El Versículo que Queremos Arrancar de la Biblia
Sobre los textos que incomodan y lo que esa incomodidad nos enseña
Hay versículos en la Biblia que preferimos que no estuvieran.
No porque dudemos de la inspiración de las Escrituras. Sino porque no sabemos qué hacer con ellos. Porque desafían la imagen de Dios que hemos construido con cuidado. Porque si los tomamos en serio, algo en nuestra teología ordenada comienza a crujir.
El Salmo 137 termina con uno de esos versículos.
«Bienaventurado será el que tome y estrelle tus pequeños contra la peña.»
— Salmos 137:9 (NBLA)
Y la reacción más común ante ese versículo —incluso entre creyentes maduros, incluso entre quienes han estudiado teología— es el impulso de explicarlo de manera que deje de ser lo que es. De suavizarlo. De encontrarle una lectura alegórica que lo haga más digerible. De pasarlo rápido en la lectura pública y esperar que nadie pregunte.
Creo que ese impulso, aunque comprensible, nos cuesta algo importante.
Antes de cualquier interpretación, hay que hacer algo que raramente hacemos con este versículo.
Hay que quedarse en él el tiempo suficiente para sentir lo que dice.
Porque fue escrito por alguien que había visto sus propios hijos morir. No en abstracto. Concretamente — en las calles de Jerusalén, mientras los ejércitos de Nabucodonosor hacían lo que los ejércitos del mundo antiguo hacían cuando conquistaban una ciudad. El texto de 2 Reyes 25 y Lamentaciones describe con una franqueza que resulta difícil leer lo que ocurrió en Jerusalén en el año 586 a.C. Madres que hervían a sus propios hijos para comer. Sacerdotes masacrados en el templo. La ciudad entera en llamas.
El salmista no está escribiendo desde la comodidad de una posición filosófica sobre la violencia. Está escribiendo desde el interior de un trauma que nosotros, desde nuestra distancia de siglos y nuestra relativa seguridad, apenas podemos imaginar.
Y lleva ese trauma a Dios.
Eso es lo primero que el versículo nos enseña: que Dios puede recibir lo peor que tenemos.
No la versión editada de nuestro dolor. No el dolor que ya hemos procesado lo suficiente como para hablar de él con cierta ecuanimidad espiritual. El dolor crudo, sin refinar, el que todavía tiene bordes filosos y temperatura alta y palabras que preferimos no decir en voz alta en un contexto espiritual.
El salmista no construye una argumentación teológica sobre la justicia divina. No cita los oráculos proféticos contra Babilonia, aunque los conoce. No eleva su lenguaje para que suene más aceptable. Dice exactamente lo que siente — y lo dice a Dios.
Existe una diferencia fundamental entre la ira que se actúa y la ira que se ora. El salmista no toma las armas. No organiza una resistencia. No planea ninguna represalia. Lleva su grito al único lugar donde puede ser verdaderamente sostenido y verdaderamente respondido — la presencia de Dios.
Eso es, éticamente, una posición más elevada que la represalia. No más cómoda. Más elevada.
Lo segundo que el versículo nos enseña es más incómodo todavía.
Nos enseña que hay una diferencia entre lo que la Biblia registra y lo que la Biblia prescribe.
Las Escrituras son verbalmente inspiradas e inerrantes. Eso significa que este versículo está exactamente donde Dios quiso que estuviera, diciendo exactamente lo que Dios quiso que dijera. Pero lo que dice no es un mandato. Es un registro. Es la voz inspirada de un ser humano que lleva su realidad más oscura a la presencia de Dios —y Dios, en su sabiduría, eligió preservar esa voz en el canon.
¿Por qué? Precisamente para que nadie pueda decir que las Escrituras no conocen el dolor humano en su forma más extrema. Para que nadie llegue a su Biblia con un trauma que el texto no haya tocado ya. Para que quien ha experimentado lo inimaginable encuentre que alguien —alguien cuya voz Dios consideró digna de preservar por siglos— estuvo en ese mismo lugar antes que él.
Job maldijo el día de su nacimiento. Jeremías maldijo al mensajero que llevó la noticia de su nacimiento a su padre. Estos textos son inspirados. Y lo que inspiran no es imitación — sino reconocimiento. El reconocimiento de que Dios es suficientemente grande como para recibir incluso eso.
Lo tercero es lo que el versículo revela sobre la justicia.
«Oh hija de Babilonia, la devastada, bienaventurado el que te devuelva el pago con que nos pagaste.»
— Salmos 137:8 (NBLA)
El principio que subyace a estos versículos es el lex talionis — la ley del talión. No como barbarismo primitivo, sino como afirmación de que el universo moral tiene coherencia. Que los actos tienen consecuencias. Que la sangre inocente derramada no desaparece sin respuesta.
El salmista no dice que él ejecutará esa justicia. Dice que bienaventurado será quien lo haga — quien actúe como agente de la justicia de Dios, como los profetas habían anunciado que ocurriría. La destrucción de Babilonia no era venganza privada del salmista. Era el cumplimiento de las palabras proféticas de Isaías, de Jeremías, de todos los que habían declarado que Jehová es el juez soberano de las naciones.
El salmista deposita la justicia en las manos de Dios. Y eso no es resignación — es la forma más profunda de confianza en que Dios es quien dice ser.
Pero hay un cuarto movimiento, y es el que cambia todo para el lector del Nuevo Testamento.
Cristo crucificado es el lugar donde convergen la justicia y la misericordia de una manera que ningún versículo del Salmo 137 podía anticipar completamente. En la cruz, Dios no ignoró el mal — lo absorbió. No minimizó el dolor — lo habitó. No evitó la oscuridad de los versículos 8 y 9 — las atravesó desde adentro, como el inocente que carga con lo que el culpable merece.
El clamor del salmista por justicia encuentra su respuesta más profunda no en la caída de Babilonia — aunque esa caída ocurrió — sino en el momento en que el Hijo de Dios colgó de una cruz y gritó con las palabras del Salmo 22:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
— Salmos 22:1 (NBLA).
Dios conoce el abandono desde adentro. Conoce el grito desde adentro. Y desde ese lugar, ha garantizado que la última palabra sobre la historia no será la de Babilonia sino la del Cordero.
¿Qué hacemos entonces con el versículo que queremos arrancar?
Lo leemos. Lo sostenemos. Dejamos que nos incomode el tiempo suficiente para preguntarnos por qué nos incomoda.
A veces la incomodidad ante un texto bíblico dice más sobre los límites de nuestra teología que sobre los límites del texto. Un Dios que solo puede ser alabado cuando las circunstancias son favorables, que solo puede recibir oraciones cuando están bien formuladas, que solo puede ser encontrado en los versículos que nos hacen sentir bien — ese Dios es demasiado pequeño para el Salmo 137. Y probablemente demasiado pequeño para la vida real.
El Dios del Salmo 137 es uno que se sienta con los exiliados junto al río. Que recibe el grito de los versículos 8 y 9 sin escandalizarse. Que preservó esa oración en su Palabra durante más de dos mil quinientos años porque sabía que habría personas en cada generación que necesitarían saber que ese grito también cabe en la presencia divina.
«Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión.»
— Salmos 137:1 (NBLA)
El salmista comenzó sentado. Llorando. Sin respuestas.
Y aun así oró.
Eso, más que cualquier otra cosa, es lo que este salmo nos enseña sobre la fe. No que la fe resuelve el dolor. Sino que la fe lo lleva a un lugar donde puede ser verdaderamente sostenido. Y que ese lugar —la presencia de un Dios que no se escandaliza ante lo que somos cuando estamos rotos— existe, y está abierto, incluso cuando las arpas están colgadas en los sauces.



