No sé cómo comenzó exactamente. Solo sé que, en algún punto del último trimestre de 2023, algo dentro de mí comenzó a desmoronarse. Lo que parecía ser simplemente una tormenta emocional terminó convirtiéndose en un éxodo interno. Cada día traía consigo una batalla invisible, un desarraigo lento, una especie de desgarro del alma. El futuro, en vez de prometer algo, parecía un abismo sin eco. Y yo, en medio de todo, sentía que caminaba solo.
La oscuridad no llegó con estruendo, sino con silencio. Ese tipo de silencio que paraliza más que el ruido. Silencio entre personas. Silencio en las oraciones. Silencio incluso en mí mismo.
El dolor más punzante no vino del quebranto externo, sino de una herida profunda: una herida provocada por la mano de alguien a quien consideraba guía, alguien en quien había depositado confianza espiritual. Cuando alguien con voz de padre te acusa con palabras que no tienen raíces en la verdad, el alma no solo se hiere… se desconcierta. Se desubica. Una parte de ti quiere gritar: “¡Eso no es cierto!”, mientras otra solo susurra: “¿Y si lo fuera?”
En esas semanas, mi corazón no encontró refugio ni en los recuerdos ni en la razón. Todo en mí era tierra removida. Me sentía como si hubiese sido arrancado de mi lugar, como una vid separada de su raíz, expuesta al viento y al sol abrasador del juicio humano. Pero fue precisamente allí —en ese viñedo nuevo, sin sombra ni muro— donde volví a escuchar a Dios.
Una voz que no gritaba, pero que perforaba. Una voz que no explicaba, pero que acompañaba. Una voz que me hablaba desde un versículo escondido entre las instrucciones litúrgicas del Antiguo Testamento:
“…a la entrada de la tienda del encuentro, que es donde me encontraré contigo para hablarte.” (Éxodo 29:42, DHH).
Ese versículo, olvidado por muchos y rodeado de rituales sacerdotales que ya no practicamos, fue para mí una revelación: Dios sigue hablando. No en la cima de montes espectaculares ni en la perfección de los templos dorados. Habla en la tienda. En el camino. En medio del polvo. Habla en el desierto.
Y lo más bello: no solo se aparece. Se reúne. El verbo hebreo apunta a una cita programada, un encuentro deliberado. Como si dijera: “Yo te espero ahí, en medio de todo eso que estás viviendo. No necesitas llegar perfecto. Solo llega”.
La carpa de reunión era un lugar de adoración móvil, frágil, sin mármol ni columnas. Como nuestras vidas. Como nuestras almas cuando todo se cae. Pero fue allí, en ese espacio temporal, que Dios prometió Su presencia. Y eso bastó. No prometió resolver todo. Prometió estar.
La herida que yo había intentado esconder se convirtió entonces en altar. No porque yo supiera qué hacer con ella, sino porque Él decidió consagrarla con Su presencia. “Allí me encontraré con los israelitas, y el lugar quedará consagrado por mi presencia.” (Éxodo 29:43, DHH). Si Él consagra el lugar donde habita, entonces mi dolor, al ser habitado, también fue santificado.
El Espíritu de Dios comenzó a moverse en mí no como viento impetuoso, sino como brisa que toca apenas, pero que marca. Me hizo recordar que el sacrificio no consiste en traer algo perfecto, sino en traerlo todo. El todo quebrado. El todo cansado. El todo humillado. Porque solo en esa entrega total, el fuego desciende.
Y sí, todavía hay días oscuros. No lo niego. Pero en cada uno, he aprendido a levantar un altar. No porque tenga fuerzas, sino porque he sido instruido por el Espíritu a confiar. A adorar sin comprender. A entregarme sin necesidad de entender cada detalle. Porque en el Reino de Dios, la adoración no es reacción, es encuentro.
A ti que atraviesas una noche sin explicación, déjame decirte esto: no necesitas tenerlo todo resuelto para que Dios se encuentre contigo. No tienes que entender tu dolor para convertirlo en altar. Él ya ha dispuesto el lugar, y te espera allí. Y en ese espacio —ese divorcio, esa pérdida, esa traición, ese diagnóstico— Él te hablará. No como una voz que explica, sino como una Presencia que sostiene.
“El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos
y han perdido la esperanza.” (Salmo 34:18, DHH). No lo digo como promesa vacía. Lo digo como testigo.
Hoy puedo afirmar con gratitud que fui tomado de nuevo por la mano de Dios a través de un pastor compasivo que no juzgó mis lágrimas, sino que me cubrió con oración y restauración. A través de su vida, Dios me recordó que la traición de un hombre no cancela el carácter de Dios. Que una mentira no puede apagar la verdad eterna de su amor. Que hay padres espirituales que sanan las heridas provocadas por otros.
La fidelidad de Dios no es poesía abstracta; es sustancia que me ha sostenido. Es mano que me ha cargado cuando mis piernas no daban más. Es aliento que me ha recordado que no he sido olvidado.
Y ahora lo sé. El encuentro con Dios no depende de un lugar físico, de una iglesia o de una temporada favorable. Ocurre donde Él decide hablar. Y si Él ha prometido reunirse contigo, puedes estar seguro de esto: llegará.
Porque si algo ha quedado claro en mi corazón es que hay desiertos que terminan convertidos en santuarios. Hay lágrimas que se transforman en aceite. Hay ruinas que se vuelven moradas del Altísimo. Y tú, sí, tú… no estás solo.