El Espejo de Gabaón
El misterio de lo que agrada
Al Señor le agradó que Salomón pidiera sabiduría.
⎯1 Reyes 3:10 (NBLA)
Hay noches que definen el curso de la historia, no por las batallas que se libran bajo el sol, sino por los silencios que se enfrentan bajo las estrellas. Para Salomón, el joven sucesor de David, esa noche ocurrió en Gabaón. En medio del humo de los sacrificios y la abrumadora incertidumbre de un trono que parecía inmenso, Dios irrumpe en un sueño con la propuesta más peligrosa y reveladora que un ser humano puede recibir: «Pide lo que quieras que Yo te dé» (1 Reyes 3:5, NBLA).
Es una carta blanca divina. Un cheque en blanco firmado por el Creador del universo. Y es aquí, en este preciso instante narrativo, donde la mayoría de nosotros temblaríamos. No por miedo a Dios, sino por un terror profundo a lo que saldría de nuestra propia boca.
Al leer el relato, surge una pregunta incómoda que debemos hacernos frente al espejo, esa misma que quizás te has planteado en la soledad de tu habitación: ¿Qué es lo que realmente hay en mi corazón? Si Dios quitara hoy todos los filtros religiosos, si despojara nuestras oraciones de la retórica aprendida en la iglesia y mirara la realidad desnuda de nuestro deseo, ¿qué encontraría? A menudo, nuestras peticiones son simplemente el eco de nuestros miedos o la proyección de nuestras ambiciones. Pedimos seguridad, pedimos venganza, pedimos comodidad. Pero Salomón, sumergido en la gracia de ese momento, hizo algo diferente. Pidió un corazón que pudiera escuchar, una capacidad interna para discernir.
La respuesta de Dios ante esta petición es el eje sobre el cual gira toda vida de oración madura. El texto de la NBLA lo captura con una frase que debería detenernos en seco:
«Fue del agrado a los ojos del Señor que Salomón pidiera esto.» (1 Reyes 3:10).
Aquí nos detenemos. La frase «fue del agrado» nos introduce a una dimensión teológica que a menudo pasamos por alto. No se trata solo de que Dios escuchó la oración; se trata de que la oración produjo placer en el corazón de Dios. Existe una forma de pedir, una disposición del alma, que resuena en las frecuencias del cielo. Esto nos lleva inevitablemente a la interrogante central de nuestra búsqueda: ¿Cómo puedo pedirle a Dios de forma que mi petición le plazca, que le agrade de verdad?
Si analizamos el texto con rigor, vemos que el agrado de Dios no fue aleatorio. Dios explica explícitamente por qué le complació: «Porque has pedido esto y no has pedido para ti larga vida, ni has pedido para ti riquezas, ni has pedido la vida de tus enemigos...» (1 Reyes 3:11, NBLA). Hubo un vaciamiento del “yo”. Salomón no pidió para su propia supervivencia ni para su engrandecimiento. Su deseo estaba alineado con la necesidad del pueblo y el propósito redentor de Dios en ese momento de la historia. Hubo una sincronización perfecta entre la necesidad de la tierra y el recurso del cielo.
Vivimos en la tensión del Reino, ese “ya pero todavía no” donde nuestras carencias son reales. Sentimos nuestras necesidades urgentes —la estabilidad financiera, la salud, la soledad— y son legítimas. Pero el misterio de Gabaón nos enseña que hay un nivel más profundo de interacción con lo divino. El “agrado” de Dios no se gana con fórmulas lingüísticas perfectas, sino con una honestidad brutal sobre lo que valoramos. ¿Están nuestras oraciones buscando manipular a Dios para que sirva a nuestros pequeños imperios personales, o están nuestras oraciones buscando la capacidad de servir al Suyo?
Lo que agrada a Dios es un corazón que reconoce su propia insuficiencia. Salomón se confesó a sí mismo como «un muchacho» que no sabe «cómo salir ni entrar.» (1 Reyes 3:7, NBLA). Esa humildad es el terreno fértil donde crece el agrado divino. Cuando nos acercamos a Dios no con nuestras credenciales de mérito, sino con la confesión de nuestra pobreza espiritual, algo cambia en la atmósfera. La oración deja de ser una transacción y se convierte en una relación de intimidad y confianza.
Quizás el primer paso para orar de una manera que “le plazca” no es pedir algo nuevo, sino examinar la fuente de la petición. ¿Cuáles son las cosas que le agradan a Dios? Al final, la oración que agrada al Padre es aquella en la que el hijo termina queriendo lo mismo que el Padre quiere. Es el momento místico en que nuestro deseo deja de ser un capricho errático para convertirse en un reflejo de Su voluntad perfecta.
El hilo dorado que une a los grandes hombres y mujeres de fe a través de los siglos —desde los patriarcas en el desierto hasta los contemplativos en sus celdas— es esta búsqueda incesante del “agrado”. No buscaban solo la mano de Dios (lo que Él puede dar), buscaban su rostro (quién es Él). Y esa noche en Gabaón, Salomón no solo obtuvo sabiduría; obtuvo la sonrisa de Dios. Y esa sonrisa es suficiente para sostenernos en cualquier temporada.
Para llegar ahí, para que nuestro interior produzca este tipo de oraciones, algo profundo debe cambiar en nosotros: nuestra mente, nuestros afectos y nuestras prioridades deben ser reconfigurados. Pero ese es el viaje que emprenderemos en las siguientes reflexiones. Por ahora, quédate con la pregunta: Si esta noche el cielo se abriera, ¿tu petición le daría placer al corazón de Dios?



