El Impulso Irresistible
La reordenación del tesoro
Hemos recorrido un camino silencioso hacia el interior. Comenzamos frente al espejo de Gabaón, preguntándonos si nuestras peticiones agradan a Dios, y avanzamos hacia la sala de máquinas de la mente y los afectos. Pero queda un estrato final, una capa geológica en el alma humana que es la más difícil de perforar. Es el lugar donde residen nuestras prioridades y, más profundo aún, eso que podríamos llamar nuestro “impulso irresistible”.
Para que mi oración sea una ofrenda agradable y no una lista de reclamos, debo confrontar una verdad incómoda: mis peticiones siempre seguirán el rastro de mis prioridades. En mis notas mentales sobre la vida espiritual, defino las prioridades no como el orden de mi agenda, sino como la respuesta a la pregunta: ¿A qué le doy verdadera importancia?
Vivimos en una cultura que nos entrena para dar importancia a lo urgente, a lo visible y a lo mensurable. Sin embargo, Jesús nos ofreció una máxima que desarticula esta lógica: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6:21, NBLA). Si mi tesoro es la seguridad financiera, mis oraciones serán ansiosas súplicas por el control económico. Si mi tesoro es la reputación, mis oraciones serán negociaciones para evitar la humillación. Pero si mi prioridad se alinea con la de Salomón —el bienestar del pueblo de Dios y la gloria de Su nombre—, entonces mis oraciones adquieren una autoridad diferente. Dejan de ser centrífugas (girando hacia mi ombligo) y se vuelven centrípetas (girando hacia el Trono).
Cambiar las prioridades requiere una disciplina casi monástica de renuncia. Es aprender a decir que no a cosas buenas para poder decir que sí a lo mejor. Es la práctica diaria de buscar «primero Su reino y Su justicia» (Mateo 6:33, NBLA), entendiendo que el Reino no es un añadido a nuestra vida, sino el lente a través del cual interpretamos nuestra propia existencia.
Pero debajo de las prioridades yace el núcleo volcánico de nuestra humanidad: nuestras necesidades. O para ser más precisos, la definición de lo que creemos necesitar. Me gusta pensar en esto como nuestro “impulso irresistible”. ¿Qué es aquello que me mueve con una fuerza que parece ingobernable? ¿Qué es eso que, si me falta, siento que me desmorono?
A menudo, nuestras oraciones son simplemente la expresión vocal de estos impulsos no redimidos. Sentimos un vacío y corremos a pedirle a Dios que lo llene con circunstancias, personas u objetos. Pero la teología profunda nos enseña que este impulso irresistible, esta sed infinita, no fue diseñada para ser saciada con cosas finitas. San Agustín lo sabía bien: nuestro corazón está inquieto. La tragedia ocurre cuando intentamos calmar esa inquietud espiritual con soluciones temporales.
Reconfigurar nuestras necesidades implica un cambio de identidad. Es llegar al punto de madurez donde nuestra necesidad más desesperada deja de ser el cambio de nuestras circunstancias y pasa a ser la presencia de Dios en medio de ellas. Es poder decir con el salmista, en un momento de lucidez arrebatadora: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti, nada deseo en la tierra» (Salmos 73:25).
Cuando mi “impulso irresistible” se redirige hacia Dios, sucede un milagro: soy libre. Ya no oro desde la carencia desesperada, sino desde la plenitud confiada. Mis peticiones ya no son gritos de un huérfano que teme morir de hambre, sino conversaciones de un hijo que sabe que hay pan en la casa de su Padre.
Aquí es donde cerramos el círculo. Cuando mi mente piensa como Él, mis afectos aman lo que Él ama, mis prioridades valoran Su Reino y mi necesidad más profunda es Su presencia, entonces —y solo entonces— estoy listo para pedir «lo que quiera». Porque en ese estado de alineación, mi voluntad y la Suya se han fundido. Mi petición se convierte en un eco de Su propósito eterno.
El secreto que han guardado los santos de todas las tradiciones, desde los desiertos de Egipto hasta los avivamientos modernos, es que la oración no es el medio para conseguir lo que queremos. La oración es el proceso mediante el cual nos convertimos en el tipo de personas que quieren lo que Dios da. Y cuando llegamos ahí, cuando nuestra ofrenda del deseo es pura, el cielo no solo escucha; el cielo se complace. Y no hay mayor gozo para la criatura que saber que ha traído una sonrisa al Creador.



