Lo Que se Lleva la Savia
Cuando lo bueno empieza a robarle lo mejor a quien amas · Serie “Amar Con Orden” · Parte 1 de 4
En las últimas semanas he estado predicando sobre Juan 15. Y cuando llegué a la parte en la que Jesús nos pide amarnos unos a otros, me hice una pregunta que no pude dejar pasar: ¿estoy amando bien a mi novia? No la hice mirando hacia afuera, como quien busca corregir primero a alguien más. La hice con cierto temor, porque nació de mirar hacia adentro, hacia esas zonas del corazón donde uno aprende a justificarse con mucha facilidad. Y entonces la pregunta se volvió más incómoda: ¿qué amistades, qué cercanías, qué rutinas, qué lealtades, qué hábitos tengo que reordenar o dejar para poder amar bien a la persona que Dios puso a mi lado?
No me hice esa pregunta desde la sospecha, sino desde el discipulado. Juan 15 no me permite hablar del amor como una emoción bonita mientras dejo mis afectos sin rendir delante de Cristo. Jesús no separa el amor de la obediencia cuando dice: “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” (Juan 15:10, NVI). Si Él me llama a amar, también me está llamando a revisar la forma en que administro mi presencia, mi atención, mis conversaciones, mis lealtades y mis cercanías. Porque uno puede no estar haciendo nada escandaloso y, aun así, estar amando a medias. Puede no haber traición visible y, sin embargo, haber un corazón repartido en pequeñas fidelidades que nadie nota, pero que poco a poco van dejando sin savia aquello que Dios le pidió cuidar.
Lo digo en primera persona a propósito. Escribo esto para rendir mi propio corazón a la verdad y los principios bíblicos. La Escritura no me manda primero a controlar el mundo interior de alguien más, sino a guardar el mío: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.” (Proverbios 4:23, NVI). Ese versículo no habla de un corazón encerrado, frío o temeroso, sino de un corazón vigilado delante de Dios, porque de ahí brota la vida, y también de ahí pueden brotar nuestros desórdenes. Por eso sé que esta pregunta no es solo mía. Tarde o temprano, toda pareja que quiere caminar en serio —él y ella por igual— tiene que sentarse delante de Dios con una pregunta parecida, sin prisa, sin miedo y sin escaparse. Y cuando digo pareja, lo digo en grande: los novios que caminan hacia el altar y los matrimonios que llevan años construyendo una vida juntos. El noviazgo serio necesita echar bien los cimientos; el matrimonio necesita cuidar lo que ya se construyó.
Quiero ser honesto sobre el lugar desde donde escribo: soy joven, soltero, en una relación de noviazgo serio y formal —lo que me gusta llamar un matrimonio en proceso—, así que mi mirada se centra ahí, en aprender a amar bien a la persona con quien camino hacia el altar. Pero si tú me lees desde otro lugar, no te quedes afuera. Lo que para mí hoy es el noviazgo, para ti puede ser el matrimonio, el trabajo, la familia, la relación con tu papá o tu mamá, incluso tus hijos. Los principios que iré proponiendo en estas entregas no son solo para parejas: sirven para cualquier amor que Dios te haya dado a cuidar y que la vida, sin que lo notes, puede ir dejando sin savia.
Lo difícil no aparece cuando la respuesta es obvia. Si una relación es claramente pecaminosa, ya sabemos qué hacer. La zona difícil es otra: esa amistad, esa rutina, esa lealtad, ese espacio que defendemos con frases que todos conocemos: “no tiene nada de malo”, “no le veo nada de malo a…”, “la conozco de toda la vida”, “me relaja”, “me ayuda a desconectarme”, “estuvo conmigo cuando nadie más estuvo”, “solo es trabajo”, “solo es un hobby”, “solo son mis amigos”. Y muchas veces esas frases son ciertas. Eso es precisamente lo que vuelve todo más delicado. Porque no todo lo que compite con el amor parece enemigo del amor. Pablo lo dice con una claridad que incomoda: “«Todo está permitido», pero no todo es provechoso. «Todo está permitido», pero no todo es constructivo.” (1 Corintios 10:23, NVI). La madurez cristiana empieza cuando dejo de preguntar solamente qué tengo derecho a conservar y empiezo a preguntar qué está edificando realmente el amor que Dios me llamó a cuidar.
Jesús nos da una imagen que ayuda a pensar en esto, y es de jardinero. Dice: “»Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que en mí no da fruto la corta; pero toda rama que da fruto la poda para que dé más fruto todavía.” (Juan 15:1–2, NVI). Esa última parte me detuvo la primera vez que la leí de verdad. El Padre no poda solamente lo seco, lo muerto o lo enfermo. También poda lo que está vivo. Recorta lo que ya da fruto, no porque sea malo, sino porque puede dar más.
Quien haya visto podar una vid lo entiende en el cuerpo. En invierno, el que sabe corta la planta hasta dejarla casi como un tronco desnudo, mucho más de lo que parecería razonable. Alguien que no entendiera pensaría que la está matando. Pero ese corte aparentemente brutal es la razón de que, en verano, la rama venga cargada de uvas. La planta no puede sostenerlo todo a la vez. Librada a sí misma, gasta fuerza en hojas, ramas y extensiones que se van por todos lados. El jardinero corta lo bueno para abrir espacio al fruto que está por venir.
Eso reordena toda la pregunta. Casi siempre planteamos nuestros afectos en términos de pecado: ¿esto es malo o no es malo? Es una pregunta legítima, y a veces necesaria. Pero la poda nos enseña otra categoría que casi nunca usamos. No todo lo que el Jardinero corta es pecado. A veces corta desorden. A veces corta algo bueno que está absorbiendo una savia que debía alimentar algo más importante. La rama que el Padre poda no estaba muerta; estaba viva. Solo crecía hacia donde no debía, y por eso le quitaba fuerza al resto. Y aunque la poda duela, la Escritura nos recuerda que Dios no hiere por capricho: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.” (Hebreos 12:11, NVI). Hay cortes que al principio parecen pérdida, pero con el tiempo revelan fruto.
Por eso el “no tiene nada de malo” puede ser cierto y, aun así, quedarse corto. Hay cosas en mi vida que no son pecado y que, sin embargo, se llevaron un lugar, un tiempo, una atención o una energía que le pertenecían a otra cosa. No necesito acusarlas de malas para reconocer que están de más donde están. Esa es la libertad incómoda que regala la poda: deja de obligarme a demostrar que algo es pecaminoso para poder soltarlo. Basta con reconocer que está tomando la savia que debía ir a otro lugar.
Y cuando hablo de savia, no hablo solo de tiempo en la agenda. Hablo de presencia interior. De la atención con la que escucho. De la ternura con la que respondo. De la energía con la que busco. De la memoria con la que cuido. De la disponibilidad con la que permanezco. La savia del corazón no es infinita. Lo que alimento en un lugar necesariamente deja de alimentar otro. Por eso el salmista ora: “Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría.” (Salmo 90:12, NVI). Contar los días no es solo saber que la vida es breve; es aprender a vivir con sabiduría lo que hacemos con nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro amor.
El Cantar de los Cantares pone una imagen parecida, preciosa justo porque es pequeña: “Atrapen a las zorras, a esas zorras pequeñas que arruinan nuestros viñedos, nuestros viñedos en flor.” (Cantares 2:15, NVI). Las zorras son pequeñas. No son el lobo que todos corren a espantar; son el animalito que uno deja pasar porque parece inofensivo. Y la viña está en flor: tierna, joven, en esa etapa delicada donde el fruto apenas empieza a formarse.
Así son muchas de las cosas que descuidan, minan y afectan una relación: no parecen una amenaza, y por eso mismo entran sin que pongamos atención. A veces la zorra no tiene rostro de persona, sino de rutina. A veces es el trabajo, que sin que lo notemos se va comiendo las tardes, hasta que la pareja recibe nada más lo que sobra del día: el cansancio, la distracción, el “ajá” sin levantar la vista. A veces es un grupo de amigos —o un grupo de chat— que siempre tiene la primera respuesta, la mejor energía, la risa más rápida, mientras a quien tenemos al lado le contestamos a medias. A veces es un pasatiempo que va creciendo hasta volverse el centro de la semana. A veces es la pantalla, que nos tiene cerca fisicamente, uno al lado del otro, y lejos de corazón.
Y esto se vuelve especialmente delicado en el matrimonio, aunque también empieza a verse desde el noviazgo. Hay momentos en que una persona no está huyendo hacia alguien, sino hacia algo. No siempre es una amistad del sexo opuesto, ni una relación ambigua, ni una tentación evidente. A veces es el trabajo, donde uno se siente competente, necesario y reconocido. A veces es un grupo de amigos donde la risa parece más fácil que la conversación pendiente en casa. A veces es un hobby que no reclama nada, no pide vulnerabilidad, no confronta heridas y no exige arrepentimiento. A veces es el ministerio, incluso, usado sin querer como una forma espiritual de estar ausente. Y a veces es simplemente el cansancio convertido en rutina: dos personas viviendo bajo el mismo techo, pero alimentando el corazón en lugares distintos.
El peligro no siempre está en que aquello sea malo. El peligro está en que empiece a gustarme más estar allí que estar con la persona que prometí amar, o con la persona con quien estoy caminando hacia esa promesa. Cuando una amistad, un pasatiempo, un proyecto o el trabajo mismo se vuelve el lugar donde me siento más vivo, más entendido, más libre o más deseado que en mi propia relación, no basta decir: “no tiene nada de malo”. La pregunta ya no es solo si eso es legítimo. La pregunta es qué está revelando sobre mi corazón y qué está dejando sin alimento en la viña.
Imagínate una escena común. Una cena. Una llamada. Una tarde libre. Uno con el teléfono en la mano, el otro hablando a medias, y la atención de verdad ya gastada en otro lado: en la oficina, en el chat, en los amigos, en la pantalla, en el pendiente que parece más urgente. Quien tenemos enfrente recibe las sobras: el cansancio, la prisa, la distracción. Nadie hizo nada malo. Nadie cruzó una línea escandalosa. Y, aun así, la viña perdió un poco de terreno esa noche.
La otra persona quizá no reclama al principio. Solo se va quedando más callada. Aprende a resumir lo que quería contar. Aprende a no interrumpir. Aprende a pedir menos. Aprende a sentir que tal vez está exagerando. Y un día los dos siguen juntos, pero algo de la viña perdió perfume. Muchas relaciones no se enfrían por una gran traición, sino por una administración descuidada de la presencia. Por eso Pablo nos llama a vivir con atención: “Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos.” (Efesios 5:15–16, NVI). La sabiduría no solo se ve en las grandes decisiones; también se ve en cómo usamos los momentos pequeños que, acumulados, terminan formando una vida.
La pregunta no es solo si algo es pecado. La pregunta es si algo está recibiendo de mí lo que debería estar recibiendo la persona que Dios puso a mi lado. Esa pregunta no acusa a nadie; solo alumbra. Y vale para los dos por igual, cada uno mirando su propia viña, no la del otro.
Hasta aquí hemos nombrado lo que compite. Pero queda una pregunta más delicada: ¿qué pasa cuando lo que compite no es una pantalla, un trabajo o un hobby, sino una amistad que sí importó, que sí estuvo, que sí sostuvo, que quizá nunca fue pecaminosa ni romántica, pero que llegó a tener acceso a una parte del corazón que ahora necesita ser guardada de otra manera? ¿Cómo se distingue entre honrar una amistad y darle un lugar que ya no le corresponde?
Esa es la pregunta que viene después. Porque no toda amistad debe terminar, pero toda amistad necesita saber dónde sentarse.
Señor, Jardinero de mi vida, antes de defender lo que no quiero mirar, dame el valor de reconocer qué se está llevando la savia que le toca a quien amo. No me dejes esconderme detrás del “no tiene nada de malo”. Enséñame a amar sin controlar, a cuidar sin poseer, a rendir mis afectos sin miedo y a ordenar mi corazón delante de ti. Empieza por mí. Amén.



