Junto a los ríos de Babilonia
Sobre el llanto, la memoria y el arte de no olvidar
Hay una pregunta en el Salmo 137 que no es retórica. Que duele de verdad.
«¿Cómo cantaremos la canción del Señor en tierra extraña?»
— Salmos 137:4 (NBLA)
No es una pregunta que busca respuesta. Es una pregunta que nombra algo que todos hemos sentido: el momento en que la alabanza se congela en la garganta. En que las palabras correctas existen, pero no salen. En que el arpa, por alguna razón que no sabemos bien explicar, termina colgada en el sauce.
Y lo más honesto es admitir que la mayoría de nosotros conoce esa experiencia. No desde afuera. Desde adentro.
Los exiliados de Judá estaban sentados. No adorando, no orando, no sirviendo. Sentados. Llorando. Junto a los ríos de Babilonia.
Eso, en sí mismo, es ya una teología.
El pueblo que había construido el templo más glorioso del mundo antiguo, que había cantado los salmos de Sion con el corazón lleno, que conocía el nombre de Yahvé (El Señor) como quien conoce el nombre de su propio padre, ahora estaba sin palabras. Sin música. Sin capacidad de hacer lo que sabía hacer mejor.
Y la Escritura no pasa por alto ese momento. No lo explica. No lo corrige. Lo registra.
Porque a veces el único acto de fe que le queda a uno es sentarse. Y dejar que el dolor sea lo que es.
El sufrimiento que no encuentra un lugar donde ser depositado no desaparece. Se enquista. Se convierte en amargura, en cinismo, en una distancia silenciosa de Dios que uno no sabe bien cómo nombrar. El Salmo 137 es el intento desesperado y honesto de no llegar ahí —de no tragarse el dolor, de no proyectarlo sobre los demás en silencio, sino de llevarlo a la única presencia lo suficientemente grande como para sostenerlo.
La de Dios.
Y eso implica algo que el salmista no argumenta sino que simplemente asume: que Dios escucha. Que al otro lado del clamor hay alguien. Que cuando el versículo 7 dice «recuerda, oh Señor» —el verbo hebreo zakar— no está pidiendo que Dios recupere un dato olvidado, sino que actúe. En la Escritura, cuando Dios recuerda, interviene. El salmista ora desde esa convicción, aunque todo a su alrededor parezca contradecirla.
Hay algo que el texto deja claro sin decirlo explícitamente: Babilonia no era solo una ciudad. Era un sistema, una manera de ver el mundo, una civilización que ofrecía seguridad, prosperidad, cultura y sentido… siempre y cuando el pueblo de Dios dejara de vivir con fidelidad a Sion.
No te pedía que renunciaras a Dios en voz alta. Solo que lo hicieras en privado. Que fuera una preferencia personal. Que la fe dejara de ser una identidad pública y se convirtiera en una opción íntima, discreta, sin consecuencias visibles.
Y entonces los captores se burlaban: «Cántennos alguno de los cánticos de Sion» — Salmos 137:3 (NBLA). No porque amaran la música sagrada. Sino para demostrar que ya les pertenecía. Que podían pedirla como entretenimiento. Que lo que antes era adoración ahora podía ser espectáculo.
Los exiliados se negaron. Colgaron las arpas.
Y esa negativa —silenciosa, sin discurso, sin manifiesto— es uno de los actos de resistencia espiritual más profundos que registra la Escritura.
En el versículo 5, el salmista hace algo extraño. Algo que suena casi excesivo.
«Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti.»
— Salmos 137:5-6 (NBLA)
Un músico. Un cantor. Jurando perder su voz y sus manos antes que olvidar lo que ama.
No está prometiendo recordar porque sea obligatorio, porque la ley lo exija, o porque sea la respuesta correcta. Está prometiendo recordar porque Jerusalén representa algo que, si se pierde, él mismo se pierde. La memoria no es aquí nostalgia sentimental. Es identidad. Es la diferencia entre saber quién eres y disolverse lentamente en el mundo que te rodea.
Los imperios rara vez destruyen primero las murallas; comienzan debilitando la memoria. Por eso las comunidades que sobreviven son aquellas que siguen orando, cantando y recordando quiénes son delante de Dios. No sobreviven por fuerza política, sino por fidelidad cotidiana. El que olvida Jerusalén termina sintiéndose en casa en Babilonia.
En las Escrituras, Jerusalén representa la identidad y comunión del pueblo con Dios, mientras Babilonia simboliza un sistema humano autosuficiente y opuesto a Él. Cuando el pueblo pierde la memoria espiritual de Sion, comienza gradualmente a conformarse al espíritu de Babilonia.
Y eso puede ocurrir sin que uno lo note. Gradualmente. Cómodamente.
Aquí es donde el salmo se vuelve incómodo.
«Bienaventurado el que tome y estrelle tus pequeños contra la peña.»
— Salmos 137:9 (NBLA)
Muchos quieren saltarse este versículo. O explicarlo de manera que deje de doler. Pero creo que el primer paso es permitir que duela exactamente como fue escrito.
Porque fue escrito por alguien que había visto sus propios hijos morir. Que había presenciado lo que los ejércitos de Nabucodonosor hicieron en las calles de Jerusalén. Que cargaba en el cuerpo y en la memoria un horror que nosotros, desde nuestra distancia de siglos, apenas podemos imaginar.
Existe una diferencia crucial entre suprimir el dolor y nombrarlo. Suprimir es empujarlo hacia abajo hasta que encuentra otra salida —generalmente más destructiva. Nombrarlo es otra cosa: es llevarlo a la presencia de Dios exactamente como es, sin pulirlo, sin hacerlo presentable, sin convertirlo en algo más espiritual de lo que en ese momento puede ser.
El salmista hace eso. No toma las armas. No planea represalias. No construye un ejército. Lleva su grito a Dios y le dice: «Tú sabes lo que me hicieron. Tú eres el juez. Haz justicia.»
Este no es un versículo que prescribe la violencia. Es un versículo que registra el clamor más crudo del corazón humano ante la injusticia extrema —y lo deposita en las manos del único que puede hacer algo verdadero con él.
La oración real, a veces, suena así.
El salmo menciona Sion tres veces. Jerusalén, cuatro veces más. No es repetición. Es teología.
Sion era el monte que representaba la presencia de Dios en medio de Su pueblo: el lugar del encuentro, de la adoración y de la comunión con Él. Cuando el pueblo lloraba al acordarse de Sion, no estaba lamentando una idea abstracta, sino la pérdida concreta de esa cercanía: el templo destruido, el altar derribado, el arca ausente, la adoración interrumpida.
Jerusalén es algo más. Es la ciudad donde convergen el pacto, la promesa davídica y la historia de la salvación. El lugar que no puede ser intercambiado por ningún otro, porque ningún otro carga con ese peso particular de fidelidad divina.
Y aquí aparece uno de los movimientos más profundos del salmo: los exiliados no podían subir a Sion. No podían ver el templo ni participar de la adoración que había formado su identidad como pueblo de Dios. Pero todavía podían recordar. Y en ese recuerdo —aferrado contra toda presión, sostenido con el cuerpo entero— sobrevivía una fidelidad y una esperanza que Babilonia no podía destruir.
La memoria como resistencia. La memoria como fe.
Pero hay algo más. El salmista ora en Babilonia. No en el templo, no en tierra santa, no en el lugar donde Dios había prometido habitar. Ora en tierra extraña —y lo hace como si Dios pudiera escuchar desde allí. Eso es una afirmación teológica silenciosa pero poderosa: El Señor (Yahvé) no estaba contenido en el templo. No tenía los límites geográficos que la fe popular a veces le imponía. Estaba en Babilonia tanto como en Sion. La presencia de Dios no dependía de la arquitectura sagrada. Dependía de Dios.
El exilio babilónico terminó. El templo fue reconstruido. Jerusalén cayó de nuevo, en el año 70 d.C., y con ella murió la última ilusión de que la ciudad física era lo definitivo.
Y Cristo, que lloró sobre Jerusalén con la misma ternura con que el salmista juró no olvidarla, llevó a plenitud en Sí mismo aquello que Sion y el templo anticipaban. El verdadero templo ya no era simplemente un edificio de piedra, sino la presencia misma de Dios manifestada en el Hijo. Y la carta a los Hebreos declara que, por medio de Cristo, ya nos hemos acercado a la Sion celestial, la ciudad del Dios vivo (Hebreos 12:22-24).
Pero la tensión no ha desaparecido. Vivimos todavía en el «ya» y el «todavía no» del reino. Ciudadanos de un reino que es real pero que aún no se ha manifestado en su plenitud. Peregrinos en una tierra que no es nuestra última dirección.
Y entonces el Salmo 137 sigue siendo nuestro salmo.
Porque todos conocemos la sensación de estar en tierra extraña. De vivir rodeados de una cultura que no comparte nuestros valores más profundos. De enfrentar la tentación de asimilarse, de suavizar los bordes, de colgar el arpa para no generar conflicto. Y todos conocemos —o deberíamos conocer— esa pregunta que late en el versículo 4: ¿cómo se canta en este lugar? ¿Cómo se mantiene la fe cuando el ambiente no la sostiene? ¿Cómo se recuerda Jerusalén cuando Babilonia ofrece tanto?
No hay una respuesta fácil. Pero el salmo nos da algo mejor que una respuesta: un camino.
El camino del lamento honesto. El camino de la memoria fiel. El camino de una oración que no filtra el dolor, sino que lo lleva entero a la presencia de Aquel que puede hacer algo con él.
Los exiliados colgaron las arpas en los sauces. Pero no las tiraron al río.
Eso me parece importante. No destruyeron sus instrumentos. No renunciaron a su capacidad de adorar. Solo la suspendieron, guardaron, esperaron.
Y cuando regresaron a Sion, las arpas volvieron a sonar.
Hay temporadas en la vida donde lo más fiel que uno puede hacer es colgar el arpa. No fingir que todo está bien cuando no lo está. No producir alabanza que no es verdadera. Sentarse junto al río, dejar que el llanto fluya, y sostener la promesa de que algún día —cuando el dolor haya sido transformado y no solo suprimido— volverá la música.
No como antes. Mejor.
«Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza.»
— Salmos 137:5 (NBLA)
El salmista no olvidó. Nosotros tampoco tenemos que olvidar.



