“Por eso el Espíritu Santo dice:
«Cuando oigan hoy su voz,
no endurezcan el corazón
como lo hicieron los israelitas cuando se rebelaron,
aquel día que me pusieron a prueba en el desierto.’”
—Hebreos 3:7–8 (NTV)
Hay palabras que no suenan en el aire, pero retumban dentro. Son aquellas que no se articulan con la lengua, pero que el alma reconoce como propias. Hay frases que uno no lee en voz alta, pero que parecen habladas directamente al espíritu. Así es esta línea del libro de Hebreos: “El Espíritu Santo dice…”. No “dijo”. No “dirá”. Dice. Hoy. Ahora. Aquí.
Crecí escuchando que Dios ya había hablado. Que todo lo que Él tenía para decir fue dicho, registrado y cerrado entre las tapas de la Biblia. Que si querías escuchar la voz de Dios, debías abrir las Escrituras —pero solo allí. Que toda otra forma de comunicación divina debía mirarse con sospecha, o más bien, descartarse de inmediato. Dios había hablado. Punto. Y, sin embargo, había una inquietud que no se callaba en mi interior. Un anhelo silente que me hacía preguntar: ¿Cómo puede un Dios tan personal mantenerse tan silencioso? ¿Cómo puede un Padre que desea tener comunión con sus hijos decidir no volver a hablarles?
Esa tensión me habitó durante años. Por un lado, amaba las Escrituras. Me sujetaba a su autoridad como uno se aferra a un madero en altamar. Las creía perfectas, reveladoras, eternas, infalibles. Y aún lo creo. La Biblia sigue siendo la Palabra viva que da forma a mi fe. Pero con el paso del tiempo, descubrí algo más: no es que Dios diga algo diferente a lo que ya dijo, sino que sigue hablando lo mismo, pero de maneras nuevas. Y que la voz del Espíritu no contradice las Escrituras, sino que las ilumina, las activa, las personaliza. Las hace vivas.
“El Espíritu Santo dice.” El autor de Hebreos, profundamente arraigado en el Antiguo Testamento, no duda en afirmar que el Espíritu sigue hablando. No dice “el texto dice”. Dice: “el Espíritu dice”. Como si al abrir las Escrituras, no estuviéramos simplemente leyendo un documento antiguo, sino escuchando una voz presente. Una voz que sopla entre líneas, que susurra entre versículos, que arde como fuego en el pecho de quien está atento.
No todos escuchan igual. Lo aprendí tarde. Durante muchos años, creí que la única forma válida de aproximarse a Dios era a través del estudio académico. Se me enseñó a diseccionar el texto, a examinarlo como un objeto de análisis, a pasar todo por los filtros de la lógica y el método. Y en parte, eso me dio herramientas valiosas. Aprendí a observar, interpretar, aplicar. A leer el contexto, a trazar líneas teológicas, a buscar coherencia doctrinal. Y sí, eso es necesario. La Palabra debe ser tratada con reverencia y profundidad.
Pero algo faltaba. Porque en medio de tanto análisis, el asombro se me escapaba. La Escritura se volvió un mapa técnico más que una carta de amor. Sabía explicar un texto, pero ya no sabía arrodillarme ante él. Sabía distinguir géneros literarios, pero había olvidado cómo dejar que un versículo me interrumpiera la vida. Sabía enseñar… pero había dejado de escuchar.
No me enseñaron a oír la voz del Espíritu. Me enseñaron a leer, no a esperar. A interpretar, no a contemplar. A comprobar, no a obedecer sin entender. Y así, sin querer, mi fe se volvió razonable… pero seca. Correcta… pero distante. Ortodoxa… pero muda.
Hasta que el Espíritu me despertó. No lo hizo con gritos, ni con visiones espectaculares. Lo hizo con una frase en mitad de la noche. Un pensamiento repetido. Una historia bíblica que me perseguía sin razón aparente. Una imagen que volvía a mi mente una y otra vez. Y supe —aunque no sabía explicar cómo— que era Él. Que era el Espíritu hablando. No añadiendo algo nuevo a la revelación, sino trayendo a la superficie algo que ya estaba, pero que yo no podía ver solo con mis ojos.
Aprendí entonces que el Espíritu Santo no es un concepto, ni una fuerza. Es una Persona. Divina. Cercana. Íntima. Que habla. Que guía. Que consuela. Que instruye. Que intercede. Que vive en mí. Y que no está limitada a mis horarios, a mis métodos, ni a mis suposiciones.
Fue entonces cuando los pasajes como Hebreos 3:7 comenzaron a arder en mí. “Cuando oigan hoy su voz…” No mañana. No hace siglos. Hoy. Cada día es un hoy para el Espíritu. Cada día Él habla. Cada día llama. Cada día guía. La pregunta no es si Dios habla. La pregunta es si mi corazón está dispuesto a no endurecerse.
Y eso, lo sé ahora, es el mayor peligro: el corazón endurecido. No por maldad, sino por rutina. No por pecado escandaloso, sino por la repetición vacía. Uno se acostumbra tanto a oírse a sí mismo, que ya no distingue la voz que viene de lo alto. Uno se acostumbra tanto a explicar a Dios, que deja de dejarse sorprender por Él.
El endurecimiento del corazón no siempre se nota. A veces viene disfrazado de madurez. De rigor teológico. De prudencia. De miedo. Pero en el fondo, es una sordera espiritual. Una resistencia a la voz que nos desestabiliza. Porque cuando el Espíritu habla, no lo hace para entretenernos. Lo hace para transformarnos. Para inquietarnos. Para moldearnos.
“Cuando oigan hoy su voz, no endurezcan el corazón…” Esa voz no se impone. No grita. No atropella. Solo llama. Y espera. Y si uno no escucha, la voz no se apaga… pero se pierde entre los ruidos. Como el susurro de Elías en la cueva, es una voz que solo se percibe cuando el alma guarda silencio.
El Espíritu ha hablado en mi vida de formas inesperadas. A veces en medio de un versículo que ya había leído cien veces. Otras, a través de una canción. Una conversación. Una madrugada de insomnio. Una frase escrita en el margen de una página. A veces ha sido claro. Otras, solo una impresión suave, pero persistente. Lo que he aprendido es que Él no se repite por capricho. Él insiste cuando quiere ser obedecido.
No me malinterpretes. Sigo creyendo que toda voz, toda impresión, todo pensamiento debe pasar por el filtro de las Escrituras. Nada que contradiga la Palabra es de Dios. Pero también sé que no todo lo que el Espíritu dice está escrito en forma de versículo. Porque Él no solo explica la Palabra. La aplica. La dirige. La particulariza.
He aprendido a escribir cuando siento que Él habla. A detenerme. A guardar silencio. A discernir. A buscar confirmación. A pedir sabiduría. Porque el hecho de que Dios hable no significa que todo lo que oigo viene de Él. Pero negarme a que hable… sería apagar la llama. Sería endurecerme.
Por años me burlé de quienes decían haber oído la voz de Dios. Los llamé emocionales. Místicos. Ilusos. Pero ahora sé que, en el fondo, mi burla era un mecanismo de defensa. Porque temía lo que esa voz pudiera pedirme. Porque si Dios habla… entonces hay que responder. Y si hay que responder, ya no puedo seguir viviendo igual.
Ahora sé que la vida en el Espíritu no es una categoría teológica. Es una manera de habitar el día. De caminar con atención. De leer la Escritura con los oídos abiertos. De orar sin monólogo. De vivir con la expectativa de que, en cualquier momento, el Pastor puede llamar a una oveja por su nombre. Y ella, si ha entrenado el oído, sabrá que es Él.
El Espíritu Santo no ha dejado de hablar. La Iglesia no vive de ecos. Vive de voz. De aliento. De inspiración. El texto sigue siendo el mismo, pero el Espíritu lo hace nuevo cada mañana. Él sopla donde quiere. No siempre se entiende de dónde viene ni a dónde va. Pero cuando pasa, lo sabes. Porque deja vida donde antes había rutina. Deja hambre donde antes había saciedad. Deja adoración donde antes había análisis.
Y todo comienza con una disposición humilde. Con un corazón que dice: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.” No: “Explica, Señor, que tu erudito evaluará”. Sino: “Habla. Lo que tú digas, quiero oírlo. Quiero vivirlo.”
Hoy, si escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. El Espíritu Santo sigue hablando. No como una novedad extra bíblica, sino como un viento que da vida al texto que ya conoces. Como una voz que hace viva la Palabra escrita. Como un Pastor que no solo te mostró el camino… sino que camina contigo.
No lo silencies. No lo ignores. No lo expliques tanto que dejes de escucharlo. Solo detente. Guarda silencio. Espera. Él dirá algo. Lo ha estado diciendo todo este tiempo.