Un Dios Que Se Asume Antes de Que Se Nombre
Sobre lo que la oración revela cuando el lenguaje se agota
Hay una diferencia entre lo que decimos sobre Dios y lo que revelamos sobre Dios cuando oramos desde el dolor.
En los momentos ordenados —la adoración, el estudio, la devoción matutina— hablamos de Dios con cierta precisión. Usamos los términos correctos. Afirmamos los atributos correctos. Construimos frases que suenan a lo que la fe debería sonar.
Pero cuando el dolor llega de verdad, cuando el lenguaje ensayado se agota y lo que queda es el clamor más crudo que uno tiene, algo interesante ocurre. Lo que sale no es una declaración teológica. Es una oración. Y esa oración —precisamente porque no está construida para sonar bien— revela lo que uno cree en el fondo, antes de que la mente tenga tiempo de editar.
El Salmo 137 es esa clase de oración.
El salmista no está escribiendo un tratado sobre Dios. Está sentado junto a los ríos de una tierra extraña, llorando con otros exiliados. Las arpas cuelgan de los sauces. Los captores se burlan y piden canciones de Sion como si la adoración pudiera convertirse en espectáculo. El templo ha quedado atrás. Los sacerdotes están lejos. La adoración que durante generaciones había dado forma a la vida del pueblo ha sido interrumpida. Todo lo que les resultaba familiar parece haber desaparecido.
Solo tiene su clamor. Y lo dirige hacia arriba.
Antes de cualquier reflexión teológica, el salmo nos entrega una confesión silenciosa: el exiliado sigue hablando con Dios. No necesita demostrar que Jehová escucha. No construye un argumento. No ofrece pruebas. Llora, recuerda y ora. Hay una confianza que solo nace después de años de caminar con Dios: la certeza de que Su presencia puede ser llorada cuando parece distante, pero nunca queda atrapada entre piedras, ciudades o fronteras. El templo ha sido destruido. El Señor no.
Y en esa aceptación, sin proponérselo, comienza a revelar quién es Dios. Porque solo un Dios realmente presente puede seguir siendo invocado en el exilio. Solo un Dios fiel puede ser recordado cuando todo lo demás se ha perdido. Solo un Dios vivo puede seguir siendo buscado cuando el templo ha caído, la ciudad ha sido saqueada y los cánticos parecen haberse apagado.
El versículo 7 contiene una de las palabras más cargadas de toda la Escritura hebrea.
«Recuerda, oh Señor, contra los hijos de Edom el día de Jerusalén.»
— Salmos 137:7 (NBLA)
Recuerda. En hebreo, zakar.
En nuestra comprensión moderna, recordar es un acto pasivo —recuperar información que estaba almacenada. Pero en el hebreo bíblico, zakar es un acto activo. Cuando Dios recuerda en las Escrituras, interviene. Cuando Dios recuerda a Noé en medio del diluvio, las aguas comienzan a descender. Cuando Dios recuerda a Israel en Egipto, envía a Moisés. El recuerdo divino no es memoria —es movimiento.
El salmista sabe esto. Por eso usa ese verbo. No está pidiendo que Dios recupere un dato olvidado. Está pidiendo que Dios actúe. Que intervenga. Que se mueva en la historia con la misma fuerza con que se ha movido antes.
Y esa petición revela un atributo que el salmista no enuncia pero que sostiene toda su oración: Dios escucha. Hay alguien al otro lado del clamor. La oración no se pierde en el vacío —llega a una presencia que recibe, que considera, que responde.
En Babilonia. Sin templo. Sin adoración. En tierra extraña.
Dios escucha desde allí también.
Pero hay un segundo atributo, más profundo todavía, que emerge de una observación que es fácil pasar por alto.
El salmista ora en Babilonia.
No en Jerusalén. No en el templo. No en el lugar donde El Señor había prometido habitar entre su pueblo. Ora en la ciudad del dios enemigo, rodeado de una cultura que no reconoce a Dios, en el lugar más alejado posible de todo lo que Israel asociaba con la presencia divina.
Y ora como si Dios pudiera escuchar desde allí.
Esa es una afirmación teológica silenciosa pero de enorme peso: EL Señor no estaba contenido en el templo. No tenía los límites geográficos que la teología popular de Israel a veces le imponía —la idea de que los dioses eran dioses de lugares, que cada territorio tenía su deidad y que salir del territorio era salir del alcance de su protección.
El salmista rompe esa lógica simplemente orando. Su oración desde Babilonia es, en sí misma, una declaración de omnipresencia. Dios está aquí también. La presencia no depende de la geografía. No depende del templo, ni del sacerdote, ni de la tierra santa. Depende de Dios.
Ezequiel lo entendió así. Su visión inaugural —el carro de fuego, los querubines, la gloria del Señor— ocurre junto al río Quebar. En Babilonia. Como si Dios quisiera dejar claro desde el principio que no se quedó en Jerusalén cuando el pueblo fue deportado. Que fue con ellos. Que su presencia no tiene fronteras que los imperios puedan controlar.
Luego está la fidelidad.
«Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo.»
— Salmos 137:5-6 (NBLA)
El juramento del salmista no tiene sentido si Dios no es fiel. Nadie jura lealtad a una promesa que ya no está vigente. Nadie sostiene la memoria de un pacto que ha sido cancelado.
El salmista jura recordar Jerusalén porque cree —contra toda evidencia visible en ese momento— que las promesas que Dios hizo sobre esa ciudad siguen en pie. Que el pacto davídico no fue destruido con el templo. Que el Señor no canceló su palabra cuando Nabucodonosor destruyó sus muros.
Esa es la fidelidad de Dios: el hesed hebreo, la lealtad pactual que no fluctúa con las circunstancias ni se desvanece en el exilio. El salmista no la define ni la argumenta. La vive. La encarna en un juramento que pone en riesgo lo más valioso que posee —sus manos y su voz— como señal de que no permitirá que Babilonia le arrebate la memoria de Jerusalén. Y precisamente porque recuerda las promesas de Dios, puede seguir aferrándose a ellas aun cuando todavía no ve su cumplimiento.
Recordar a Jerusalén es recordar las promesas de Dios.
La fidelidad de Dios es lo que hace que valga la pena recordar Jerusalén cuando todo en Babilonia parece gritar que Jerusalén ha sido olvidada.
Y luego están los versículos que incomodan.
«Oh hija de Babilonia, la devastada, bienaventurado el que te devuelva el pago con que nos pagaste.»
— Salmos 137:8 (NBLA)
Aquí emerge otro atributo —quizás el más difícil de sostener cuando la injusticia es personal y el dolor es fresco: la justicia de Dios.
El salmista llama a Babilonia «la devastada» antes de que caiga. En el momento en que escribe, Babilonia es la potencia dominante. Sus murallas son inexpugnables. Su ejército es invencible. Su cultura es seductora. Y, sin embargo, el salmista ya habla de su caída en tiempo profético —como si ya hubiera ocurrido.
Eso no es arrogancia. Es confianza en la justicia de Dios. El salmista conoce las palabras proféticas de Isaías y Jeremías sobre Babilonia. Sabe que El Señor ya habló. Y cree que lo que El Señor habló ocurrirá, independientemente de lo que digan las circunstancias presentes.
El lex talionis —el principio de que el castigo debe corresponder al crimen— no es venganza primitiva. Es la afirmación de que el universo moral tiene coherencia. Que los actos tienen consecuencias. Que hay un Dios que mide con vara justa y que no deja sin respuesta la sangre derramada.
El salmista no ejecuta esa justicia. La pide. La deposita en manos de Aquel que tiene la autoridad y la capacidad de ejercerla sin error. Eso es, éticamente, superior a la represalia: es confiar en que Dios es el juez soberano de las naciones —no solo de Israel, sino de Edom y Babilonia también.
Y finalmente, casi escondido detrás de todo lo demás, está el atributo que quizás sostiene a todos los demás.
La gloria de Dios.
«Si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo.»
— Salmos 137:6 (NBLA)
Un músico en exilio, que ha perdido su hogar, su templo, su comunidad y su capacidad de adorar públicamente, dice que Jerusalén —que representa la presencia y el nombre de Dios— es su supremo gozo. Por encima de todo lo demás. Por encima de la comodidad, de la seguridad, de la posibilidad de asimilarse a Babilonia y vivir una vida más tranquila.
Eso es la gloria de Dios reconocida desde abajo. No desde la prosperidad sino desde el exilio. No desde la abundancia sino desde la pérdida. La declaración de que Dios vale más que todo lo que Babilonia puede ofrecer —y que esa convicción no depende de que las circunstancias sean favorables.
Es la misma lógica de Job cuando dice «aunque Él me mate, en Él esperaré» (Job 13:15, NBLA). La misma lógica de Habacuc cuando declara que aunque la higuera no florezca y no haya frutos en la vid, aún se alegrará en el Señor.
La gloria de Dios, reconocida en el peor momento posible, es la teología más honesta que existe.
Hay algo que vale la pena llevarse de todo esto.
La teología más real no siempre es la que se articula en calma, con tiempo y libros y el lenguaje correcto. A veces es la que emerge cuando uno está junto al río, sin palabras ensayadas, con el dolor demasiado grande para ser organizado.
Lo que el salmista revela acerca de Dios en el Salmo 137 no lo aprendió junto a los ríos de Babilonia. Lo había aprendido mucho antes, a lo largo de una vida de formación: en la adoración del pueblo, en las historias del pacto, en los cánticos de Sion, en las oraciones que habían moldeado la imaginación espiritual de Israel durante generaciones.
Y cuando llegó la crisis, aquella formación no emergió como un argumento cuidadosamente construido, sino como una oración. Porque la verdadera formación espiritual no aparece primero en lo que decimos acerca de Dios cuando todo está bien, sino en aquello que seguimos creyendo acerca de Él cuando todo parece derrumbarse.
Babilonia no creó la teología del salmista; Babilonia reveló la teología que ya había sido formada en él.
Eso sugiere algo sobre cómo nos formamos. La teología que nos sostendrá en los momentos difíciles no es la que memorizamos para un examen. Es la que hemos habitado lo suficiente como para que, cuando llegue el dolor, salga sola —como el clamor más natural que tenemos.
«¿Cómo cantaremos la canción del Señor en tierra extraña?»
— Salmos 137:4 (NBLA)
El salmista no respondió esa pregunta con un argumento. La respondió con una oración. Y en esa oración, sin proponérselo, cantó.



