El Corazón Curvado
Por qué el egoísmo no es un hábito que aprendimos, sino una postura en la que nacimos
Hay una pregunta que he aprendido a hacerme por dentro, casi siempre demasiado tarde. Aparece en medio de una conversación difícil, cuando alguien me pide algo que yo no tenía planeado dar, o cuando amar comienza a costarme más de lo que había imaginado. Es una pregunta breve, razonable, incluso cortés: «¿Y yo qué pierdo con esto?» Nunca necesito pronunciarla en voz alta. Trabaja perfectamente en silencio, debajo de mis palabras, como un contador escondido que registra con precisión lo que doy, lo que recibo, lo que cedo y lo que todavía considero que se me debe.
Durante años pensé que aquella pregunta era simplemente prudencia. Uno tiene que cuidarse, me decía. Uno necesita límites. Uno no puede darlo todo a todos. Y hay verdad en eso. La Escritura nunca nos llama a borrar nuestra personalidad ni a negar nuestra condición de criaturas para poder amar a otros. El problema era otro. Un día descubrí que aquella pregunta no aparecía ocasionalmente, como un consejero al que consultaba en determinadas circunstancias. Estaba siempre allí. Era la primera en llegar a casi todas las escenas de mi vida: antes de escuchar, ya estaba calculando; antes de entregar, ya estaba midiendo; antes de amar, alguna parte de mí quería saber cuánto iba a costarme. Entonces comprendí que no estaba simplemente frente a un mal hábito adquirido con los años. Había descubierto algo mucho más antiguo: una inclinación del corazón humano.
El diagnóstico duele más cuando uno recuerda el diseño. La Biblia comienza no con un ser humano solitario, sino con Dios. Y cuando la revelación bíblica llega a su plenitud, descubrimos que el Dios que estaba en el principio no es un ser aislado que necesitaba crear para dejar de estar solo. Es el Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, eternamente suficiente, eternamente perfecto y eternamente amoroso. Antes de que existiera un solo ser humano, el amor ya existía. El Padre ama al Hijo, el Hijo glorifica al Padre y el Espíritu glorifica al Hijo. El amor no nació con la creación; la creación nació del Dios que es amor.
Es este Dios quien dice: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» (Gn. 1:26). Y por eso resulta tan significativa la primera vez que la Escritura declara que algo no era bueno: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn. 2:18). La necesidad de relación no apareció después del pecado. No es una debilidad que debamos superar ni un defecto del diseño humano. Lleva la firma del Creador. Fuimos hechos para vivir vueltos hacia Dios y abiertos hacia el prójimo: mirando hacia Él para recibir la vida y mirando hacia el otro para amar. El egoísmo, entonces, no pertenece a nuestra creación original; pertenece a nuestra deformación.
La Escritura registra casi con dolorosa precisión el momento en que esa postura comenzó a torcerse. Después de comer del árbol, el hombre y la mujer escuchan la voz del Señor acercándose por el huerto y se esconden entre los árboles (Gn. 3:8). Cuando Dios llama a Adán y le pregunta qué ha sucedido, la respuesta no es una confesión, sino una defensa: «La mujer que Tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Gn. 3:12). Primero esconderse. Después culpar. Una generación más tarde, Caín asesina a Abel y responde a la pregunta de Dios con otra pregunta que parece resumir la nueva condición humana: «¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?» (Gn. 4:9). Esconderse, culpar y desentenderse. Tres movimientos que tienen la misma dirección: hacia uno mismo.
Siglos después, el Predicador resumiría esta tragedia con una frase de una sencillez desarmante: «Dios hizo rectos a los hombres, pero ellos se buscaron muchas artimañas» (Ec. 7:29). La palabra rectos merece detenernos un momento. Fuimos creados erguidos, abiertos, orientados hacia Dios y hacia los demás. La caída no destruyó nuestra humanidad, pero sí torció su orientación. Continuamos siendo portadores de la imagen de Dios, pero ahora vivimos con un corazón que ha aprendido a doblarse hacia adentro.
Hace más de dieciséis siglos, Agustín de Hipona describió esta realidad al hablar del pecado como un amor desordenado: la criatura apartándose del Bien supremo para aferrarse a bienes inferiores, hasta terminar atrapada en sí misma. Más tarde, la tradición cristiana condensó esa intuición en una expresión inolvidable: incurvatus in se, «curvado sobre sí mismo». La fuerza de esa imagen radica en que no presenta el pecado simplemente como una lista de malas acciones, sino como una dirección equivocada del corazón. No se trata únicamente de que hacemos cosas egoístas; se trata de que hemos aprendido a mirar el mundo desde el centro de nuestro propio yo.
La imagen me persigue porque es casi física. Un cuerpo encorvado pierde poco a poco el horizonte. Después deja de ver los rostros. Finalmente solo alcanza a mirar su propio pecho, sus propios pies y su propia sombra. Puede caminar entre multitudes sin encontrarse realmente con nadie. Algo semejante ocurre con el corazón del hombre. Vivimos rodeados de personas, pero con demasiada facilidad comenzamos a percibirlas principalmente en función de nosotros mismos: ¿me valoran?, ¿me reconocen?, ¿me hacen sentir importante?, ¿me están dando lo que creo merecer? No es que cada mañana despertemos decidiendo conscientemente ser egoístas. Es algo mucho más profundo. Desde la caída, el egoísmo se convirtió en la postura natural del corazón humano.
Por eso incluso nuestras relaciones más tiernas pueden terminar convirtiéndose, sin que nadie lo note, en negociaciones. Lo he visto acompañando a parejas que se aman sinceramente y que, sin embargo, parecen haber firmado un contrato que ninguno recuerda haber redactado. «Yo cedo si tú cedes. Yo te escucho porque espero que después tú me escuches. Yo doy porque confío en que algún día tú me devolverás lo mismo». Mientras ambos cumplen con lo esperado, llamamos amor al acuerdo. Pero basta que uno deje de pagar —porque llega el cansancio, el conflicto, la enfermedad o una temporada difícil— para que aparezca el contador silencioso y comience a recordarnos todo lo que, según él, sigue pendiente.
Hace algún tiempo escuché ese mecanismo expresado con una claridad que todavía no olvido. Una pareja joven me estaba contando uno de sus conflictos cuando, casi sin darse cuenta, él dijo: «Es que yo ya cedí la semana pasada; ahora le toca a ella». Aquella frase quedó sobre la mesa como un espejo. No pude juzgarla, porque la reconocí inmediatamente. Yo también la había pronunciado muchas veces, aunque solo fuera dentro de mí. Llevamos libros contables que nadie recuerda habernos enseñado a llevar. Registramos quién llamó primero, quién pidió perdón la última vez, quién sacrificó más tiempo, quién hizo más esfuerzo. Y quizá lo más inquietante sea que esos libros no distinguen entre extraños y personas amadas. Podemos llevar cuentas con una exactitud sorprendente precisamente con aquellos por quienes juraríamos estar dispuestos a dar la vida.
Alguien podría responder que para eso existe el amor. Y es cierto que el enamoramiento produce una generosidad que incluso nos sorprende. Durante un tiempo regalamos horas que antes protegíamos, modificamos planes sin dificultad, atravesamos la ciudad con gusto y recordamos detalles que jamás habíamos considerado importantes. Parece que el contador ha dejado de funcionar. Sin embargo, conviene no confundir el comienzo de una historia con su culminación. Incluso nuestra generosidad más sincera suele estar mezclada con el gozo que experimentamos al sentirnos vistos, elegidos, deseados o correspondidos. Eso no vuelve falso el amor; simplemente revela que todavía necesita ser purificado. Cuando la novedad desaparece y llegan las limitaciones reales del otro, el contador suele volver a encenderse. La emoción puede suspender nuestra curvatura durante un tiempo; no puede enderezarla.
Quizá por eso una de las frases más bellas de toda la Escritura resulta también una de las más incómodas: «(El amor) no busca lo suyo» (1 Co. 13:5). Basta leerla con honestidad para descubrir que Pablo no está describiendo la forma en que amamos naturalmente, sino el tipo de amor al que todavía necesitamos ser conformados. Más adelante escribe, con profunda tristeza, que incluso entre quienes colaboraban con él «todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (Fil. 2:21). Isaías había descrito la misma realidad siglos antes: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino» (Is. 53:6). La dirección siempre es parecida. Mi camino. Mi interés. Mi necesidad. Mi reconocimiento. Mi protección. El corazón humano posee una extraordinaria habilidad para colocarse a sí mismo en el centro de casi cualquier historia.
Y la curvatura no se detiene al cruzar la puerta de una iglesia. También podemos orar curvados, servir curvados y predicar curvados. Jesús conocía demasiado bien esa posibilidad cuando advirtió: «Cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt. 6:1). Podemos buscar en la oración únicamente alivio y nunca el rostro de Dios. Podemos servir esperando silenciosamente reconocimiento. Podemos leer la Biblia buscando argumentos para corregir a otros antes que permitir que ella nos corrija a nosotros. Incluso la religión puede convertirse en un nuevo escenario donde el yo continúa ocupando el lugar principal. No porque la fe produzca egoísmo, sino porque el corazón curvado es capaz de apropiarse incluso de las cosas más santas para seguir hablándose a sí mismo.
Escribo todo esto sin ninguna superioridad. Soy pastor, y el contador silencioso también vive en mí. Lo escucho en conversaciones cotidianas, en el ministerio y en esos momentos en que descubro, con cierta vergüenza, que una parte de mí observa discretamente si alguien notó mi servicio o agradeció mi esfuerzo. También yo conozco la tentación de medir cuánto doy y cuánto recibo. El diagnóstico de la curvatura no comienza con las personas a las que acompaño; comienza conmigo. Quizá por eso esta imagen se ha vuelto tan difícil de olvidar. Uno rara vez se molesta con un espejo porque mienta. Nos incomoda porque reconoce algo que ya estaba allí.
Pero hay una pregunta que también ha comenzado a acompañarme, y esa pregunta es mucho más luminosa que el diagnóstico. ¿Qué ocurre cuando un corazón curvado intenta enderezarse? Puede proponerse ser menos egoísta, practicar mejores hábitos, memorizar pasajes sobre el amor o esforzarse por pensar primero en los demás. Todo eso tiene su lugar. Sin embargo, permanece un problema profundo: el mismo corazón que intenta cambiar continúa siendo el corazón que necesita cambiar. Incluso puedo volverme generoso para sentirme generoso. Puedo sacrificarme para admirar mi sacrificio. Puedo dejar de buscar reconocimiento y terminar orgulloso de no necesitarlo. El yo posee una sorprendente capacidad para convertirse incluso en espectador de su propia humildad.
Por eso un corazón curvado jamás podrá enderezarse simplemente esforzándose más. Necesita que alguien venga desde afuera. Necesita una gracia que no nazca de sí mismo. Necesita encontrarse con una forma de amar que nunca haya comenzado preguntando: «¿Y yo qué pierdo con esto?» Y precisamente allí comienza el evangelio. Existe Uno que, teniendo todo derecho a permanecer donde estaba, decidió descender. Uno que no utilizó su gloria para protegerse, sino para entregarse. Uno que no se aferró a sus privilegios, sino que se dio a sí mismo por aquellos que vivían doblados sobre sí mismos. De Él quiero escribir en la próxima entrada. Porque quizá el amor cristiano no consista primero en aprender a amar mejor, sino en ser alcanzados por un Amor tan radicalmente orientado hacia nosotros que, poco a poco, comienza a cambiar la dirección de nuestra mirada. El pecado nos curvó hacia adentro; el amor de Cristo comienza a enderezarnos hacia el otro.



