El post anterior terminó reconociendo un punto importante: si los «escogidos» de Mateo 24:31 son la Iglesia, la identificación de esa reunión con el arrebatamiento descrito en 1 Tesalonicenses 4 gana fuerza. La objeción tiene una base clara. Pedro llama a los creyentes «linaje escogido» (1 P 2:9); Pablo afirma que Dios «nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo» (Ef 1:4) y los llama «escogidos de Dios» (Col 3:12; cf. Ro 8:33; Tit 1:1; 1 P 1:1). Si el Nuevo Testamento utiliza ese lenguaje para la Iglesia, resulta razonable preguntar si también se refiere a ella cuando Jesús anuncia la reunión de los escogidos después de la tribulación.
Sin embargo, que una palabra designe a la Iglesia en algunos pasajes no establece que lo haga en todos. Es necesario distinguir entre su significado y las personas a quienes se aplica en cada contexto.
Este capítulo defenderá dos afirmaciones. La primera se refiere al uso de la palabra: el término griego eklektós significa «elegido» o «escogido», y la Escritura lo aplica a distintos sujetos, entre ellos Cristo, los ángeles, Israel y los creyentes. Por tanto, la palabra por sí sola no permite determinar quiénes son los escogidos de Mateo 24:31.
La segunda afirmación se refiere al contexto y requiere una demostración propia. La lectura defendida aquí sostiene que las palabras de Jesús, consideradas desde el lamento sobre Jerusalén en Mateo 23:37 hasta el final del discurso en 25:46, apuntan al remanente de Israel: los israelitas fieles a Dios que atraviesan la tribulación y son reunidos en su tierra. Para sostener esa interpretación, habrá que mostrar qué elementos del discurso permiten identificar así a los escogidos.
El inventario léxico
La palabra griega eklektós, «escogido» o «elegido», se aplica a distintos sujetos en el Nuevo Testamento. Designa a Cristo, llamado «Su Escogido» (Lc 23:35) y comparado con una piedra «escogida y preciosa» (1 P 2:4, 6). También se aplica a los «ángeles escogidos» (1 Ti 5:21) y a Rufo, «escogido en el Señor» (Ro 16:13). Segunda de Juan habla de la «señora escogida» y de su «hermana escogida» (1:1, 13), aunque se discute si estas expresiones designan a mujeres concretas o representan a comunidades cristianas.1
El término también se aplica expresamente a los creyentes (Ro 8:33; Col 3:12; 2 Ti 2:10; Tit 1:1; 1 P 1:1; 2:9; Ap 17:14). Por tanto, no está en discusión que la Iglesia pueda ser llamada «escogida». La pregunta es si ese uso determina necesariamente el significado de cada aparición de la palabra.
En los Evangelios, Jesús habla de los pocos escogidos frente a los muchos llamados (Mt 22:14), de los escogidos que claman a Dios día y noche (Lc 18:7) y de los escogidos mencionados en el Discurso del Monte de los Olivos (Mt 24:22, 24, 31; Mr 13:20, 22, 27). Identificar a estos últimos exige examinar el discurso; incluirlos de antemano en una categoría resolvería por anticipado lo que se intenta demostrar.
El Antiguo Testamento aporta un antecedente importante. En la Septuaginta, su antigua traducción griega, el lenguaje de los escogidos se aplica repetidamente a Israel: «Mi pueblo escogido» (Is 43:20), «Israel, Mi escogido» (45:4) e «hijos de Jacob, Sus escogidos» (Sal 105:6; 1 Cr 16:13). Isaías también habla de los escogidos que heredarán la tierra en un pasaje referido a Jacob y Judá (65:9; cf. 65:15, 22).2 La aplicación de este lenguaje a los creyentes tiene, por tanto, un claro antecedente en las Escrituras de Israel.
Pablo continúa utilizando el vocabulario de elección al hablar de Israel. En Romanos 11 distingue un «remanente conforme a la elección de la gracia» (v. 5), contrapone a los que alcanzaron lo buscado con «los demás», que fueron endurecidos (v. 7), y afirma que, «en cuanto a la elección», los israelitas son amados por causa de los padres (v. 28). Estos usos muestran que el lenguaje de elección no se limita a las referencias generales a la Iglesia. Tampoco demuestran, por sí solos, que el remanente judío creyente constituya un grupo separado de ella.
Conviene hacer una última precisión. Los pasajes citados emplean formas diferentes: Efesios 1:4 utiliza el verbo «escoger»; Romanos 11, el sustantivo «elección»; y 1 Pedro 2:9, el adjetivo «escogido» dentro de la expresión «linaje escogido». Segunda de Tesalonicenses 2:13 expresa la elección mediante otro verbo griego. Estas diferencias importan al hacer un inventario de palabras, pero no eliminan la relación entre sus significados ni invalidan su aplicación a los creyentes.
La conclusión es concreta: «escogidos» no funciona en toda la Escritura como una designación exclusiva de la Iglesia. Pero esa observación tampoco demuestra que en Mateo 24:31 designe exclusivamente a Israel. El inventario léxico permite mantener abierta la pregunta; el contexto debe proporcionar las razones para responderla.
Significado y referente
Para interpretar «escogidos» en Mateo 24:31, debemos distinguir entre lo que la palabra significa y a quiénes designa. Eklektós significa «elegido» o «escogido». Pero la palabra, por sí sola, no indica si se refiere a Cristo, a los ángeles, a Israel o a los creyentes. Esa identificación depende de su uso en cada pasaje.3
Por eso, encontrar el mismo término en dos textos no basta para concluir que ambos hablan del mismo grupo. Nadie deduce que Colosenses 3:12 se refiere a ángeles porque 1 Timoteo 5:21 los llama «escogidos». Del mismo modo, que otros pasajes apliquen la palabra a la Iglesia constituye un dato relevante, pero no resuelve automáticamente su referente en Mateo 24:31.
La precaución también vale para la lectura defendida aquí: que el Antiguo Testamento llame «escogido» a Israel no demuestra que Jesús se refiera exclusivamente a Israel en este discurso.
La pregunta, por tanto, debe ser más precisa: ¿qué elementos del contexto permiten identificar a los escogidos que Jesús anuncia que serán reunidos? El uso de la palabra en el resto de la Escritura ayuda a reconocer las posibilidades; el discurso debe aportar las razones para decidir entre ellas.
El contexto: de Mateo 23:37 a 24:31
Para entender el Discurso del Monte de los Olivos, conviene comenzar con el lamento sobre Jerusalén que lo precede. Jesús anuncia que su casa quedará desierta y declara que no volverán a verlo hasta que digan: «Bendito Aquel que viene en el nombre del Señor» (23:38-39). La lectura defendida aquí entiende estas palabras como un anuncio que apunta al futuro reconocimiento de Jesús por parte de Israel.4
A continuación, Jesús sale del templo, los discípulos le muestran sus edificios y Él anuncia su destrucción. Ya en el Monte de los Olivos, le preguntan cuándo sucederá aquello y cuál será la señal de su venida y de la consumación del siglo (24:1-3). El discurso surge, por tanto, de una preocupación concreta por Jerusalén y su templo, aunque la pregunta también abre un horizonte más amplio.
Varios detalles mantienen ese marco judío. Jesús menciona la profanación anunciada por Daniel y la sitúa en el lugar santo (24:15). La interpretación pretribulacional relaciona esta advertencia con el templo de Jerusalén y con la última de las setenta semanas de Daniel 9:24-27. También ordena huir a quienes estén en Judea (24:16) y pide orar para que la huida no ocurra en invierno ni en día de reposo (24:20). Son referencias concretas a un territorio y a unas condiciones de vida marcadas por las prácticas judías.
El sábado refuerza ese contexto, pero no identifica por sí solo a los destinatarios como un grupo separado de la Iglesia: también los seguidores de Jesús que vivieran en ese entorno podían verse afectados por esas condiciones. Del mismo modo, la referencia paralela de Lucas a Jerusalén bajo dominio gentil confirma la importancia de la ciudad, sin resolver por sí misma quiénes son los escogidos de Mateo (Lc 21:24).5
Dentro de este discurso, los escogidos aparecen tres veces. En Mateo 24:22, la duración de la tribulación se limita por causa de ellos. En 24:24, son el objetivo del engaño de falsos cristos y falsos profetas. Finalmente, en 24:31, los ángeles los reúnen después de la tribulación. La lectura más directa relaciona estas tres menciones: se trata de personas cuya preservación importa durante la prueba y que después son reunidas. Sin embargo, el texto no afirma que todos los escogidos estén en Judea; la reunión tiene un alcance mucho mayor.
La interpretación propuesta encuentra aquí una correspondencia con las promesas proféticas sobre el remanente de Israel. Daniel anuncia la liberación de aquellos de su pueblo que estén inscritos en el libro (Dn 12:1). Zacarías describe a un pueblo purificado por la prueba que reconoce al Señor como su Dios (Zac 13:9). Isaías habla de descendientes de Jacob y de Judá que heredarán la tierra, y los llama escogidos de Dios (Is 65:9).
A estas correspondencias se añade el lenguaje de reunión de Mateo 24:31, cuyo vínculo con las promesas de restauración de Israel se examinó en el capítulo anterior. Considerados en conjunto, el marco de Jerusalén y Judea, la referencia a Daniel y la reunión de los dispersos ofrecen razones para identificar a los escogidos con el remanente de Israel.
Ese es el argumento contextual de esta lectura. Su fuerza depende de la convergencia de esos elementos, no de que una sola referencia a Judea, al sábado o a la elección resuelva la cuestión. Para sostener una identificación exclusiva con Israel, todavía debe explicar por qué esas promesas no se aplican aquí al conjunto de los seguidores de Jesús.
La objeción del auditorio
Una objeción importante señala que los discípulos que escuchan el discurso formarían el núcleo de la Iglesia. Desde esa perspectiva, las advertencias que Jesús les dirige pueden entenderse como instrucciones para sus seguidores, incluidos quienes vivirán durante los acontecimientos anunciados.
La respuesta debe reconocer ese vínculo. Los discípulos son israelitas y seguidores de Jesús; su identidad permite relacionarlos tanto con Israel como con la Iglesia. Por eso, saber quiénes escuchan no resuelve por sí solo el alcance de cada instrucción. También hay que examinar su contenido, sus destinatarios y las circunstancias en que debe cumplirse.
Mateo ofrece un ejemplo de esta necesidad. En 10:5-6, Jesús limita la misión de los doce a las ovejas perdidas de Israel y les indica que no vayan a los gentiles. En 28:19, les encarga hacer discípulos de todas las naciones. El cambio muestra que una instrucción dada a los discípulos no se convierte automáticamente en una norma para toda la Iglesia en cualquier momento. Sin embargo, tampoco significa que cada cambio de alcance identifique a un pueblo distinto.6
En Mateo 24, la orden de huir a los montes se dirige expresamente a quienes estén en Judea. La preocupación por el sábado refuerza ese entorno judío. Estas indicaciones favorecen una lectura atenta a la situación de Israel, pero no excluyen por sí mismas a creyentes judíos que formen parte de la Iglesia. Una advertencia local puede dirigirse a una parte de una comunidad más amplia.
La interpretación defendida aquí añade una consideración: entiende que la Iglesia como cuerpo es constituida mediante el bautismo en el Espíritu (1 Co 12:13), anunciado todavía como futuro en Hechos 1:5. Relaciona esta secuencia con la promesa de Jesús: «edificaré Mi iglesia» (Mt 16:18). Desde ese marco, distingue entre Israel y la Iglesia al interpretar el discurso. Pero esa distinción no puede descansar únicamente en que la Iglesia aún no estuviera constituida: Jesús podía dar instrucciones anticipadas para ella.
La conclusión es, por tanto, precisa. Que los discípulos sean el auditorio no demuestra que los escogidos de Mateo 24:31 sean la Iglesia; que sean israelitas tampoco demuestra que representen exclusivamente a Israel. La lectura propuesta debe sostenerse en el conjunto del discurso y en su relación con las promesas proféticas, considerando la identidad de quienes escuchan como parte de ese contexto.
Lo que muestra la lectura de France
La interpretación de R. T. France permite precisar el alcance del desacuerdo. France relaciona este pasaje con la caída de Jerusalén y entiende la reunión de los escogidos como la incorporación de personas de todas las naciones a la comunidad de Jesús mediante la proclamación del evangelio. Así, interpreta las promesas de reunión de Israel como cumplidas en la Iglesia, sin identificar esta escena con el arrebatamiento descrito en 1 Tesalonicenses 4.7
Esta entrada no adopta esa lectura. Desde la interpretación futura aquí defendida, la intensidad de la tribulación, las señales cósmicas y la manifestación del Hijo del Hombre apuntan más allá de la destrucción de Jerusalén. Sin embargo, una crítica completa a France tendría que examinar cómo interpreta ese lenguaje profético; no bastaría con enumerar las imágenes y dar por refutada su explicación.
Su propuesta resulta relevante por una razón más limitada: muestra que es posible identificar a los escogidos con la Iglesia sin concluir que Mateo 24:31 describe el mismo acontecimiento que 1 Tesalonicenses 4. La identidad de los reunidos y la naturaleza de la reunión son cuestiones relacionadas, pero distintas.
France no aporta, por tanto, una defensa del pretribulacionismo ni de la identificación de los escogidos con el remanente de Israel. Aporta un ejemplo de que las opciones interpretativas son más amplias. La relación entre ambos pasajes debe argumentarse a partir de sus contextos; no puede darse por resuelta mediante una apelación a la unanimidad de los intérpretes.
Marcos 13:20 y Lucas 18:7
Otros dos pasajes ayudan a precisar el perfil de los escogidos, aunque su relación con Mateo 24 es diferente. Marcos 13:20 pertenece al relato paralelo del Discurso del Monte de los Olivos. Lucas 18:7-8, en cambio, aparece en la parábola de la viuda y el juez, centrada en la perseverancia en la oración.
Marcos afirma que el Señor acorta aquellos días «por causa de los escogidos que Él eligió» (13:20). La expresión destaca la elección divina y vincula la limitación del sufrimiento con el cuidado de esas personas. Como en Mateo 24:22, la lectura más directa presenta a los escogidos como afectados por la prueba. Sin embargo, Marcos no añade una identificación explícita que permita decidir si se trata exclusivamente del remanente de Israel o del conjunto de los seguidores de Jesús.
Lucas describe a los escogidos como personas que claman a Dios día y noche y esperan que Él les haga justicia (18:7). Jesús concluye preguntando si el Hijo del Hombre encontrará fe en la tierra cuando venga (18:8). El pasaje relaciona así la oración perseverante, la esperanza de justicia y la venida de Cristo. Su propósito es animar a mantener la fe durante la espera, sin precisar aquí la identidad nacional de los escogidos ni una secuencia del arrebatamiento.8
Ambos textos son compatibles con el perfil de un remanente fiel que atraviesa la aflicción y espera ser librado. La lectura defendida en este capítulo los relaciona con las promesas de preservación de Israel. Pero esa identificación depende del argumento contextual desarrollado anteriormente: estos pasajes describen la situación y la esperanza de los escogidos, sin resolver por sí solos si el término designa a Israel, a la Iglesia o a un grupo comprendido dentro de ella.
Lo que esta entrada concede y lo que concluye
Hay que reconocer sin reservas que el Nuevo Testamento llama «escogidos» a los creyentes y que nada en esa palabra excluye a la Iglesia. La tesis de este capítulo es más precisa: el significado de «escogidos» no basta para identificar a las personas que Jesús tiene en mente en Mateo 24:31. Esa identificación requiere examinar el contexto.
La lectura defendida aquí encuentra razones para reconocer en ellos al remanente de Israel. El lamento sobre Jerusalén, la pregunta acerca del templo, las referencias a Judea, al sábado y a Daniel, y el lenguaje de reunión procedente de las promesas de restauración de Israel forman un conjunto que favorece esa interpretación.
Estos elementos, sin embargo, no constituyen una demostración concluyente. Quienes identifican a los escogidos con la Iglesia pueden entender las advertencias locales como instrucciones para los seguidores de Jesús que estén en Judea y las promesas de reunión como aplicadas a su pueblo en un sentido más amplio. Esa lectura no exige situar todos los acontecimientos en el año 70; también puede entenderlos como futuros. La discusión consiste en determinar qué interpretación explica mejor el conjunto del discurso.
El recorrido léxico establece que el lenguaje de elección se aplica a Israel y continúa haciéndolo en el Nuevo Testamento, a la vez que designa a los creyentes en Cristo. El análisis contextual añade correspondencias entre los escogidos de Mateo y el remanente que atraviesa la aflicción y recibe la intervención salvadora de Dios en Daniel 12 y Zacarías 13. Sobre esa base, esta entrada interpreta Mateo 24:31 como la reunión del remanente de Israel, distinta del arrebatamiento descrito por Pablo.
Si esta identificación es correcta, la expresión «inmediatamente después de la tribulación» fija el momento de esa reunión y no determina por sí sola cuándo ocurre el arrebatamiento de la Iglesia. Esa es la aportación del argumento: ofrece una respuesta pretribulacional a Mateo 24:29-31, aunque la defensa de un arrebatamiento anterior a la tribulación requiere considerar también los demás pasajes pertinentes.
Notas
Para el inventario, Gottlob Schrenk, «ἐκλεκτός», en Theological Dictionary of the New Testament, ed. Gerhard Kittel y Gerhard Friedrich, vol. 4 (Grand Rapids: Eerdmans, 1967); BDAG, s.v. ἐκλεκτός.
Schrenk, «ἐκλεκτός», sección sobre la LXX.
James Barr, The Semantics of Biblical Language (Oxford: Oxford University Press, 1961); D. A. Carson, Exegetical Fallacies, 2.ª ed. (Grand Rapids: Baker, 1996); Moisés Silva, Biblical Words and Their Meaning, ed. rev. (Grand Rapids: Zondervan, 1994).
Stanley D. Toussaint, Behold the King: A Study of Matthew (Portland: Multnomah, 1980), sobre 23:37–24:3; John F. Walvoord, Matthew: Thy Kingdom Come (Chicago: Moody, 1974), sobre 24:1-3.
R. T. France, The Gospel of Matthew, NICNT (Grand Rapids: Eerdmans, 2007), sobre 24:15-22; W. D. Davies y Dale C. Allison, The Gospel According to Saint Matthew, ICC, vol. 3 (Edinburgh: T&T Clark, 1997), sobre 24:15-20.
Toussaint, Behold the King, sobre 24:15-31; Louis A. Barbieri Jr., «Matthew», en The Bible Knowledge Commentary: New Testament, ed. John F. Walvoord y Roy B. Zuck (Wheaton: Victor, 1983), sobre 24:15-31; Charles C. Ryrie, Dispensationalism, ed. rev. (Chicago: Moody, 2007).
France, The Gospel of Matthew, sobre 24:29-31.
Robert H. Gundry, The Church and the Tribulation (Grand Rapids: Zondervan, 1973), lee los tres pasajes como la Iglesia; para la respuesta, Walvoord, «Christ’s Olivet Discourse on the End of the Age», serie en Bibliotheca Sacra 128–129 (1971–1972); Arnold G. Fruchtenbaum, The Footsteps of the Messiah, ed. rev. (Tustin: Ariel, 2003), cap. sobre el Discurso del Monte de los Olivos.



