cocina o a plena voz en una asamblea.
Quizá hoy te toque un gesto pequeño para aprender este canto: escribir tres razones de gratitud antes de abrir el chat, entonar un himno mientras lavas los platos, poner música que te recuerde la verdad camino al trabajo, o repetir una frase de la Escritura como si fuera un estribillo: “Ustedes quédense quietos, que el SEÑOR presentará batalla por ustedes.” (Éxodo 14:14, NVI). Tal vez te toque una obediencia concreta: reconciliarte con alguien, cancelar un gasto que te esclaviza, pedir ayuda profesional, limpiar un contrato, donar con alegría, aceptar una puerta cerrada. Cada acto, sostenido por el cántico nuevo, abre una rendija por donde la luz entra y empieza a ordenar las piezas.
Y si no tienes fuerza para cantar, escucha. Deja que otros lo hagan por ti. Toma prestada una melodía, aunque sea una línea, y repítela. A veces el cántico nuevo empieza como un murmullo tímido; con el tiempo gana cuerpo y se convierte en columna que sostiene el día. “el fruto de los labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15, NVI) es más poderoso de lo que creemos. La lengua que bendice al Señor aprende a bendecir personas, proyectos y ciudades. Y en ese aprendizaje el alma se vuelve amplia.
Así seguimos, entre el ya y el todavía no: cantando por lo que ya vimos y por lo que veremos. Confiando en Aquel que extiende su mano y rescata. Ordenando la vida alrededor de la gratitud que obedece y de la esperanza que trabaja. El cántico nuevo no es fondo musical de la fe; es su pulso. Es la respiración de quienes han descubierto que la Roca sostiene, que el cielo visita, que la victoria tiene Nombre. Por eso nos levantamos una vez más y lo decimos con la misma convicción del salmista: “El que da la victoria a los reyes… Rescátame y líbrame” (Salmos 144:10–11, NBLA). Y nos quedamos allí, en esa nota, hasta que el día encuentre su tono y la vida vuelva a correr en la dirección del Bien.