Un aliento Prestado
Sobre dónde apoyamos nuestro peso — una meditación en Isaías 2:22
Desentendeos del hombre, cuyo aliento está en su nariz; porque ¿qué vale realmente?
Isaías 2:22 (RVR)
Hay un gesto que hacemos sin pensar: cuando el cuerpo se cansa, busca dónde recargarse. Una pared, el respaldo de una silla, el marco de una puerta. Y casi siempre resulta, porque casi siempre lo que tocamos aguanta. El problema es el día en que nos apoyamos en algo que parecía firme y no lo era, y el peso se nos viene encima. Isaías cierra uno de sus poemas más imponentes con una advertencia que tiene que ver exactamente con eso: cuida en qué apoyas tu peso.
Leído solo, el versículo suena casi áspero: dejen de apoyarse en el hombre — “cuyo aliento está en su nariz”—, porque ¿de cuánto puede responder? (Isaías 2:22). Y si uno lo arranca de su sitio, puede hacerle decir cosas que no dice. Por eso conviene escuchar de dónde viene.
El versículo es el punto final de un poema largo (Isaías 2:6-22) sobre lo que el profeta llama el día del Señor. Israel se había llenado de ídolos: plata, oro, caballos, carros, dioses hechos por sus propias manos, ante los cuales se inclinaban. Y entonces Isaías anuncia un día en que todo lo que el ser humano levanta y exalta será humillado, y solo Dios quedará en alto. Las torres altas, los barcos orgullosos, los cedros más imponentes: todo abajo. La gente arrojando sus ídolos de plata a los topos y a los murciélagos, corriendo a esconderse entre las rocas. Un poema entero sobre el derrumbe de aquello en lo que apoyamos nuestra seguridad, y sobre el único que queda en pie cuando lo demás cae.
Y al final, la conclusión práctica: si todo eso se va a venir abajo, deja de recargar tu vida en lo que no puede sostenerte. El versículo no es un desprecio por la gente. Es una pregunta sobre dónde pusiste tu confianza.
“Cuyo aliento está en su nariz.” Esa frase no es un insulto; es un recordatorio de lo que somos. Viene del principio, de cuando Dios formó al hombre del polvo y sopló en su nariz aliento de vida (Génesis 2:7). Es decir: lo que nos mantiene vivos es un aliento prestado. No nos pertenece; se nos dio, y puede recogerse. Somos polvo que respira porque Alguien nos prestó el aire. El salmo lo dice sin rodeos: el ser humano es como la hierba, como la flor del campo; pasa el viento y ya no está (Salmo 103:15-16).
El hombre, como la hierba son sus días;
Florece como la flor del campo,
Que pasó el viento por ella, y pereció,
Y su lugar no la conocerá más.
Salmo 103:15-16 (RVR)
Y aquí está el punto que me detiene: apoyar todo mi peso en una criatura así es construir mi casa sobre una exhalación. No porque las personas sean malas, ni inútiles, sino porque son frágiles, igual que yo. Recargarme en otro ser humano como si fuera roca es pedirle a un aliento prestado que sostenga lo que solo el Eterno puede sostener.
“¿Qué vale realmente?” Cuidado con cómo oímos esa pregunta. Isaías no está diciendo que las personas no valgan; eso sería contradecir a toda la Biblia, que enseña que el ser humano lleva la imagen de Dios y es objeto de su amor. La pregunta no es sobre el valor de la persona, sino sobre su capacidad de cargar mi confianza última. Y ahí, comparado con Dios, ¿de cuánto puede responder un hombre? El ser humano tiene un valor inmenso como alguien a quien amar, y es del todo insuficiente como alguien en quien poner mi seguridad. Confundir esas dos cosas es la raíz de mucha angustia.
Los salmos y los profetas vuelven una y otra vez sobre esto. No confíes en príncipes, en seres humanos que no pueden salvar; cuando su aliento se va, vuelven al polvo y sus planes mueren con ellos (Salmo 146:3-4). Maldito el que confía en el hombre y hace de la carne su fuerza; bendito el que confía en el Señor: el primero es como un arbusto en el desierto; el segundo, como un árbol plantado junto al agua, que no teme cuando llega el calor (Jeremías 17:5-8). Siempre la misma frontera: lo que puede secarse, y Aquel que no se seca.
Y entonces la pregunta deja de ser teórica y se vuelve un examen: ¿en quién, en qué, he estado apoyando mi peso? Porque casi nunca lo decimos en voz alta, pero lo hacemos con la vida. Apoyo mi peso en la aprobación de la gente —en lo que piensan de mí, en que me admiren, en que me necesiten—. Lo apoyo en una persona, a la que en secreto le pido que me complete, que me haga sentir suficiente, que sea para mí lo que solo Dios puede ser. Lo apoyo en mi propia fuerza, en mis planes, en mi capacidad de mantener todo bajo control. Y todos esos apoyos tienen el aliento en la nariz. Tarde o temprano ceden, no porque me fallen por maldad, sino porque nunca fueron roca.
Aquí hay una palabra tierna, no dura. Isaías no me pide que deje de amar a las personas frágiles —eso sería imposible y, además, sería desobedecer al mismo Dios que me manda amar—. Me pide que deje de hacerlas dioses. Que no le ponga a un ser humano el peso que ningún ser humano puede cargar. Las personas que amo son regalos, y los regalos están para disfrutarse, no para recargarse en ellos como si fueran el que los dio. Y ocurre algo curioso cuando le devuelvo a Dios el lugar que solo es suyo: quedo libre para amar mejor a la gente. Ya no le exijo a nadie que sea mi salvación, y entonces, por fin, puedo simplemente quererlo.
Pero el versículo, por sí solo, podría dejarnos en una especie de soledad fría: si no puedo apoyarme en ningún hombre, ¿en quién, entonces? La respuesta completa solo se ve desde este lado de la historia. Porque hubo Uno que sí se hizo hombre. Tuvo, como nosotros, el aliento en la nariz: nació, se cansó, lloró, y un viernes a medio día entregó su último aliento en una cruz. Pero al tercer día volvió a tomarlo. Jesús es el único ser humano en quien puedo apoyar todo mi peso sin miedo a que ceda, porque no es solo hombre: es mi Dios vestido de mi carne. Isaías me dice: no te recargues en un aliento prestado. Y el evangelio me muestra a Aquel cuyo aliento no se quedó en la tumba. A Él sí. Con todo mi peso.
Por eso cierro con una oración, y te invito a hacerla tuya:
Señor, muéstrame dónde he estado apoyando mi peso en lo que no puede sostenerme: en la aprobación de la gente, en mi propia fuerza, en personas a las que en secreto les pido que sean tú. Perdóname por hacer dioses de tus regalos. Sé tú mi roca, lo firme bajo mis pies. Y libérame para amar a las personas como lo que son —frágiles, preciosas, prestadas— sin pedirles lo que solo tú puedes dar. En ti, que te hiciste hombre y venciste la muerte, descanso con todo mi peso. Amén.



