Temían al Señor... pero
El veredicto más incómodo del pasaje llega dos versículos después de la frase que parece resolverlo todo.
La entrada anterior terminó con un sacerdote sin nombre que llegó a Betel y enseñó a los colonos cómo habían de temer al Señor. Si el capítulo hubiera cerrado ahí, el arco sería limpio: problema espiritual, solución sacerdotal, resolución. El texto podría haberse llamado “y todos temieron al Señor y los leones se fueron.”
Pero el texto no cierra ahí.
Lo que sigue es una enumeración. El tipo que en la Biblia funciona como evidencia en un proceso judicial:
«Pero cada nación continuó haciendo sus propios dioses, y los pusieron en las casas de los lugares altos que los samaritanos habían hecho, cada nación en las ciudades en que habitaban. Y los hombres de Babilonia hicieron a Sucot Benot; los hombres de Cuta hicieron a Nergal; los hombres de Hamat hicieron a Asima; y los aveos hicieron a Nibhaz y a Tartac; y los de Sefarvaim quemaban a sus hijos en el fuego como ofrenda a Adramelec y Anamelec, dioses de Sefarvaim.» — 2 Reyes 17:29–31 (NBLA)
Seis dioses. Cinco naciones. Y al final, lo más perturbador: padres quemando a sus hijos como ofrenda.
Pero el versículo 33 hace algo que me detiene más que esa lista:
«Temían al Señor pero servían a sus dioses conforme a la costumbre de las naciones de donde habían sido llevados al destierro.» — 2 Reyes 17:33 (NBLA)
Temían al Señor. Aprendieron la costumbre. El sacerdote hizo su trabajo.
Y dos versículos después, el mismo texto dice:
«No temen al Señor.» — 2 Reyes 17:34 (NBLA)
¿Cómo puede el mismo pasaje decir ambas cosas, de las mismas personas, en el mismo capítulo?
La respuesta está en lo que Dios mismo define como temor en los versículos 35 al 39. No es una categoría emocional ni litúrgica. Es un pacto de lealtad exclusiva:
«con los cuales el Señor hizo un pacto y les ordenó: «No temerán a otros dioses ni se inclinarán ante ellos, no los servirán ni les ofrecerán sacrificios. Sino que al Señor, que los hizo subir de la tierra de Egipto con gran poder y con brazo extendido, a Él temerán y ante Él se inclinarán y a Él ofrecerán sacrificios.» — 2 Reyes 17:35–36 (NBLA)
El criterio no es si usas el nombre correcto. Es si ese nombre gobierna todo lo demás.
La adoración dividida no es adoración a medias — es una cosa completamente distinta. Puedes pronunciar “Señor” en el mismo aliento en que sirves a Nergal, y lo que has hecho no es adorar a Dios más a Nergal. Has redefinido a Dios. Has construido un Señor que cabe en el mismo anaquel con tus otros dioses, un Cristo que acepta la competencia, un Creador domesticado — que no es Dios en absoluto.
El veredicto “no temen al Señor” no contradice el versículo 33. Lo interpreta. “Temían al Señor... pero” — esa conjunción lo deshace todo.
Lo incómodo es que los dioses de ellos tenían nombre y forma. Los míos no.
Nadie va a levantar un altar a Sucot Benot. Nadie va a quemar nada a Adramelec. La idolatría obvia es, paradójicamente, la más fácil de confesar, porque su contraste con el evangelio es visible.
Mis altares son más respetables.
La ansiedad que en realidad gobierna mis decisiones mientras finjo que estoy esperando en Dios. El control que ejerzo sobre mi agenda, mis relaciones, mi imagen, y le llamo “mayordomía”. La necesidad de aprobación que dicta mis palabras más que la verdad del texto. La autosuficiencia que construyo durante la semana y luego llevo al culto a presentarla como fe.
Son altares sin imagen. Por eso son más difíciles de ver.
El texto cierra con una frase que no pude sacudir: «así hacen hasta hoy sus hijos y sus nietos.» — 2 Reyes 17:41 (NBLA). La adoración dividida no es solo un problema personal. Es una herencia. Lo que yo no nombre ni trabaje se lo transmito a quienes me siguen — mi congregación, y algún día, a mi esposa.
Eso cambia el peso de la pregunta.
No te pido que respondas esto en público. No te pido una lista de confesiones.
Te pido que te hagas una pregunta honesta: ¿qué es lo que en realidad gobierna tus decisiones cuando nadie está mirando? ¿Qué buscas cuando estás asustado, cuando estás solo, cuando dios parece callar? ¿A qué le ofreces lo que le pertenece únicamente a él?
Eso que nombraste — eso es el altar.
El texto no dice que los colonos fueran hipócritas conscientes. Dice que tenían la costumbre correcta y el corazón dividido. Y que en el registro de dios, eso equivale a no temer al Señor.
La pregunta no es si adoras.
Es si tu adoración es indivisa.
Esta es la segunda y última entrada de la mini-serie “Temían al Señor” sobre 2 Reyes 17:24–41. La primera entrada — “No mandó soldados” — está disponible aquí: No Mandó Soldados



