Serie: Cuando Dios Habla Primero
Subtítulo: Siete llamadas sagradas para volver a caminar con Él
Entrada 4: Recuerda que ya no te perteneces
Ser parte de Dios redefine todo
Hay verdades que no necesitan gritarse para sacudir el alma. Esta es una de ellas: ya no me pertenezco. El yo que se creía dueño de sí mismo murió el día en que dije sí al Reino.
Fue una tarde ordinaria cuando me golpeó esa conciencia. Había leído el versículo muchas veces: “Hoy te has convertido en pueblo del SEÑOR tu Dios.” (Deuteronomio 27:9, LBLA). Pero esa tarde no lo leí. Me lo dijeron. Me lo susurraron en lo profundo. Me invadió como una sentencia liberadora: ya no eres tuyo.
Y de pronto todo cambió.
Porque cuando uno vive como si fuera su propio amo, termina cansado de sostenerse. Pero cuando entiende que pertenece, que ha sido comprado, redimido, adoptado, sellado, entonces las cargas se alivian, y el alma descansa.
El acto de recordar que no me pertenezco es el acto de volver a la verdad más antigua del pacto eterno. Ya no vivo según mis reglas. Ya no decido desde mi comodidad. Ya no trazo mis rutas como quien se debe sólo a sus sueños. Vivo bajo la voz que me nombra. Camino tras el Pastor que me llamó por nombre.
Pablo lo dijo con brutal claridad: “¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen con su cuerpo a Dios.” (1 Corintios 6:19–20, NVI). No hay poesía en esa frase, pero hay poder. Hay una ruptura con la narrativa del yo moderno que busca autonomía como si fuera salvación. En el Reino, la salvación se encuentra en la rendición.
Cuando entendí que no me pertenecía, comenzó a sanarse una herida que llevaba años abierta: la del control. Porque siempre quise controlar el futuro. Siempre quise prever el dolor. Pero ese día supe que quien se sabe propiedad del Señor, también se sabe protegido. No inmune, pero sí sostenido.
Recordar que ya no me pertenezco es resistir la tentación diaria de volver al viejo trono. Porque el viejo yo, aunque fue crucificado, aún susurra. Quiere volver a gobernar, quiere retomar el mando. Pero la cruz no es un símbolo decorativo; es un acta de defunción del ego. Y cada vez que la miro, vuelvo a saber: yo ya no decido solo.
Hay una belleza profunda en vivir como propiedad amada. No como esclavo sin rostro, sino como hijo redimido. Como siervo que escucha, como templo habitado. Cuando Jesús dice: “Mis ovejas oyen mi voz”, no está haciendo una observación; está declarando pertenencia. Porque el que oye, es suyo. Y el que es suyo, vive desde otro lugar.
Ese lugar se llama obediencia, pero no nace de la obligación, sino del amor. El amor que escucha también se entrega. Y el alma que recuerda su pertenencia ya no negocia con su voluntad, porque ha encontrado algo más alto, más hermoso, más fuerte que sus propios impulsos: la voluntad del Padre.
A veces, cuando estoy solo y la tentación de tomar el control vuelve, me repito en voz baja: ya no me pertenezco. No como castigo. No como resignación. Sino como liberación. Porque el alma que se recuerda comprada, también se recuerda cuidada.
Y no se trata solo de mí. La pertenencia es colectiva. “Hoy te has convertido en pueblo del SEÑOR tu Dios.”. No dice persona. Dice pueblo. Hay una dimensión comunitaria en esta verdad. No camino solo. Soy parte de un cuerpo. Una familia. Un linaje. Una casa espiritual en construcción.
Recordar que no me pertenezco me une a los demás. Me impide vivir para mis propios fines. Me obliga a amar con más profundidad, a perdonar con más rapidez, a servir con más alegría. Porque si no soy mío, mis recursos tampoco lo son. Mis dones, mi tiempo, mi cuerpo, todo lo que soy y tengo le pertenece a Aquel que me redimió.
Y Él no exige. Él transforma. Él toma lo que le entregamos, y lo devuelve multiplicado en gracia. Como cuando el muchacho entregó su pan y sus peces, y Jesús alimentó a miles. Así también, cuando le entregamos nuestra voluntad, Él la convierte en propósito. Cuando le damos nuestro miedo, Él lo convierte en testimonio. Cuando le damos nuestra autonomía, Él la transforma en descanso.
Vivir recordando que no me pertenezco es abrazar cada día como un acto de mayordomía. No es mío el día, ni la salud, ni el talento, ni el llamado. Todo es préstamo. Todo es misión. Todo es altar. Y ese altar es el único lugar seguro donde el alma puede respirar sin tener que probar nada.
Me gustaría decir que nunca olvido esta verdad. Pero sería mentira. Hay días en los que vuelvo a actuar como si todo dependiera de mí. Como si yo fuera el centro. Como si tuviera que controlar, planear, asegurar. Pero Dios es fiel. Y cuando me olvido, Él me recuerda. A veces con suavidad. A veces con firmeza. Pero siempre con amor.
Y vuelvo. Vuelvo al lugar donde dejo de exigirme lo que sólo Él puede sostener. Vuelvo al lugar donde el alma no necesita demostrar, sino sólo pertenecer.
Así se vive en el Reino. Así se respira en la gracia. No como dueños, sino como hijos. No como administradores del futuro, sino como peregrinos que siguen la voz.