Permanecer para Amar
La voz que me encuentra en el espejo y me enseña a volver a amar
Hay hábitos que uno aprende antes de comprender. Gestos que adopta porque forman parte del paisaje espiritual en el que creció. Cosas que uno hace durante años sin detenerse a preguntarse por qué las hace realmente. Para mí, por mucho tiempo, la lectura de la Biblia fue una de esas cosas.
Hoy una de las cosas que más amo es pasar tiempo en la Palabra de Dios. Lo amo profundamente. Lo espero. Lo disfruto. Lo necesito. Hay días donde abrir las Escrituras se siente como abrir una ventana después de muchas horas en una habitación cerrada. Se siente como aire fresco entrando a lugares donde uno ni siquiera sabía que estaba dejando de respirar. Hay mañanas donde una porción bíblica llega con la ternura de una mano sobre el hombro. Otras veces llega como una luz encendida en un cuarto que uno llevaba demasiado tiempo evitando mirar. Hoy puedo decir con sinceridad que amo ese tiempo. Lo amo porque ahí encuentro algo que no encuentro en ningún otro lugar.
Pero no siempre fue así.
Crecí creyendo que leer la Biblia era parte del paquete cristiano. Era una expectativa. Una obligación espiritual. Algo que se suponía que un creyente debía hacer porque eso hacen los cristianos. Porque eso enseñaban los líderes. Porque eso escuchaba desde el púlpito domingo tras domingo. Leer la Biblia era correcto. Era importante. Era necesario. Y todo eso era cierto. El problema es que, en algún momento, dejó de ser encuentro y comenzó a sentirse sistema. Sin darme cuenta, la Palabra pasó a convertirse en una actividad más dentro de una lista de cosas que un creyente debía cumplir.
Y lo curioso es que uno puede hacer cosas correctas sin necesariamente comprender su belleza.
Porque existe una gran diferencia entre acercarte a la Escritura como quien marca una casilla y acercarte como quien se sienta a escuchar una voz.
Con el tiempo, por gracia, Dios comenzó a desmontar muchas ideas dentro de mí. Me llevó primero a leerla. Después a estudiarla. Más adelante despertó en mí hambre por profundizar. Y hace muchos años abrió una puerta que marcaría mi vida de manera importante: pude estudiar en Dallas Theological Seminary.
Agradezco profundamente las herramientas recibidas allí. Agradezco haber aprendido a observar el texto, a hacer preguntas correctas, a respetar contextos, a estudiar palabras, estructuras y géneros. Agradezco todo eso. Pero siendo completamente honesto, lo más importante no fueron las herramientas.
Lo más importante fue descubrir algo que durante años había pasado frente a mis ojos sin que lograra verlo completamente.
La Escritura no era simplemente un libro para analizar. Era la voz de Dios. Y algo cambió cuando esa realidad descendió de la cabeza al corazón.
Porque desde entonces Dios, en Su misericordia, ha querido usarme en la exposición, enseñanza y predicación de Su Palabra. He tenido el privilegio de compartirla, enseñarla y abrirla delante de otros. Pero hay algo que con los años he tenido que recordar constantemente: yo no estudio la Biblia porque predico.
La estudio porque ahí lo escucho.
Porque ahí Él habla.
Porque ahí me encuentra.
Porque ahí viene hacia mí.
Porque ahí se acerca con una ternura que sigue sorprendiéndome.
Hay algo profundamente misterioso y hermoso en abrir las Escrituras y descubrir que uno no llegó primero. Dios ya estaba esperando.
Y cuando eso sucede, algo comienza a pasar lentamente. El Espíritu Santo empieza a hacer Su obra silenciosa. Empieza a señalar verdades. Empieza a corregir cosas que uno normalizó demasiado tiempo. Empieza a alumbrar rincones donde la oscuridad había aprendido a sentirse cómoda.
La Palabra hace algo extraño: se vuelve espejo. Y si soy completamente honesto, muchas veces no me gusta lo que veo.
Porque ahí aparecen cosas que uno preferiría mantener fuera de foco. Debilidades. Temores. Orgullo. Egoísmo. Respuestas inmaduras. Impaciencia. Áreas donde uno sigue luchando. Fortalezas que todavía continúan resistiéndose al señorío de Cristo.
Uno llega creyendo que verá únicamente promesas.
Y de pronto termina viéndose a sí mismo.
Pero el milagro es que el espejo nunca muestra solo eso.
Porque junto a la realidad de quién soy aparece también la realidad de quién es Él.
Y esa parte cambia todo.
Porque no veo únicamente mis grietas.
Lo veo a Él junto a ellas.
Lo veo acercándose.
Lo veo dispuesto a trabajar.
Lo veo dispuesto a limpiar.
Lo veo dispuesto a permanecer.
Esta semana ha sido particularmente retadora para mí. No por predicaciones. No por agendas. No por actividades ministeriales. Ha sido una semana donde Dios ha puesto Su dedo en áreas profundas. Áreas que todavía se resisten. Áreas donde Él continúa haciendo cirugía.
Y una y otra vez he regresado a las palabras de Jesús:
“»Yo los he amado a ustedes tanto como el Padre me ha amado a mí. Permanezcan en mi amor. Cuando obedecen mis mandamientos, permanecen en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.”
Juan 15:9–10 (NTV).
Y creo que durante todo este año Dios ha decidido trabajar algo muy específico conmigo: el amor.
No solamente hablarme sobre el amor.
Trabajarlo.
Porque son cosas distintas.
Hace algunos años llegué a pensar que nunca volvería a amar profundamente. Después de ciertas heridas uno aprende a sobrevivir. Aprende a protegerse. Aprende a endurecer ciertas partes del corazón. Y aunque uno sigue funcionando, hay partes internas que comienzan a vivir en modo defensa.
Yo llegué a pensar que quizá algunas puertas se habían cerrado.
Hasta que Dios comenzó a mostrarme algo.
Que amar no nace de mí. Nace de Él.
Y eso cambia completamente la conversación.
Porque si amar dependiera de mi capacidad, eventualmente se agotaría. Si dependiera de mi fuerza emocional, terminaría rompiéndose. Si dependiera de mi constancia, tarde o temprano colapsaría.
Pero el amor de Cristo funciona distinto.
Fluye.
Desciende.
Se entrega.
Permanece.
Por gracia hoy estoy caminando una relación con una mujer maravillosa que ama a Jesús. Y mientras avanzo, mientras amo, mientras aprendo, me doy cuenta cada vez más de algo: necesito permanecer.
Necesito buscarle.
Necesito escucharlo.
Necesito volver a ese lugar diariamente.
Porque cuando dejo de permanecer intento amar desde mis fuerzas.
Y amar desde las fuerzas humanas es agotador.
Porque entonces reacciono.
Entonces exijo.
Entonces huyo.
Entonces me cierro.
Entonces vuelvo a versiones antiguas de mí.
Y Dios me ha mostrado algo incómodo estos días: Él no me llamó solamente a amar personas fáciles. Me llamó a amar personas difíciles. Y eso incluye todas las esferas donde vivo:
Familia.
Trabajo.
Ministerio.
Amistades.
Iglesia.
Relaciones.
Porque el amor de Cristo nunca se limita a espacios cómodos.
Y cuando Jesús dice: “Yo los he amado a ustedes tanto como el Padre me ha amado a mí”
Juan 15:9a (NTV), mi mente sigue sin terminar de comprenderlo completamente.
Porque esa es la historia del Evangelio.
Un Dios santo acercándose a hombres inestables.
Un Dios perfecto amando pecadores.
Un Dios eterno entrando en la fragilidad humana.
“»Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo…”
Juan 3:16 (NTV).
Así ama Dios. Dando. Entregándose. Permaneciendo.
Y quizá esta semana el Señor simplemente me recordó algo que ya sabía, pero había olvidado mirar: nunca fui llamado a producir amor. Fui llamado a permanecer. Porque una rama jamás produce vida por sí sola. La rama únicamente permanece. Y cuando permanece, la Vid hace aquello que ninguna rama podría hacer por sí misma.
Y quizá hoy eso también sea para ti.
Tal vez estás cansado porque llevas demasiado tiempo intentando producir lo que solamente puede fluir. Tal vez estás agotado intentando amar desde reservas vacías.
Tal vez olvidaste que antes de ser llamado a hacer algo para Dios, fuiste invitado a permanecer con Él.
Porque hay una diferencia enorme entre trabajar para Cristo y permanecer en Cristo.
Una desgasta.
La otra da vida.
Y estoy aprendiendo algo lentamente:
Que permanecer no es perder tiempo.
Es regresar al lugar donde el alma aprende nuevamente a amar.



