Tengo 43 años. Hace tiempo que mis amigos dejaron de preguntarme «¿y tú para cuándo?». Creo que se rindieron antes que Dios.
Dios no se rindió. Este año me caso con la mujer que amo.
Cuando miro hacia atrás, hay una palabra que no deja de resonar en mí: gracia. Gracia que no se compra ni se merece, que solo se recibe con las manos abiertas y el corazón agradecido.
Hubo años de preguntas y temporadas de incertidumbre. Noches en las que me pregunté si algún día llegaría la mujer con quien compartir la vida. Hubo errores, aciertos, lágrimas y caminos que jamás imaginé recorrer. Y en medio de todo, aun cuando no lo alcanzaba a ver, Dios seguía siendo bueno. Seguía siendo fiel. Hoy lo digo sin rodeos: Dios sabe mejor. Dios escoge mejor.
Y entonces llegó Karla.
La primera vez que pensé en serio en ella fue de regreso de la cascada de Chuvejé, en la Sierra Queretana. Íbamos bajando la montaña, ya cerca de Bernal, cuando empezó a contarme de su experiencia sirviendo en conferencias para matrimonios y de cómo entendía el llamado a pastorear. Me dijo que ese llamado no le daba miedo. Ese día comencé a preguntarme si debía pretenderla.
Pero el momento en que supe que era ella llegó después. Todavía recuerdo aquel sábado 16 de agosto. Era nuestra primera cita a solas, y yo iba emocionado y expectante a la vez. Fuimos a un restaurante de comida oaxaqueña y el tiempo se nos fue volando. De regreso al estacionamiento, caminando, me dijo tres cosas que me marcaron el corazón para siempre. La primera, que desde que conoció a Cristo no había salido a solas con ningún hombre. La segunda fue una pregunta: si salir con ella no sería piedra de tropiezo para mi vida y mi ministerio. Y la tercera, que en esos meses de conversaciones y de salidas en grupo o con sus hijos, yo había sumado a su vida, y que a ella le gustaría sumar a la mía.
Ahí lo supe. Era ella.
Desde entonces he conocido a una mujer valiente e íntegra, con un corazón dispuesto a servir, firme en sus convicciones y sensible a la voz de Dios. Su fe me inspira. Su ternura me desarma.
Pero hay algo que quiero decirle delante de todos.
Karla, amor mío, no te amo solamente por la mujer extraordinaria que eres. Te amo porque eres tú.
Amo tu sonrisa, tus ojos y esa manera tuya de mirarme. Amo tu risa, tus ocurrencias y que te rías de mis chistes aunque no siempre lo merezcan. Amo cómo me abrazas. Amo tu inteligencia, tus convicciones y hasta esas pequeñas manías que te hacen única.
Amo a la mujer que sonríe cuando todo está bien, y también a la que llega cansada después de un día difícil. A la que enfrenta la vida con valentía, y a la que necesita guardar silencio, descansar o simplemente sentirse acompañada.
Así que escúchame bien, amor: conmigo no tienes que ser fuerte todo el tiempo. No tienes que tener todas las respuestas ni resolverlo todo sola. Lo que te pese, compártemelo. No me cargas; me honras cuando me lo confías. No necesito una versión perfecta de ti. Quiero a la mujer real, maravillosa y profundamente humana que eres.
Hace año y medio, Dios permitió que dos historias se encontraran. No éramos dos personas sin pasado, sino dos vidas que conocían de cerca la fragilidad humana y la fidelidad de Dios. Ahora estamos por comenzar algo nuevo. Ya no solamente tú y yo, sino nosotros. Nuestra familia. La familia Lecuona.
Hay un texto de Pablo que dice buena parte de lo que siento:
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén» (Ef 3:20-21).
Pablo no escribió esas palabras pensando en una boda. Las escribió como doxología, como un estallido de alabanza al Dios cuyo poder rebasa todo lo que alcanzamos a entender. Por eso mismo las hago mías: cuando miro lo que Él ha hecho en mi vida, lo único que me sale es adorar.
Karla, tú eres mi Efesios 3:20.
Eres muchísimo más de lo que pedí, de lo que imaginé y de lo que alguna vez soñé. No porque seas perfecta ni porque nuestra historia esté libre de desafíos, sino porque en ti he visto la bondad de Dios de cerca, con nombre y con rostro.
Hace unos días me regalaste un reloj como respuesta al anillo. Desde entonces aprendo a contar los días de otra manera. Hoy faltan 22.
Y lo que más me emociona no es la boda, sino lo que viene después. Nuestras mañanas, nuestras conversaciones, nuestras oraciones, las cosas sencillas. Tomarte de la mano sin tener que despedirnos al final del día. Despertar y encontrarte a mi lado. Prepararte un té, escucharte contar cómo te fue, hacerte reír, abrazarte cuando llegues cansada y besarte nada más porque me sigues haciendo perder la cabeza.
Quiero ser testigo de tus alegrías y compañero en tus luchas. Quiero que a mi lado te sientas amada, escuchada, cuidada y segura. Y quiero que, cuando pasen los años, todavía pueda mirarte con esta mezcla de admiración, ternura y emoción y decirle a Dios: «Señor, qué privilegio me diste al dejarme amar a esta mujer».
Valió la pena esperar. No porque cada lágrima o cada herida haya sido necesaria para llegar aquí, sino porque ninguna tuvo la última palabra sobre mi historia.
La última palabra la tuvo la gracia de Dios.
Karla, corazón hermoso, no te prometo una vida perfecta. Te prometo un corazón dispuesto a aprender a amarte mejor cada día. Te prometo buscar al Señor contigo, escucharte, respetarte, cuidarte y quedarme a tu lado en cada temporada que nos toque vivir. No quiero ser solamente el hombre con quien te cases. Quiero ser el hombre con quien, después de muchos años, sigas disfrutando compartir la vida.
Que nunca tengas que preguntarte si eres amada, deseada, admirada o elegida. Te elijo a ti, con tu historia, tus sueños, tu fortaleza y tu ternura. Te elijo completa. Y mañana te vuelvo a elegir.
Señor, hiciste muchísimo más de lo que te pedí. Todo lo bueno que hay en nuestra historia viene de Tu gracia. A Ti, y solamente a Ti, sea toda la gloria.
Y a ti, Karla, gracias por elegirme. Gracias por abrirme tu corazón y por querer construir una vida a mi lado.
Después de tantos años he entendido algo: no solamente me voy a casar. Me voy a casar contigo. Y eso lo hace extraordinario.
Te amo de pies a cabeza, con todo lo que eres y con todo lo que somos juntos. Y si hoy pudiera pedir algo, sería tenerte cerquita, envolverte en mis brazos, besarte la frente y decirte al oído:
«Eres tú, amor. Siempre quise que fueras tú, aunque todavía no sabía que existías». ❤️💍



