Sostenidos por el Espíritu Mientras Esperamos el Reino
Permanecer firmes hoy con la mirada puesta en el cumplimiento final
Toda vida espiritual auténtica aprende, tarde o temprano, que no puede sostenerse a sí misma. Hay un punto —inevitable— en el que el esfuerzo se agota, la claridad se nubla y la voluntad ya no alcanza. No es un fracaso; es una revelación. Dios nunca pensó que camináramos por nuestras propias fuerzas. Pensó en habitarnos.
Jesús lo prometió con palabras sencillas y profundas: “Cuando venga el Consolador que yo les enviaré… él testificará acerca de mí.” (Juan 15:26, NVI 2022). El Espíritu no vino a reemplazar a Cristo, sino a hacerlo presente en nosotros. No vino a producir experiencias aisladas, sino a sostener una vida entera orientada hacia Dios.
Por eso, la vida cristiana no es una carrera de autosuficiencia, sino un aprendizaje constante de dependencia. “¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios?” (1 Corintios 6:19, NVI 2022). Esta verdad no es simbólica; es transformadora. Dios no nos visita de vez en cuando. Ha decidido habitar en nosotros.
Esa presencia interior se convierte en consuelo cuando el camino se vuelve pesado. “Y yo pediré al Padre y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre… ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes.” (Juan 14:16–17, NVI 2022). El Espíritu no elimina la prueba, pero acompaña en medio de ella. No evita el desierto, pero nos enseña a caminarlo sin perder el rumbo.
Ser guiados por el Espíritu no significa vivir sin decisiones, sino vivir atentos. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.” (Romanos 8:14, NVI 2022). La guía no siempre es espectacular; muchas veces es un ajuste interior, una convicción silenciosa, una dirección suave que se reconoce más por su fruto que por su forma.
Ese fruto se cultiva día a día. “Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu.” (Gálatas 5:25, NVI 2022). Andar implica proceso, ritmo, constancia. No se trata de momentos aislados de fervor, sino de una vida sostenida por una presencia fiel. El Espíritu forma el carácter de Cristo en nosotros con paciencia, incluso cuando no lo notamos.
Esta obra interior se entrelaza con la Palabra. No como letra muerta, sino como voz viva. “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16–17, NVI 2022). La Palabra edifica cuando es recibida con humildad y vivida con fidelidad. No fue dada para impresionar, sino para formar.
Cuando la Palabra y el Espíritu caminan juntos, la vida encuentra estabilidad. “todo el que viene a mí, oye mis palabras y las pone en práctica: Se parece a un hombre que al construir una casa cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca.” (Lucas 6:47–48, NVI 2022). La roca no impide la tormenta, pero sí asegura la permanencia. Hay una paz que no depende de las circunstancias, sino de dónde está puesta la vida.
Ser fortalecidos por el Espíritu también nos orienta hacia el futuro. Pablo ora para que “….por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones.” (Efesios 3:16–17, NVI 2022). Esa fortaleza no es solo para resistir el presente, sino para perseverar con esperanza.
Vivimos en un tiempo intermedio. El Reino ya ha irrumpido, pero aún esperamos su manifestación plena. Caminamos entre promesas cumplidas y promesas por revelarse. Esta espera no es pasiva ni ansiosa; es vigilante y fiel. Sabemos que la historia no está a la deriva, que el mal no tendrá la última palabra y que la fidelidad, aun la más silenciosa, será honrada.
Mientras esperamos, el Espíritu nos guarda de la desesperanza y del engaño. Nos recuerda que no todo lo que brilla es eterno, y que no todo lo que parece lento está perdido. Nos enseña a vivir con sobriedad, con discernimiento, con una esperanza anclada más allá de lo visible.
La vida sostenida por el Espíritu no es perfecta, pero sí perseverante. No es espectacular, pero es fiel. Es una vida que aprende a orar cuando no hay palabras, a confiar cuando no hay claridad y a permanecer cuando sería más fácil rendirse.
Esperamos un Reino que será plenamente establecido. Sabemos que Cristo, el fundamento que no se mueve, llevará a término lo que comenzó. Por eso no soltamos la verdad, no negociamos el corazón y no abandonamos la esperanza.
Somos afirmados en Su presencia.
Somos establecidos en Su verdad.
Y mientras aguardamos el cumplimiento final, caminamos sostenidos por el Espíritu,
fieles hoy, expectantes mañana,
seguros de que el final de la historia ya está en manos del Rey.



