Hay trámites para casi todo en esta vida. Algunos son sencillos y rutinarios; otros exigen tiempo, paciencia y una cantidad de documentos que parece multiplicarse cada vez que creemos haber terminado. Pero de vez en cuando aparece uno que rompe con la monotonía de lo administrativo y nos recuerda que, detrás de ciertos papeles, se esconden historias que merecen ser contempladas.
Hoy fui a las oficinas del registro civil. No llamé por teléfono: fui en persona, contento, emocionado, al borde de las lágrimas. Antes de entrar me quedé en el patio, oré y le di gracias a Dios. Luego pedí la solicitud, y ahora la tengo en mis manos, esperando ser llenada.
A simple vista no tiene nada de extraordinario: una solicitud, espacios por llenar, requisitos por cumplir. Pero para mí ese papel representa algo que ninguna oficina podría registrar. Detrás de esta solicitud matrimonial hay años de historia, temporadas de espera, oraciones dichas en voz alta y otras que solo Dios escuchó en el silencio del corazón.
Y hay algo más: no es la primera vez que un trámite así me pone frente a mí mismo.
Hace algunos años, antes de conocer a Karla, llamé al registro civil para pedir informes sobre matrimonio. Recuerdo el hueco en el estómago mientras hacía la llamada. No eran nervios de novio; era miedo, un vacío que no lograba explicar. Durante las dos semanas siguientes estuve enfermo. Fui con el gastroenterólogo, luego con el urólogo, me hicieron estudios de sangre. Todos me dijeron lo mismo: no hay nada, estás bien. Pero no estaba bien. Mi cuerpo decía lo que mi corazón todavía no se atrevía a admitir.
Hoy lo leo como la misericordia de Dios deteniéndome. Aquella relación no debía ser. Me había fijado en lo que veía y no en lo que Dios quería, y hubo pecado en la manera en que la viví. Terminó mal, y terminó conmigo cancelando una boda.
Cuento esto porque no quiero que lo que escribo hoy suene a la historia de alguien que siempre supo elegir bien. No lo soy. He tomado malas decisiones y he descubierto, más veces de las que quisiera admitir, las limitaciones de mi propio carácter. Y, sin embargo, el evangelio anuncia una verdad que sigue asombrándome: la fidelidad de Dios no está condicionada por la impecabilidad de nuestra trayectoria. Su gracia no es una condecoración para quienes lograron una historia sin equivocaciones; es su bondad hacia personas que, precisamente porque necesitan misericordia, aprenden a vivir sostenidas por ella.
Esto no significa que nuestras decisiones carezcan de consecuencias ni que la gracia convierta automáticamente cada pérdida en una ganancia visible. Significa algo más hondo: nuestros fracasos no tienen la última palabra sobre nuestra identidad, y nuestras limitaciones no agotan la capacidad de Dios para seguir obrando en nosotros.
Después de aquella boda cancelada vino algo que entonces no habría sabido llamar hermoso: un tiempo de espera y de restauración. Quizá una de las lecciones más difíciles de la vida cristiana sea distinguir entre lo que esperamos que Dios haga y lo que Él está formando en nosotros mientras esperamos. Imaginamos su fidelidad como una respuesta que llega a tiempo y de la manera prevista. Pero hay temporadas en las que la espera no produce respuestas, sino nuevas preguntas, y es allí donde nuestra comprensión de su carácter comienza a ser examinada.
¿Seguiremos reconociendo su bondad cuando todavía no vemos lo que anhelamos? ¿Podremos descansar en su carácter cuando sus caminos no coinciden con nuestros calendarios? ¿Creeremos que su presencia es suficiente antes de que cambien nuestras circunstancias?
Con el tiempo he comprendido que la espera no siempre existe para prepararnos a recibir lo que deseamos. A veces sirve para transformar la manera en que deseamos. Expone los lugares donde confundimos la bendición con un derecho adquirido y nos recuerda que el centro de nuestra esperanza no es lo que Dios pueda concedernos, sino Dios mismo.
Yo no estaba buscando cuando apareció Karla.
Empezamos a platicar, y poco a poco me di cuenta de que tenía el mismo corazón que yo: un corazón que anhela servir, que quiere glorificar a Dios y que está apasionado por Cristo. Cuando por fin salimos, en esa primera cita, ella me dijo tres cosas que marcaron mi vida.
La primera: «Juan Marcos, desde que vine a Cristo, hace unos siete años, no había salido sola con ningún hombre».
La segunda: «Quiero saber si salir conmigo no será piedra de tropiezo para tu vida o para tu ministerio».
La tercera: «En estos meses que hemos platicado, tú has sumado a mi vida. Y si es la voluntad de Dios, a mí me gustaría sumar a la tuya».
Pienso mucho en esas frases. En la primera escuché a una mujer que tiene su propia historia con el Señor, una historia que comenzó mucho antes de que yo apareciera y cuyo valor nunca ha dependido de mi presencia. En la segunda escuché a alguien que, antes de pensar en lo que podía recibir, pensaba en lo que podía costarme a mí y a la obra que Dios me había confiado. Y en la tercera escuché una manera de entender el amor que todavía me enseña: no como lo que el otro despierta en mí, sino como lo que puedo aportar a su vida delante de Dios.
Ha pasado un año y cuatro meses desde que nos conocimos, y puedo decirlo sin lugar a dudas: Karla ha sumado a mi vida. La encuentro hermosa, me gusta demasiado, me atare de mil maneras, pero lo que más admiro es su amor por Cristo, su disposición de servir y la obra que Dios sigue haciendo en ella. Ya no pienso en mi vida, ni en mi servicio a Dios, sin ella a mi lado. Mi vida ahora se piensa en términos de Juan Marcos y Karla, porque hemos entendido que, en nuestro caso, juntos podemos servir a Cristo y hacer más por el reino que cada uno por separado.
Amarla es un privilegio que lleva consigo una responsabilidad sagrada. El amor cristiano va más allá de la gratificación personal: aprende a reconocer, honrar y procurar el bien del otro.
El matrimonio, desde esta perspectiva, no es la culminación romántica de una historia perfecta. Es el comienzo de una vocación compartida en la que dos personas imperfectas se comprometen a aprender a amar bajo el señorío de Cristo. Habrá alegrías que todavía no podemos anticipar y desafíos que hoy ni siquiera sabemos nombrar. La fidelidad no consiste solo en permanecer cuando todo resulta sencillo, sino en aprender a cuidarnos cuando amar nos exija renunciar a nuestro egoísmo.
No deseo un matrimonio que aparente perfección. Deseo uno donde la gracia tenga espacio para obrar: donde podamos reconocer nuestros errores sin escondernos, pedir perdón sin justificarnos y celebrar la obra de Dios en el otro sin competir. Mi oración es que, con los años, nuestra manera de tratarnos dé testimonio de Aquel que nos amó primero.
Por eso esta solicitud me conmueve tanto. No representa solo la posibilidad de compartir una casa, un apellido o una vida cotidiana. Representa la invitación a asumir, delante de Dios, la responsabilidad de amar a una mujer concreta, con toda la dignidad de su persona, y de recibir su amor sin darlo por sentado.
En Efesios 3:20, Pablo dirige nuestra mirada hacia el Dios que puede hacer mucho más de lo que pedimos o imaginamos. Solemos asociar el pasaje con sueños cumplidos, pero esas palabras cierran una oración de alcance mucho mayor. Pablo no presenta a Dios como garante de nuestros deseos personales; ora para que los creyentes sean fortalecidos interiormente, para que Cristo habite por la fe en sus corazones y para que comprendan la inmensidad de su amor. El horizonte de esa promesa es más grande que nuestras expectativas: es la gloria de Dios manifestándose en una comunidad transformada por el amor de Cristo.
Por eso, cuando digo que Dios ha hecho mucho más de lo que podía imaginar, no afirmo que mi vida haya transcurrido conforme a mis deseos. Tampoco pretendo que mi alegría presente invalide los dolores de ayer, ni que el matrimonio sea evidencia de mayor favor divino que la soltería. Hay creyentes amados por Dios cuyas historias toman otros caminos, y su fidelidad hacia ellos no es menor.
Lo que expreso es algo personal: al contemplar esta nueva etapa, encuentro motivos concretos para agradecer. Y más que celebrar que Dios haya cumplido mis expectativas, celebro que Su amor haya permanecido mientras mis expectativas eran transformadas.
Su fidelidad no comenzó el día en que conocí a Karla. Estaba también en aquellas dos semanas de malestar sin diagnóstico, en la boda que cancelé, en los años de incertidumbre y en los momentos en que mi comprensión de su voluntad era limitada. La bendición de hoy no convierte la espera de ayer en abandono. Me invita a reconocer que Dios estaba conmigo entonces, como lo está ahora.
Quizá esa sea una de las expresiones más hermosas de la madurez espiritual: aprender a agradecer lo recibido sin convertirlo en la medida de todo lo que Dios es.
Vuelvo entonces a la solicitud que tengo en mis manos. Sigue siendo un documento ordinario: sus espacios deberán llenarse, sus requisitos cumplirse y sus firmas colocarse donde corresponda. La primera vez que me acerqué a un trámite así fue por teléfono, con un vacío en el estómago. Hoy fui en persona, y lo primero que hice en aquel patio fue dar gracias.
Cada vez que recuerde este momento, recordaré la bondad de Dios que me sostuvo cuando no sabía cómo continuaría mi historia. Recordaré que la gracia no borra nuestro pasado, pero nos permite vivir sin quedar definidos por él. Y recordaré que ninguna historia de amor humana debe convertirse en el centro último de nuestra adoración: nuestros mejores regalos encuentran su sentido cuando nos conducen a agradecer al Dador.
Hay trámites que se firman con tinta, pero se contemplan con lágrimas de gratitud.
Este es uno de ellos.
«Y ahora, que toda la gloria sea para Dios, quien puede lograr mucho más de lo que pudiéramos pedir o incluso imaginar mediante su gran poder, que actúa en nosotros». Efesios 3:20 (NTV)
A Él sea la gloria. No solamente por los comienzos que nos alegran, sino por la gracia que nos sostiene a lo largo de todo el camino.



