Forastero, Pero Contigo
Vulnerabilidad, silencio humano y el refugio de una Presencia que no se aparta.
»Escucha mi oración, oh Señor, y presta oído a mi clamor; no guardes silencio ante mis lágrimas; porque extranjero soy junto a Ti, peregrino, como todos mis padres. »Aparta de mí Tu mirada, para poder alegrarme antes de que me vaya de aquí y ya no exista». Salmo 39:12-13 (NBLA)
El salmo no comienza con el llanto, sino con una decisión: “vigilaré mi conducta…” (Salmo 39:1, NVI)
Hay intención en esas palabras.
Hay conciencia.
Hay una elección deliberada.
Guardar los caminos no es solo vigilar lo que hacemos; es custodiar el mundo interior. Es decidir cómo pensamos, cómo reaccionamos, cómo hablamos. Es asumir responsabilidad por la forma en que caminamos por la vida, por cómo amamos, por cómo nos expresamos cuando sería más fácil callar o escondernos.
Y en este peregrinaje frágil que llamamos vida, hay momentos en los que Dios nos invita a caminar de cerca con otras personas. No por accidente. No por impulso. Sino por convicción. Elegimos caminar junto a algunos porque, en la oración y el discernimiento, percibimos que esa cercanía no solo es deseada, sino permitida—tal vez incluso diseñada—por Dios.
Caminar juntos nos enseña a hablar.
Despacio.
Con cuidado.
Con valentía.
Al inicio, abrimos pequeñas ventanas. Dejamos que otros vean apenas destellos de quiénes somos. Con el tiempo, si hay confianza, abrimos más. Y con muy pocos, abrimos la habitación completa. Esto no es imprudencia emocional; es vulnerabilidad madura. Y es necesaria. Porque amar sin vulnerabilidad es permanecer intactos… pero invisibles.
Hay momentos en los que hablamos desde lo más profundo del corazón. Nombramos esperanzas que ya han pasado por el altar de Dios. Sueños que hemos presentado en oración y que, en el silencio, sentimos afirmados por Él. Anhelos que no nacen del capricho, sino de una convicción alineada con Su voluntad.
Y duele cuando aquello que se ofrece con reverencia es recibido con ligereza.
Duele cuando la vulnerabilidad no encuentra presencia, sino distancia envuelta en lenguaje piadoso. Las palabras pueden ser correctas. La teología puede ser sólida. Pero el corazón queda sin respuesta.
A veces una frase se convierte en escudo:
“Está en las manos de Dios.”
“Estoy confiando en el Señor.”
“Estoy esperando Su tiempo.”
Todo eso es verdad.
Todo eso es bueno.
Y aun así… puede ser ausencia relacional.
Porque una frase espiritualmente correcta puede funcionar como cortina. Permite que uno permanezca protegido mientras el otro queda expuesto. El cuerpo lo sabe. Se siente como peso, confusión, una tristeza silenciosa que permanece después de que la conversación termina.
Cuando alguien habla desde la vulnerabilidad, está ofreciendo tres cosas al mismo tiempo:
Riesgo emocional — Esto me importa.
Dirección relacional — Me estoy acercando a ti.
Invitación — ¿Te encontrarás conmigo aquí?
Cuando esa invitación no recibe respuesta, el sentido queda incompleto. El sistema nervioso carga con la ambigüedad. No es rechazo abierto, pero tampoco es encuentro. Es una ausencia que duele.
Y ahí la herida se profundiza.
Una respuesta que neutraliza espiritualmente no refleja la claridad desde la cual nació la vulnerabilidad. Preserva la seguridad, evita la intimidad y devuelve el peso de la interpretación a quien habló. Y entonces el corazón sangra—no porque la verdad fue dicha, sino porque la presencia fue retenida.
Sin embargo, que la vulnerabilidad no sea correspondida no significa que fue un error. Revela ubicación. Muestra dónde está el otro.
Y cuando la herida es real, cuando el dolor pesa demasiado, el alma debe recordar: hay un lugar donde la vulnerabilidad nunca es rechazada.
Hay una Presencia que no evade.
Una mirada que no se aparta.
Un refugio donde las lágrimas no son silenciadas.
David conocía ese lugar. “Porque extranjero soy junto a Ti”, dice. No abandonado. No extraño. Contigo. Un huésped—no tolerado, sino recibido.
Por eso ora, no pidiendo explicaciones, sino atención: No guardes silencio ante mis lágrimas.
Yo conozco ese lugar.
He sido herido ahí.
Mi espíritu se ha sentido apagado.
Mi corazón ha querido cerrarse otra vez.
Y aun así, las palabras de David me llaman de vuelta—no hacia las personas, sino hacia Dios. A creer de nuevo. A confiar de nuevo. A amar de nuevo.
Mi oración hoy es sencilla:
Dios mío, escucha mi oración. Atiende a mi clamor. No guardes silencio ante las lágrimas que brotan de un corazón herido. Mírame con tus ojos llenos de bondad, misericordia, fidelidad y amor. Permíteme sonreír otra vez—no porque la herida desapareció, sino porque Tú permaneciste. Porque en tu presencia es donde pertenezco. Y allí, todo temor, todo dolor, toda decepción y toda herida comienzan a descansar.



