El Peregrinaje de los Quebrantados
Seguir el camino de la vida con un paso a la vez.
Hay una ilusión peligrosa que nos venden a diario, tanto en los espectaculares de la carretera como en las pantallas que llevamos en el bolsillo: la promesa del “todo instantáneo”. Creemos que podemos descargar la sabiduría, que podemos hackear el crecimiento espiritual, que con la oración correcta, el evento correcto o la experiencia emocional correcta, llegaremos de golpe a la meta de la madurez cristiana. Pero Las escrituras son implacablemente honestas sobre la naturaleza de nuestra fe. El rey Salomón, en 1 Reyes 8:61 (NVI), no nos llama a “teletransportarnos” a la obediencia, sino a seguir el camino. Y seguir es, por definición, la acción continua, lenta y a menudo dolorosa de poner un pie delante del otro.
El escritor a los Hebreos capturó perfectamente esta tensión sagrada cuando escribió:
Por tanto, también nosotros que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios
Hebreos 12:1-2, (NVI).
La palabra “siguiendo” encierra una verdad que resulta escandalosa para nuestra época: la fe es un peregrinaje de continuidad lenta. La gracia que nos rescata y nos justifica es un evento instantáneo y definitivo; en el momento en que confías en Cristo, eres adoptado, sellado y perdonado sin que hayas aportado una sola onza de mérito. Es un regalo absoluto. Pero el discipulado —el proceso de caminar con Dios y dejar que esa gracia inunde cada rincón oscuro de nuestra humanidad— es el trabajo de toda una vida. Es una transformación progresiva hacia la semejanza de Jesús.
A veces, caminar por las calles empedradas del centro de Querétaro me recuerda esto. La fe no es una autopista de asfalto liso y rápido; es un camino antiguo, trazado a mano, donde se siente cada irregularidad del terreno. En este camino no corremos con la arrogancia de los invictos; caminamos con la cojera de los quebrantados.
Brennan Manning solía decir que la iglesia no es una galería de santos impecables, sino un hospital para pecadores, para los harapientos, los andrajosos y los rotos. Cuando empezamos a seguir el camino de la vida, descubrimos rápidamente que llevamos con nosotros nuestras sombras, nuestros traumas no resueltos, nuestras adicciones secretas y nuestros miedos más paralizantes. Vamos a tropezar. Vamos a fallar de maneras que nos dejarán mirándonos al espejo con asco. Habrá días en los que el cielo parecerá de bronce y la oración sabrá a ceniza en la boca.
Pero aquí es donde la gracia de Dios interviene para destrozar la religión del falso yo. La religión te dice que si tropiezas, debes retroceder a la casilla de salida y volver a ganarte el favor de Dios. La gracia te susurra lo mismo que el Señor le dijo a Pablo en 2 Corintios 12:9 (NVI): “«Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad».”
La gracia te susurra que estás en el camino de la vida precisamente porque no puedes hacerlo solo. La continuidad que Dios pide no es una exigencia de perfección ininterrumpida; es la tenacidad humilde de negarse a abandonar el camino. Es la resiliencia de los que saben que no caminan solos.
No podemos sostener esta continuidad con nuestra propia fuerza de voluntad. La fuerza de voluntad se agota cuando llega la crisis, el diagnóstico médico o la traición. Necesitamos una dependencia feroz del Espíritu Santo. Su aliento es la única fuerza capaz de levantarnos del polvo, sacudirnos la vergüenza y empujarnos a dar el siguiente paso.
Tu fragilidad no descalifica el tesoro que llevas dentro; de hecho, es el lienzo donde la gracia de Dios se exhibe con mayor claridad. La religión te dice que si tropiezas, debes retroceder a la casilla de salida y volver a ganarte el favor de Dios. La gracia te susurra que estás en el camino de la vida precisamente porque eres una vasija de barro que no puede hacerlo sola.
La continuidad que Dios pide no es una exigencia de perfección ininterrumpida; es la tenacidad humilde de negarse a abandonar el camino. Necesitamos una dependencia feroz del Espíritu Santo, porque nuestra fuerza de voluntad se agota. Su aliento es la única fuerza capaz de levantarnos del polvo.
Cuando caigas en este peregrinaje, la invitación de Dios no es a la autoflagelación, sino a la restauración inmediata. Como nos recuerda el apóstol Juan: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.” 1 Juan 1:9 (NVI). Ese es el ritmo de la gracia: caer, confesar, ser limpiado, levantar la mirada, y dar el siguiente paso. Seguimos caminando, a veces cojeando, otras trastabillando, sí, pero caminamos sabiéndonos amados. Porque, en verdad, lo somos.



