El Escándalo del Descanso
Por qué un corazón íntegro comienza rindiéndose.
Hay una fatiga silenciosa pero devastadora que recorre los pasillos de nuestro cristianismo contemporáneo. Si prestas atención, puedes escuchar el jadeo colectivo de miles de almas que corren sobre una caminadora espiritual, tratando desesperadamente de alcanzar un destino al que, en realidad, ya han llegado. Hemos construido una cultura de fe basada casi exclusivamente en la gestión del comportamiento. Nos hemos convertido en expertos en pulir el exterior de la copa, presentando al mundo—y a nosotros mismos—a un impostor piadoso, mientras el niño asustado que vive en nuestro interior sigue preguntándose si alguna vez será verdaderamente amado por quien es, y no por lo que logra.
En medio de este agotamiento, la Biblia nos ofrece una brújula sorprendente, anclada en el momento en que Salomón dedicó el templo. En 1 Reyes 8:61 leemos:
“Y ahora, dedíquense de todo corazón al SEÑOR nuestro Dios; vivan según sus estatutos y cumplan sus mandamientos, como ya lo hacen».”
Con frecuencia leemos pasajes como este a través de los lentes de nuestra ansiedad moderna. Vemos la palabra “íntegro” y la traducimos inmediatamente como “perfecto”, “intachable” o “impecable”. Y al hacerlo, transformamos una invitación al descanso en una nueva y aplastante demanda legalista. Pero en la tradición más profunda de Las Escrituras, el corazón no es simplemente el lugar donde guardamos nuestras emociones tristes o alegres. El corazón es el centro de gravedad de tu ser. Es el ojo del alma. Es ese santuario interior donde reside tu verdadero yo, desnudo ante su Creador.
Un corazón íntegro, por lo tanto, no es aquel que ha alcanzado la perfección moral o que nunca tropieza o que jamás se equivoca. Un corazón íntegro es un corazón que no está dividido. Es el corazón de un hombre o una mujer que ha dejado de intentar justificarse a sí mismo infinidad de veces. Es la postura del andrajoso, del mendigo espiritual que, habiendo agotado todos sus recursos, cae de rodillas y descubre que es atrapado por el amor furioso e implacable de Dios.
La integridad del corazón comienza con el fracaso de nuestra propia religiosidad. Dentro de nosotros se libra una lucha entre nuestro “flaco yo” y el “verdadero yo”. Nuestro “falso yo” es el que intenta ganar el amor de Dios mediante el mérito, la buena teología o la moralidad estricta. Pero el “verdadero yo” sabe que el amor divino no es algo que se adquiere en un intercambio transaccional; sino que lo reconoce como lo que es, un regalo, es un regalo escandaloso, inmerecido y gratuito que destroza nuestra economía de méritos.
Rendirse a esta gracia gratuita, para muchos de nosotros, nos resulta aterrador. Nuestro ego prefiere el yugo de la ley porque, aunque nos mata lentamente, al menos nos da la ilusión de control. Podemos medir nuestro progreso. Podemos compararnos con el hermano que está a nuestro lado y sentirnos ligeramente superiores. Pero la gracia nos despoja por completo de la ilusión del control que tanto erosiona nuestra vida, nuestro corazón y nuestro caminar cristiano. La gracia nos dice:
“No hay nada que puedas hacer para que te ame más, y no hay nada que puedas hacer para que te ame menos”.
Cuando logras silenciar el ruido ensordecedor de tus propias expectativas, cuando dejas de intentar ser el salvador de tu propia historia y te sientas en el silencio de esa gracia absoluta, algo fundamental cambia en la arquitectura de tu alma. Tu corazón se vuelve verdaderamente íntegro, no porque de repente seas infalible, sino porque finalmente descansas.
Y es precisamente desde ese descanso profundo, desde esa seguridad inquebrantable de ser un hijo amado y afirmado en la familia de Dios, que podemos levantarnos con firmeza y seguridad para caminar. No obedecemos impulsados por el terror a perder nuestro lugar en la mesa. No vivimos a la defensiva. No vivimos a la defensiva. La obediencia que nace del miedo engendra resentimiento; la obediencia que nace de la gracia engendra devoción y entrega.
Hoy, la invitación no es a esforzarte más. La invitación es a rendirte. A dejar que el amor de Dios te alcance en tu miseria, en tu cansancio, en tu insuficiencia. Solo el corazón que ha sido destrozado por la gracia puede ser reconstruido con integridad.



