La Arquitectura Interior
Cuando la mente y el afecto se alinean
Referencia principal: Romanos 12:2; Colosenses 3:2 (NBLA)
Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.
⎯Colosenses 3:2
Si la oración de Salomón en Gabaón nos reveló que existe una forma de pedir que es «del agrado del Señor», la pregunta inmediata que surge en el alma inquieta es: ¿Cómo llego ahí? No se trata de aprender una técnica de oratoria sagrada ni de memorizar fórmulas litúrgicas para manipular el cielo. Se trata de una cuestión de origen. El agua que brota de una fuente amarga no puede ser dulce. De la misma manera, las peticiones que nacen de un ser interior no redimido rara vez se alinean con el corazón de Dios. Para que mis labios pidan lo que a Él le place, primero debe ocurrir una revolución silenciosa en la sala de máquinas de mi existencia.
Al examinar las Escrituras y la experiencia humana, nos topamos con dos engranajes maestros que requieren ser recalibrados si queremos que nuestra vida de oración madure: nuestra mente y nuestros afectos.
El primer territorio que debe ser conquistado es la mente. A menudo, cometemos el error de pensar que la fe es una cuestión puramente emocional, divorciada del intelecto. Pero el apóstol Pablo, con la precisión de un cirujano del alma, nos advierte: «Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente» (Romanos 12:2). La palabra clave aquí es adaptación. Sin darnos cuenta, nuestra forma de pensar —nuestra lógica, nuestros cálculos de riesgo, nuestra visión del éxito— ha sido moldeada por el molde del siglo presente. Pensamos desde la escasez, desde la autodefensa o desde el cinismo.
Cuando oramos con una mente adaptada al mundo, nuestras peticiones son pequeñas, egoístas y ansiosas. Pedimos sobrevivir en lugar de pedir que el Reino avance. Por eso, el cambio de mentalidad (metanoia, como lo llamaban los primeros cristianos) no es simplemente aprender nuevos datos teológicos; es cambiar la estructura misma de cómo procesamos la realidad. Es empezar a pensar los pensamientos de Dios después de Él. Es permitir que la Verdad de las Escrituras limpie los lentes con los que miramos la vida. Cuando nuestra mente es renovada, dejamos de ver a Dios como un recurso para nuestros planes y empezamos a ver nuestros planes como una ofrenda para Su propósito. Entonces, vomprobar «cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto.» deja de ser un misterio y se convierte en un instinto.
Pero la mente no opera en el vacío; está intrínsecamente conectada a nuestro segundo motor interno: los afectos. La pregunta crucial aquí no es solo qué pienso, sino ¿hacia dónde está inclinado mi corazón?
Somos, en esencia, seres que aman. La tradición agustiniana nos ha enseñado que nuestros pies caminan hacia lo que nuestro corazón ama. Si nuestros afectos están desordenados —si amamos la comodidad más que la santidad, o la aprobación humana más que la presencia divina—, nuestras oraciones serán inevitablemente defectuosas. No podemos pedir honestamente aquello que no deseamos. Por eso la instrucción paulina es tan necesaria como radical: «Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2).
Este “poner la mira” habla de una reorientación del deseo. En la teología del Reino, entendemos que el “ya pero todavía no” nos invita a anclar nuestros amores en una realidad superior. Cambiar los afectos es quizás la tarea más ardua del discipulado. No se logra por pura fuerza de voluntad; uno no puede obligarse a amar algo que no le atrae. El afecto se transforma por exposición. Así como adquirimos el gusto por la belleza contemplándola, adquirimos el gusto por Dios estando con Él.
Es en la intimidad del lugar secreto donde el Espíritu Santo realiza este trasplante de corazón. Al experimentar el amor del Padre, nuestros “gustos” espirituales cambian. Lo que antes nos parecía irresistible —el aplauso, el poder, el placer efímero— comienza a perder su brillo ante la majestad de Cristo. Nuestro corazón empieza a inclinarse magnéticamente hacia lo que a Él le agrada. Empezamos a amar la justicia, a deleitarnos en la misericordia y a anhelar la sabiduría.
Cuando estos dos ejes se alinean —una mente que piensa con la lógica del cielo y unos afectos que aman al Rey del cielo—, la oración deja de ser un esfuerzo. Se vuelve la respiración natural del alma. Ya no tenemos que luchar para filtrar nuestras peticiones; lo que brota de nosotros es agradable al Señor porque nosotros mismos estamos siendo transformados en Su imagen.
El camino hacia una oración poderosa no comienza con una lista de peticiones en la mano, sino con una rendición en el altar. Es invitar al Espíritu a que reconfigure cómo pensamos y hacia dónde se dirige nuestro amor. Es decirle:
“Señor, antes de darte mis peticiones, te entrego la fuente de ellas. Haz que mi mente piense Tu verdad y que mi corazón ame Tu voluntad”.
Solo entonces, estaremos listos para pedir cualquier cosa, sabiendo que nuestro deseo es, en sí mismo, un reflejo del Suyo.



