Durante muchos años hablé del matrimonio desde afuera. Lo hice con convicción y, espero, con fidelidad al texto. He acompañado a parejas en su preparación, he escuchado a matrimonios en crisis, he predicado sobre el pacto, la sumisión mutua y el amor que se entrega. Pero siempre lo hice como quien describe una casa desde la banqueta. Ahora estoy a punto de entrar. Y descubro que la casa se ve distinta desde la puerta.
Hay un versículo que he leído cientos de veces y que en estos meses se me volvió nuevo. La Nueva Traducción Viviente lo dice así: «Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida» (Prov. 4:23). Siempre lo entendí como una advertencia. Hoy lo leo también como una descripción. El corazón determina el rumbo. Lo que guardo en él decide hacia dónde camino. Y desde que camino con Karla hacia el matrimonio, mi corazón cambió de rumbo.
Lo noto, primero, en el presente. Siempre he sido un hombre de muchas cosas: una iglesia que plantar, una librería que sostener, un blog, un podcast, un canal. Mi agenda era un territorio que yo administraba solo. Ahora tiene otro nombre escrito en ella. No como un compromiso más entre muchos, sino como el lugar desde el que se ordenan todos los demás. Mi matrimonio en proceso me obliga a preguntarme algo que en la soltería podía postergar: ¿qué de todo lo que hago brota de un corazón guardado, y qué es solo la inercia de un hombre ocupado?
No siempre me gusta la respuesta. He descubierto que mi prisa, que muchas veces llamé celo, a veces es solo prisa. Que mi manera de querer resolverlo todo esa misma noche, que siempre llamé honestidad, a veces es incapacidad para sostener una pausa. Estoy aprendiendo que hay pausas que no son huidas. Que se puede decir «hablemos mañana» sin dejar las cosas pendientes, siempre que el mañana llegue. Cada día tiene su propio afán, dijo Jesús, y estoy aprendiendo a no cargarle al día de hoy el afán de todos los demás.
Lo noto también en la manera de mirar. La misma traducción dice, dos versículos después: «Mira hacia adelante y fija los ojos en lo que está frente a ti». Durante años pensé que mirar hacia adelante era planear: la siguiente serie, el siguiente proyecto, la siguiente etapa de la iglesia. Hoy mirar hacia adelante incluye algo que no había considerado: a la persona que tengo enfrente. Fijar los ojos en lo que está frente a mí, a veces, es dejar el teléfono boca abajo y escuchar a Karla. Es aprender que la mujer con la que voy a casarme no es un proyecto que resolver, sino un misterio que conocer, y que nunca terminaré de conocerla.
Y lo noto, sobre todo, en mi visión del futuro. Hay un cambio de cosmovisión que no esperaba. Siempre creí, en teoría, que el matrimonio es un pacto y no un contrato, que es una sola carne y no una sociedad, que apunta a Cristo y a Su iglesia. Lo enseñé así. Pero creer algo en teoría y empezar a ordenar la vida a su alrededor son experiencias distintas. Hoy me descubro pensando en «nosotros» aun cuando estoy solo: cuando decido qué hacer con un sábado, con un ingreso, con una invitación. Ya no soy un individuo con una agenda. Estoy por convertirme en parte de una unidad.
Eso cambia lo que entiendo por ser pastor. La carta a Timoteo pide que quien cuida de la iglesia de Dios sepa primero gobernar bien su propia casa (1 Ti 3:4-5). Siempre leí ese texto como un requisito. Hoy lo leo como un orden de prioridades. Mi primera congregación, después de la boda, será una casa de dos. Si no aprendo ahí a amar como Cristo amó, todo lo que diga desde el púlpito sonará hueco. Pablo les pide a los esposos que amen a sus esposas como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella (Ef 5:25). El verbo central no es mandar. Es entregarse.
Cambia también lo que entiendo por futuro. En una cultura donde casi todo es desechable, prometer fidelidad para toda la vida es un acto casi contracultural. Desechamos los teléfonos, los trabajos y las relaciones. Prometo no porque sea capaz de cumplirlo por mí mismo, sino porque sirvo a un Dios que cumple Sus promesas. Mi esperanza como futuro esposo no está en mi constancia, que conozco demasiado bien. Está en Su fidelidad, que conozco todavía mejor.
Y cambia, por último, lo que entiendo por el final. Jesús dijo que en la resurrección no habrá matrimonio. Antes esa frase me parecía una nota al pie. Hoy me parece una brújula. Mi matrimonio no será el cielo; será una señal en el camino hacia el cielo. Eso le quita un peso enorme a la mujer que amo: no tiene que ser mi salvación. Y me da una tarea enorme a mí: que nuestra casa, con sus días buenos y sus días difíciles, anuncie a Aquel que viene.
Hay un rito muy antiguo que me conmueve cada vez que lo imagino. Hacia el final de la ceremonia, el ministro toma de la mano a los recién casados y los lleva tres veces alrededor de una mesa donde descansan el Evangelio y la cruz. Son sus primeros pasos como esposos, y no los dan solos ni hacia donde a ellos se les ocurre. Los dan siguiendo a alguien, alrededor de la Palabra, detrás de Cristo. Así quiero dar los míos.
No sé todo lo que el matrimonio me va a enseñar. Sospecho que casi todo. Pero ya sé esto: el corazón determina el rumbo, y el mío está aprendiendo a mirar en otra dirección. Más allá de mí. Hacia ella. Y, a través de ella y con ella, hacia Cristo.
Ahora te lo pregunto a ti, estés casado, comprometido o solo: si alguien mirara tu agenda, tus palabras y hacia dónde se van tus ojos, ¿qué diría que está guardando tu corazón? ¿Y hacia dónde te está llevando?
Señor, Tú conoces el corazón que estoy por entregar, con todo lo que tiene de luz y de sombra. Guárdalo Tú, endereza su rumbo y haz de mí un esposo que se parezca a Tu Hijo. Amén.



