El Dios que Toma Pastores
Cuando el llamado de Dios transforma lo ordinario en una encomienda eterna
A veces pensamos que crecer cerca de las cosas de Dios equivale automáticamente a conocerlo. Como si la cercanía sustituyera la rendición. Como si haber escuchado sermones desde niño garantizara un corazón despierto. Pero no funciona así.
Crecí en un hogar cristiano. Mi madre sirvió al Señor durante años. Fue misionera. Plantadora de iglesias. La vi orar, enseñar, perseverar, entregarse al Reino aun en temporadas difíciles. La fe estaba presente en casa. El lenguaje de Dios era familiar. Su Nombre se pronunciaba con reverencia entre las paredes de mi infancia.
Pero nada de eso me convirtió automáticamente en alguien que amara a Dios.
Durante mucho tiempo, la fe fue algo que estaba alrededor de mí, no dentro de mí. Podía reconocer el sonido de las canciones, las conversaciones, las oraciones antes de comer, las Biblias abiertas sobre la mesa… pero una cosa es crecer cerca del fuego, y otra muy distinta arder.
Y quizá por eso las palabras de Amós siempre me golpean con tanta fuerza:
“Entonces Amós le respondió a Amasías: «Yo no soy profeta, ni hijo de profeta, sino que soy boyero y cultivador de higueras. Pero el Señor me tomó cuando pastoreaba el rebaño, y me dijo: “Ve, profetiza a Mi pueblo Israel”».”
— Amós 7:14–15 (NBLA)
Hay algo profundamente humano en esa escena. Amós no intenta construir una imagen impresionante de sí mismo. No enumera credenciales espirituales. No presume linaje religioso. No intenta sonar importante.
Dice, prácticamente: “Yo era un hombre común. Estaba trabajando. Estaba cuidando ovejas. Estaba viviendo mi vida ordinaria. Pero Dios me tomó.”
Y honestamente, esa frase contiene más gracia de la que muchas veces somos capaces de soportar.
Porque el Reino de Dios está lleno de personas que no llegaron por mérito, sino porque fueron alcanzadas.
No fue mi contexto cristiano el que produjo en mí amor genuino por Cristo. Tampoco la herencia espiritual de mi familia. Ni siquiera el hecho de haber visto ministerio desde cerca. Hubo un momento —real, concreto, profundo— en el que Dios mismo me tomó.
Me llamó.
Me confrontó.
Me persiguió en medio de mis contradicciones.
Y me dio una encomienda que jamás habría podido fabricar por mi propia cuenta.
A veces miro hacia atrás y pienso en lo extraño que resulta todo esto. Porque si alguien hubiera observado ciertas temporadas de mi vida, probablemente no habría imaginado que terminaría predicando, enseñando, pastoreando o intentando proclamar la Palabra de Dios. Y quizá ahí está precisamente el misterio de la gracia: Dios suele llamar personas conscientes de su insuficiencia.
No porque disfrute humillarlas, sino porque las manos vacías aprenden más rápido a depender.
Moisés tartamudeaba. Gedeón se escondía. Jeremías se sentía demasiado joven. Pedro era impulsivo. Pablo cargaba el recuerdo de haber perseguido a la Iglesia. Y Amós solamente era un pastor de ovejas y cultivador de higueras.
Sin embargo, Dios toma personas ordinarias y les confía cosas eternas.
No logro leer este pasaje sin pensar en cuántas veces confundimos el llamado con prestigio espiritual. Como si servir a Dios fuera una plataforma para demostrar importancia personal. Pero Amós destruye completamente esa idea. Él no se presenta como alguien extraordinario. Se presenta como alguien que ha sido alcanzado por Dios.
Y quizá ahí comienza toda vocación verdadera.
No en el ego.
No en el deseo de ser visto.
No en la necesidad de validación religiosa.
Sino en la conciencia temblorosa de haber sido tomado por Dios.
Con los años he entendido algo que antes no comprendía: el llamado no nace primero del amor que nosotros sentimos por Dios, sino del amor que Él tiene por nosotros. “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero.” — 1 Juan 4:19 (NVI).
Aun mi deseo de servirle comenzó en Él antes que en mí.
Porque hay personas que crecieron lejos de cualquier expresión cristiana y fueron encontradas por Cristo en medio del caos. Y también hay quienes crecimos cerca de la fe, pero tuvimos que ser despertados personalmente por la voz de Dios para dejar de vivir de una herencia espiritual prestada.
Nadie entra al Reino por tradición familiar.
Nadie ama genuinamente a Cristo por ósmosis espiritual.
Llega un momento donde Dios llama personalmente al corazón. Donde deja de ser “la fe de mi madre” o “la iglesia de mi infancia”.
Y se convierte en encuentro.
En rendición.
En seguimiento.
En obediencia.
Todavía hoy, cuando pienso en predicar, enseñar o ministrar, vuelvo mentalmente a esa frase de Amós:
“Pero el Señor me tomó…”
Porque si soy completamente honesto, muchas veces sigo sintiéndome insuficiente. Hay días donde me veo más parecido al pastor de ovejas que al profeta. Más consciente de mis limitaciones que de mis capacidades. Más pequeño que preparado.
Pero quizá esa conciencia no sea un obstáculo, sino protección.
La autosuficiencia produce ministros impresionantes hacia afuera y vacíos por dentro. La dependencia, en cambio, mantiene el corazón cerca de la Vid.
Jesús dijo: “separados de Mí nada pueden hacer.” — Juan 15:5 (NBLA).
Nada.
No “menos”.
No “con dificultad”.
Nada.
Y quizá por eso el llamado de Dios no descansa finalmente sobre nuestra brillantez, sino sobre Su presencia.
Él no necesita perfección para llamar.
Necesita disponibilidad.
No necesita plataformas impresionantes.
Necesita corazones rendidos.
No necesita personas convencidas de su grandeza.
Necesita personas conscientes de que, sin Él, no tienen vida propia.
A veces imagino a Amós volviendo a mirar sus manos después de haber escuchado la voz de Dios. Las mismas manos que antes cuidaban ovejas ahora cargarían una palabra profética para una nación. Y aun así, seguían siendo manos comunes.
Eso me conmueve profundamente.
Porque significa que la gracia no siempre elimina nuestra sencillez; muchas veces simplemente la llena de propósito.
Y quizá alguien necesita recordar hoy precisamente eso: Dios sigue llamando personas comunes. Personas heridas. Personas conscientes de sus límites. Personas que sienten que no tienen mucho que ofrecer.
Porque el poder nunca estuvo realmente en la rama.
Siempre estuvo en la Vid.



