Las Manos que Reciben la Gloria
Cantamos «recibe» sin pensarlo. Pero el que recibe nuestra alabanza es el mismo que recibió los clavos — y eso lo cambia todo.
Estaba escuchando una canción esta mañana —una de esas que uno ha cantado tantas veces que ya casi no la escucha— y un verbo me detuvo en seco. La canción le pide al Hijo de Dios que reciba. Que reciba la gloria. Que reciba la honra. No dice que la tiene, aunque la tiene. No dice que la merece, aunque la merece. Le pide que la reciba, hoy. Y yo, que he cantado esa palabra mil veces con los ojos cerrados, me di cuenta de que nunca la había escuchado con los ojos abiertos.
Porque pensándolo bien, el verbo es un escándalo. ¿Qué puede recibir Aquel que lo posee todo? Pablo se lo dijo a los atenienses sin anestesia: el Dios que hizo el mundo «ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas.» (Hechos 17:25). Dios no tiene carencias que mi adoración venga a llenar. No hay un déficit de gloria en el cielo esperando que yo llegue el domingo a completarlo. No existe un Dios ansioso revisando cuánta honra le llegó esta semana, como quien revisa las estadísticas de su canal. Pedirle a Dios que reciba gloria suena, a primera vista, como ofrecerle agua al océano. Como llevarle una vela al sol. Él da; nosotros recibimos. Ese es el orden del universo desde el primer versículo de la Biblia. Entonces, ¿qué estamos haciendo cuando cantamos «recibe»?
Israel ya se había hecho esta pregunta, y la respondió con una honestidad que todavía me desarma. Cuando David reunió la ofrenda para el templo —oro, plata, bronce, piedras preciosas, la generosidad desbordada de todo un pueblo—, no se felicitó por la colecta. Levantó los ojos y oró: «Pero ¿quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecer tan generosamente todo esto? Porque de Ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de Tu mano te damos.» (1 Crónicas 29:14). Ahí está la gramática completa de la adoración en una sola frase: de lo recibido de Tu mano te damos. Nada de lo que le ofrezco a Dios se originó en mí. La voz con la que le canto, me la dio Él. El aliento que sostiene la nota, me lo está dando Él en este instante. El corazón que se conmueve, Él lo formó en el vientre de mi madre. Adorar no es donarle algo a Dios; es devolverle algo. Es el río regresando al mar del que salió. Es la cosecha reconociendo a la lluvia.
Y sin embargo —y aquí es donde tuve que dejar el café y quedarme quieto— el verbo recibir no lo inventó el compositor de la canción. Lo inventó el cielo. Cuando Juan es llevado en el Espíritu al salón del trono, escucha a miríadas de miríadas de ángeles decir a gran voz: «El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5:12). Fíjate bien: la liturgia del cielo no dice «el Cordero tiene la gloria». Dice que es digno de recibirla. El mismo verbo de la canción. La misma dirección. Como si en el corazón de la adoración eterna hubiera un movimiento, una entrega, algo que va de la criatura hacia el Creador —no porque a Él le falte, sino porque a nosotros nos sobra deuda.
Los teólogos tienen una distinción hermosa para esto, y vale la pena traerla a la mesa aunque venga con nombre técnico. Hay una gloria que Dios es —Su peso, Su hermosura, Su ser incomparable— y esa nadie se la da ni se la quita; existía antes de las estrellas y existirá cuando las estrellas se apaguen. Pero hay otra gloria que Dios recibe: el reconocimiento, la declaración, el momento en que una criatura mira a su Creador y dice la verdad sobre Él en voz alta. Por eso los salmos no dicen «fabriquen gloria para el Señor», sino «Den al Señor la gloria debida a Su nombre» (Salmo 96:8). Debida. Como una deuda. Como algo que ya le pertenece y que la creación entera lleva siglos reteniendo. La primera gloria no crece cuando adoro ni disminuye cuando me distraigo. Pero la segunda es precisamente para lo que fui hecho. Cuando canto «recibe la gloria», no estoy llenando un vacío en Dios. Estoy llenando el vacío en mí que solo se llena diciéndole la verdad.
Y esto distingue la adoración de todo lo demás que hacemos con las palabras. Entre nosotros, la alabanza casi siempre es una transacción. Elogiamos para caer bien, para suavizar una petición, para quedar bien parados. Hasta nuestros cumplidos más sinceros llevan un anzuelo escondido. Pero a Dios no se le puede adular. No hay nada que sacarle con halagos, porque ya lo dio todo antes de que abriéramos la boca. La adoración es, quizá, el único uso completamente limpio del lenguaje humano: palabras que no negocian nada, que no manipulan nada, que no esperan comisión. Palabras que simplemente dicen lo que es. Por eso adorar descansa tanto. Es el único momento del día en que mi boca no está trabajando para mí.
Pero la canción dice algo más, y es lo que terminó de doblarme. No le canta a Dios en abstracto. Le canta al Hijo. Y la biografía terrenal del Hijo es, de principio a fin, una biografía de recibir. Recibió un cuerpo —«Pero un cuerpo has preparado para Mí» (Hebreos 10:5)—. Recibió un nombre que otro escogió. Recibió leche de una muchacha de Nazaret y carpintería de un hombre justo. Recibió el bautismo de manos de un profeta que se sentía indigno de desatarle las sandalias. Recibió hospitalidad de casas prestadas, una barca prestada para predicar, un pollino prestado para entrar a Jerusalén, una tumba prestada para morir. Recibió las lágrimas de una mujer sobre Sus pies, el beso de un traidor sobre Su mejilla, los clavos de un imperio sobre Sus manos. El que no necesitaba nada se ubicó, por amor, en el único lugar del universo donde se puede recibir de todo: un cuerpo humano en medio de nosotros. Y nosotros le dimos de todo. Le dimos lo mejor que teníamos y le dimos lo peor que éramos. La Encarnación fue eso: el Dios que solo da eligiendo una dirección donde también se puede recibir —incluso recibir una cruz.
Por eso me estremece el detalle que Juan registra en el salón del trono: el Cordero está de pie «como inmolado» (Apocalipsis 5:6). Resucitado, exaltado, rodeado de millones de millones de voces —y todavía con las marcas. El cielo no le borró las cicatrices; las glorificó. Lo cual significa que las manos que hoy se extienden para recibir nuestra gloria son manos traspasadas. El Hijo recibe la alabanza con las mismas manos con las que recibió los clavos. Cuando le cantamos «recibe hoy», no le estamos hablando a una deidad lejana que colecciona homenajes desde una distancia segura. Le estamos hablando a Alguien que ya sabe lo que es recibir de nosotros. Que recibió lo peor que teníamos y respondió con lo mejor que tenía. Darle gloria a esas manos no es un protocolo religioso. Es justicia. Es, por fin, darle a esas manos lo que siempre debieron recibir.
Y el Padre está de acuerdo. Esto también me tomó por sorpresa la primera vez que lo vi de frente: honrar al Hijo no es una devoción opcional para los creyentes más fervientes; es el deseo explícito del Padre. Jesús mismo lo dijo: el Padre ha entregado todo juicio al Hijo «para que todos honren al Hijo así como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.» (Juan 5:23). El Padre no compite con el Hijo por la gloria; la dirige hacia Él. Por eso «Dios también lo exaltóhasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra» (Filipenses 2:9–10). Toda rodilla. La mía incluida. La tuya incluida. La pregunta nunca fue si mis rodillas se doblarán ante Él. La pregunta es cuándo: si ahora, por amor, en la sala de mi casa con la canción sonando; o después, cuando ya no quede otra postura posible. Doblarse hoy es un privilegio. Doblarse al final será simplemente la verdad alcanzándonos a todos.
Y hay una palabra en la canción que resuelve esa pregunta con una ternura que casi duele: hoy. No mañana, cuando esté más ordenado por dentro. No el domingo, cuando haya banda y luces y la fe de otros me empuje. Hoy. La adoración de hoy es un anticipo desobediente del futuro: es colarse en la liturgia de Apocalipsis 5 antes de tiempo, unir mi voz cansada de esta tarde con las miríadas que no han dejado de cantar. Cada vez que un creyente adora en un martes cualquiera —en el tráfico, lavando trastes, con el teléfono en la mano y los audífonos puestos— el cielo y la tierra se tocan por un momento. La eternidad se cuela por la rendija de un «hoy».
Y aquí viene lo que menos esperaba encontrar cuando empecé a tirar del hilo de este verbo: adorar al Hijo no lo transforma a Él, pero me transforma a mí. Pablo lo describe con una imagen que parece de espejo: «contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.» (2 Corintios 3:18). Uno se va pareciendo a lo que adora. El que adora el dinero se va volviendo calculadora. El que adora su imagen se va volviendo vitrina. Pero el que adora al Cordero se va volviendo, despacio y sin darse cuenta, un poco más manso, un poco más entregado, un poco más capaz de recibir a otros con las manos abiertas. Le doy gloria a Él, y Él —que no necesitaba nada de esa gloria— la usa para devolverme algo: Su semejanza. Hasta en la adoración, el que termina recibiendo más soy yo. Con Dios siempre es así. Uno nunca logra darle algo sin que Él encuentre la manera de dar más.
Así que esto es lo que hice, y te lo cuento no como pastor sino como testigo: pausé la canción, me levanté de la silla y me arrodillé en el piso de mi estudio. No porque sintiera algo espectacular. Sino porque entendí que mi cuerpo llevaba rato debiéndole esa verdad a mis labios. Las rodillas dobladas dicen lo que la boca canta. Las manos alzadas son la postura de quien devuelve, no de quien exige. Y el rostro en el suelo es, quizá, la frase más honesta que un cuerpo humano puede pronunciar delante del Cordero inmolado que vive.
Si estás leyendo esto en tu casa, en tu escritorio, en la fila del banco con el teléfono en la mano, no necesitas esperar a nada. Él está recibiendo hoy. Las manos traspasadas están abiertas hoy. Dobla las rodillas si puedes; dóblalas por dentro si no puedes. Alza las manos, aunque sea solo en el corazón. Y dile la verdad más antigua y más nueva del universo:
Recibe, Señor Jesús, lo que siempre fue Tuyo.



