El Despertar
Cuando el silencio habla
Cuando camines, su consejo te guiará.
Cuando duermas, te protegerá.
Cuando despiertes, te orientará.
⎯ Proverbios 6:22 (NTV)
Hay un instante sagrado y frágil que ocurre cada mañana, justo en esa frontera nebulosa donde el sueño se disipa y la consciencia regresa al cuerpo. Es el momento del despertar. Antes de que el pie toque el suelo, antes de que la urgencia de la agenda nos asalte con sus demandas, existe un silencio. Y es precisamente ahí, en ese primer respiro del día, donde el antiguo sabio de los Proverbios sitúa la tercera promesa de la Palabra: «Cuando despiertes, te orientará».
Si el caminar requiere una lámpara y el dormir demanda un centinela, el despertar anhela una voz.
Durante años, hemos sido condicionados a despertar con alarmas estridentes, saltando de la cama para reaccionar ante el mundo. Pero la invitación de las Escrituras es diferente. El texto sugiere que, si la Palabra ha sido atada al corazón y ha montado guardia durante la noche, al abrir los ojos no nos encontramos con un vacío, sino con una conversación que ya ha comenzado. La Verdad no es un objeto inerte que dejamos en la mesa de noche; es una presencia viva que aguarda nuestro retorno a la vigilia para decirnos “lo que sigue”. El profeta Isaías describió esta experiencia con una belleza conmovedora: «El Señor Soberano... Mañana tras mañana me despierta
y me abre el entendimiento a su voluntad.» (Isaías 50:4).
Aquí es donde la teología se vuelve profundamente íntima. La palabra hebrea traducida en la NTV como «te orientará» implica una interacción personal, una ministración. No es un boletín de noticias cósmico; es Dios inclinándose sobre nuestra humanidad para orientar nuestro afecto antes de que el caos del día intente secuestrarlo. En este sentido, la Biblia actúa como un sacerdote personal que nos ministra, recordándonos quiénes somos antes de que el mundo nos diga quiénes deberíamos ser.
Vivimos en la tensión del Reino: ya somos hijos amados, pero todavía habitamos cuerpos cansados en una realidad fracturada. Al despertar, a menudo sentimos el peso de esa fractura —la ansiedad, la apatía o el miedo al futuro—. Pero cuando la Palabra «habla» al despertar, irrumpe en esa realidad con la frescura del Espíritu. Nos da la instrucción precisa para la jornada. A veces es una palabra de aliento; otras veces, una dirección estratégica para un conflicto pendiente. Como decía el salmista, anticipándose al sol: «Me levanto temprano, antes de que salga el sol; clamo en busca de ayuda y pongo mi esperanza en tus palabras» (Salmos 119:147).
Esta “conversación matutina” es lo que transforma la lectura bíblica de un hábito académico a un encuentro místico. No leemos para acumular datos; leemos para ser leídos. Permitimos que el texto nos interrogue y nos defina. Al despertar con la Palabra, ella nos dice qué es lo que sigue. No nos da necesariamente el plan quinquenal, pero nos da la sabiduría necesaria para la próxima hora. Es la voz que nos dice: “Aquí es donde debes ser valiente hoy”, o “Aquí es donde debes guardar silencio”.
La belleza de este diseño divino es que la Palabra hace por nosotros lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos. No podemos fabricar nuestra propia paz ni autogenerar nuestra propia sabiduría cada mañana. Necesitamos una fuente externa que se haya vuelto interna. Necesitamos que el «consejo» fluya desde adentro, desde ese lugar profundo donde atamos los mandatos el día anterior.
Al final, este ciclo de caminar, dormir y despertar revela que la vida del creyente no es una serie de eventos aislados, sino una liturgia continua. La Palabra nos guía en la acción, nos guarda en el descanso y nos ministra en el nuevo comienzo. Es una voz que nunca se apaga.
Quizás el gran descubrimiento, compartido por todos aquellos que han buscado el rostro de Dios a través de las eras —desde los claustros silenciosos hasta las ciudades ruidosas de hoy— es que nunca iniciamos el día solos. Antes de que pronunciemos la primera palabra, Dios ya ha hablado. Su voz, eterna y presente, está ahí, esperando a que “despertemos” no solo del sueño físico, sino a la realidad de su presencia. Y esa voz tiene algo que decirte hoy.



