Desde que me comprometí, hay una pregunta que a veces llega después de apagar la luz: ¿qué estoy haciendo con lo que me fue confiado? No pienso en el anillo, ni en la fecha, ni en las decisiones que todavía nos faltan. Pienso en que alguien se atrevió a dejarse conocer por mí. Me habló de cosas que le duelen, de lo que espera, de aquello que teme repetir. Me permitió acercarme a lugares de su vida donde una palabra descuidada puede hacer mucho daño. Y cuando le pregunté si quería caminar hacia el matrimonio conmigo, dijo que sí.
Hay noches en que esa confianza me conmueve. Otras, me hace recordar una conversación en la que quise tener razón más de lo que quise comprenderla. Me descubro capaz de imaginar una vida entera a su lado y, al mismo tiempo, impaciente ante algo tan pequeño como una pregunta hecha cuando estoy cansado. Ahí entiendo que prepararme para amarla también significa permitir que Dios examine mi manera de amar.
Durante años leí Proverbios 4:23 pensando, sobre todo, en aquello de lo que debía protegerme: «Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida». Ahora empiezo a prestar atención a lo que sale de mí. Del corazón brotan las palabras con las que recibimos a alguien, la disposición para escuchar y las razones que nos damos para no pedir perdón. Si de él mana la vida, guardar mi corazón tiene consecuencias para quienes viven cerca. Ella conocerá sus aguas de una manera que pocas personas llegarán a conocerlas.
Pienso en la casa que todavía no habitamos. Hemos hablado de lo que nos gustaría encontrar en ella, de las personas que esperamos recibir, de algunas costumbres que quisiéramos hacer nuestras. Pero también llevaré mi forma de responder cuando algo me frustre, mis silencios y mis hábitos más difíciles de reconocer. A veces dedico más atención a imaginar lo que pondremos en esa casa que a mirar lo que ya estoy llevando hacia ella.
El compromiso puede llenarse de tareas hasta hacernos creer que prepararnos consiste en terminarlas. Cada pendiente resuelto nos acerca a la boda, y hay alegría en eso. Sin embargo, algunas de las cosas más importantes ocurren en conversaciones que preferiríamos posponer: qué hacemos cuando nos sentimos heridos, cómo hablamos del dinero, por qué nos cuesta admitir que necesitamos ayuda. La boda, por sí sola, no sanará lo que hoy evitamos mirar. Dios nos concede este tiempo para empezar a llevarlo ante Él, con la esperanza de que su gracia puede transformar lo que nosotros apenas sabemos nombrar.
Guardar mi corazón exige aprender a reconocer lo que sucede dentro de mí antes de descargarlo sobre ella. A veces el resentimiento comienza con algo que no dije a tiempo. Otras veces mi distancia nace del miedo a mostrarme necesitado. Quisiera descubrir estas cosas con una serenidad que todavía no tengo; con frecuencia las reconozco después de haber lastimado. Entonces guardar el corazón significa volver, escuchar lo que hice y pedir perdón sin añadir una explicación que me deje a salvo de toda responsabilidad.
Me cuesta escribir esto porque preferiría hablar del hombre que deseo ser. Pero es al hombre que soy a quien Cristo llama a seguirlo. Puedo acercarme a Él con mi impaciencia, mi orgullo y mi deseo sincero, aunque incompleto, de amar bien. Su gracia me permite reconocer mi pecado sin perder la esperanza. Por su Espíritu puedo aprender una respuesta distinta, reparar lo que esté a mi alcance y aceptar que crecer requerirá más de una conversación y más de un acto de humildad.
Cuidar el corazón de ella tiene mucho que ver con lo que hago con lo que sé. Hay confidencias que deben quedarse conmigo y temores que merecen respeto, aunque yo no alcance a comprenderlos. Lo que me contó en un momento de vulnerabilidad nunca debería convertirse en una anécdota para entretener a otros ni en un argumento durante una discusión. Quiero que pueda hablar conmigo sin calcular cuánto le costará después haber sido honesta. Esa confianza se cultiva en decisiones pequeñas, especialmente cuando estoy molesto y tengo la oportunidad de herir.
También necesito recordar que ella vive delante de Dios con una conciencia, una libertad y una responsabilidad propias. Puedo acompañarla, orar con ella y responder por mi manera de tratarla. Hay cargas suyas que tendré el privilégio de ayudar a llevar; habrá otras ante las que necesitaré escuchar y reconocer mis límites. El corazón que me fue confiado sigue estando bajo el cuidado de un Señor que la conoce y la ama más profundamente que yo. Recordarlo me ayuda a acercarme con humildad.
Todavía nos estamos preparando para entrar en el pacto matrimonial, y la espera tiene algo que enseñarnos. Honrar los límites de esta etapa nos permite practicar el dominio propio y cuidar con reverencia lo que deseamos compartir. Habrá días en que esperar cueste más. Podemos hablar de ello con honestidad, pedir ayuda y confiar en que obedecer a Dios también es una manera concreta de procurar el bien del otro. Su misericordia nos recibe cuando fallamos y nos llama a retomar el camino.
Cuando pienso en todo esto, entiendo cuánto necesito la promesa de Filipenses 4:7. Antes de hablar de la paz que guardará nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús, Pablo nos invita a presentar nuestras peticiones a Dios con acción de gracias. Puedo llevarle el temor de no ser suficiente, las preocupaciones por el futuro y aquello que hoy hice mal. Puedo agradecer la paciencia que he recibido y pedir sabiduría para una conversación pendiente. En esa oración voy aprendiendo a depender de Él para amar a la persona que tengo delante.
Al terminar el día, intento hacerme tres preguntas: ¿qué recibí hoy con gratitud?, ¿cómo amé?, ¿qué necesito confesar? Algunas noches recuerdo una frase y sé que debo volver a ella. Otras descubro una bondad que había pasado por alto: su paciencia, una risa compartida, el alivio de haber dicho algo difícil y haber sido escuchado. Prestar atención a esas cosas también guarda el corazón. Me ayuda a recibir nuestra relación como un regalo y a reconocer la gracia de Dios en medio de nuestra vida ordinaria.
Quizá tú también tengas una fecha en el calendario y demasiadas cosas por resolver. Antes de regresar a ellas, quédate unos minutos delante del Señor. Recuerda cómo has tratado a la persona con quien deseas compartir la vida y deja que su Palabra ilumine lo que encuentres. Puede haber algo que agradecer, una pregunta que hacer o un perdón que pedir. Empieza por ahí. La casa que esperan habitar ya está recibiendo algo de ustedes, en la forma en que hoy aprenden a amarse.
Señor Jesús, Tú conoces nuestra fragilidad y nos has amado con misericordia. Gracias por la confianza que hemos recibido y por este tiempo para aprender a cuidarla. Por tu Espíritu, forma en nosotros un amor paciente, limpio y dispuesto a escuchar. Danos humildad para reconocer el pecado, valor para pedir perdón y disposición para obedecerte. Guarda nuestros corazones mientras nos preparas para el matrimonio, y enséñanos a recibir cada día a la persona que has puesto a nuestro lado con gratitud, respeto y ternura. Amén.
Ya, pero todavía no.



