Hay cosas que dejan de sorprendernos no porque hayan perdido su belleza, sino porque las hemos visto demasiadas veces. El primer amanecer contemplado a conciencia puede detenernos; después de cientos de mañanas, abrimos las cortinas sin mirar el cielo. Una canción puede estremecernos la primera vez y, meses después, ser ruido de fondo. Podemos pasar todos los días frente a algo extraordinario hasta que la familiaridad nos convence de que es común.
Algo parecido puede sucedernos con Dios.
No es que dejemos de creer en Él. Es algo más sutil: dejamos de asombrarnos. Seguimos creyendo que Dios es santo, pero la palabra ya no nos estremece. Seguimos creyendo que somos amados, pero la gracia empieza a parecernos predecible. Seguimos hablando de la cruz, de la resurrección, del Espíritu, del Reino, y podemos hacerlo con absoluta corrección doctrinal mientras el corazón permanece extrañamente indiferente ante la enormidad de lo que la boca está diciendo. Conocemos las palabras. Conocemos las historias. Sabemos cómo termina el pasaje antes de terminar de leerlo.
Quizá uno de los peligros más silenciosos de caminar mucho tiempo con Dios sea empezar a pensar que, porque conocemos algunas cosas acerca de Él, ya sabemos qué esperar de Él.
Isaías 29 nos conduce hasta ese lugar incómodo. El pueblo había aprendido a honrar a Dios con los labios mientras mantenía lejos el corazón. Había formas religiosas, palabras aprendidas y una sabiduría humana que empezaba a sentirse segura de sí misma. Y en medio de aquella familiaridad espiritual, Dios pronuncia una declaración sorprendente: «Por eso, una vez más asombraré a este pueblo con prodigios maravillosos» (Isaías 29:14).
Una vez más. Asombraré.
Hay algo hermoso en que Dios responda a un pueblo que se ha acostumbrado a Él anunciando una obra que volverá a dejarlo sin categorías suficientes. Pero debemos leer esas palabras con cuidado. El asombro de Isaías 29 no es una experiencia agradable. El contexto es de juicio y confrontación: Dios va a actuar de una manera que dejará expuesta la sabiduría de quienes creían comprender y controlar su realidad. Su intervención será maravillosa precisamente porque mostrará que Él sigue siendo Dios y que ninguna estrategia humana puede reducirlo a nuestras expectativas.
Por eso, cuando hacemos nuestra la oración «Señor, asómbrame», no estamos pidiendo entretenimiento espiritual. No estamos diciendo: «Haz algo espectacular para que vuelva a sentir emoción». Estamos pidiendo algo mucho más hondo y mucho más peligroso: «Señor, rompe las categorías demasiado pequeñas en las que he intentado meterte».
Porque hay una diferencia entre buscar el asombro y buscar a Dios. Podemos volvernos adictos a experiencias, novedades, conferencias, manifestaciones, testimonios extraordinarios y momentos intensos, y aun así perder de vista a Aquel a quien supuestamente buscamos. Podemos confundir el mover de Dios con lo que nos produce adrenalina espiritual. Pero el asombro bíblico no comienza con nuestra fascinación por lo extraordinario. Comienza con Dios: con quién es, con lo que ha hecho, con la desconcertante realidad de que el Creador no permaneció distante de Su creación. Un Dios santo que se acerca a pecadores. El Verbo hecho carne. Un Rey entrando en Jerusalén sobre un burro. El Mesías lavando pies. El Santo cargando una cruz. Una tumba vacía. Enemigos convertidos en hijos.
No necesitamos que Dios haga algo más impresionante. Necesitamos recuperar la capacidad de comprender cuán impresionante es lo que ya ha hecho.
Porque podemos acostumbrarnos incluso al evangelio. Podemos escuchar que Cristo murió por nosotros y responder mentalmente: «Sí, ya lo sé». Hay algo extraño en esas tres palabras. ¿Cómo llegamos a decir «ya lo sé» frente a la cruz? ¿Cómo puede volverse información conocida que el Dios contra quien pecamos haya tomado carne, entrado en nuestra historia, cargado nuestro pecado y vencido la muerte para reconciliarnos consigo? ¿Cómo podemos acostumbrarnos a la gracia?
Y sin embargo, podemos.
Por eso necesitamos orar: asómbrame otra vez, Señor. No necesariamente con algo nuevo. Asómbrame de nuevo con lo que nunca dejó de ser maravilloso. Con Tu santidad. Con Tu paciencia. Con Tu misericordia. Con el hecho de que todavía escuchas cuando oro. Con la Escritura que he leído tantas veces. Asómbrame con Cristo.
Porque existe una clase de madurez espiritual que sabe mucho y se maravilla poco, y quizá no sea tan madura como parece. El conocimiento verdadero de Dios no debería disminuir nuestro asombro; debería profundizarlo. Cuando conocemos algo superficialmente, podemos imaginar que lo dominamos. Pero cuanto más entramos en ciertas realidades, más conscientes nos volvemos de su profundidad. Quien contempla el universo no queda menos impresionado cuanto más comprende; muchas veces ocurre lo contrario. Cada respuesta abre preguntas más grandes. ¿Cuánto más debería sucedernos con Dios?
La teología, en su mejor expresión, no domestica el misterio. Nos enseña dónde arrodillarnos frente a él. Estudiamos para conocer a Dios, sí. Hacemos distinciones, definimos términos, examinamos textos, cuidamos la doctrina porque importa qué creemos acerca de Él. Pero si nuestro conocimiento produce únicamente seguridad intelectual y nunca adoración, algo se ha torcido. La buena teología termina en doxología. Llega un momento en que las palabras que intentan explicar a Dios deberían conducirnos al silencio delante de Él.
Pablo podía construir algunos de los argumentos más densos del Nuevo Testamento y, de pronto, parecía no poder continuar sin adorar: la profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios excedía lo que podía rastrear. No era ignorancia. Era asombro nacido del conocimiento. Por eso una señal hermosa de crecimiento espiritual no sea solo que podamos responder más preguntas acerca de Dios, sino que hemos aprendido mejor cuáles preguntas deben dejarnos maravillados delante de Él.
Y aquí Isaías nos confronta de nuevo. El problema de su pueblo no era falta de lenguaje acerca de Dios. Era un corazón distante. Y un corazón distante puede hablar correctamente de cosas que ya no ama. Eso puede sucedernos también. Podemos explicar la gracia y dejar de vivir agradecidos. Podemos defender la doctrina de la providencia mientras vivimos aterrados ante cualquier pérdida de control. Podemos enseñar sobre la oración y apenas permanecer en silencio delante de Dios. Podemos predicar sobre Su amor y tratar con dureza a la persona que tenemos enfrente.
El asombro verdadero siempre termina tocando la manera en que vivimos. Porque cuando comenzamos a ver a Dios, también empezamos a vernos de otra manera. Isaías lo sabía. Años antes, en el capítulo 6, había visto al Señor alto y sublime, y el resultado de aquella visión no fue «qué experiencia tan impresionante». Fue «¡Ay de mí!». El asombro produjo conciencia. La belleza reveló la suciedad. La santidad expuso lo que antes podía permanecer oculto. Y después vino la gracia: el carbón, la limpieza, el envío. «Aquí estoy; envíame a mí».
Ese patrón importa. Asombro, rendición, transformación, misión. Cuando el asombro es de verdad acerca de Dios, no nos convierte en coleccionistas de experiencias espirituales. Nos convierte en personas rendidas.
Por eso hace falta distinguir entre estar impresionados por Dios y estar asombrados ante Dios. La impresión dura unos minutos. El asombro reorganiza algo dentro de nosotros. Una canción puede impresionarnos; un mensaje puede emocionarnos; un testimonio puede dejarnos con la boca abierta. Pero el asombro que nace de encontrarnos con Dios nos hace pequeños sin hacernos insignificantes. Nos recuerda que no somos el centro mientras, paradójicamente, nos asegura que somos profundamente amados por Aquel que sí lo es.
Y por eso necesitamos con urgencia recuperarlo. Vivimos en una época diseñada para sorprendernos sin descanso. Deslizamos el dedo y aparece algo nuevo: otro video, otra noticia, otra polémica, otra tragedia, otra persona haciendo algo que nunca habíamos visto. Nuestros sentidos reciben tanta estimulación que necesitamos cada vez más para sentir cada vez menos. Lo extraordinario de ayer se vuelve insuficiente mañana.
Y podemos llevar esa misma lógica a la vida espiritual. Queremos una canción nueva, una palabra nueva, una experiencia nueva, una conferencia nueva, una manifestación nueva. Algo que vuelva a hacernos sentir. Pero la invitación del Espíritu no siempre es «busca algo nuevo». A veces es: «Mira otra vez».
Mira otra vez la cruz. Mira otra vez la tumba vacía. Mira otra vez la mesa, el pan y la copa. Mira otra vez las Escrituras. Mira otra vez esa oración que creías que Dios no había escuchado. Mira otra vez a las personas que Él puso delante de ti. Mira otra vez tu propia historia: de dónde te sacó, cuánto te ha sostenido, cuántas veces Su misericordia llegó antes de que supieras que la necesitabas.
Quizá hemos estado esperando que Dios haga algo lo bastante extraordinario para volver a sorprendernos, mientras Él nos invita a abrir los ojos ante una vida que ya está llena de Su gracia.
Esto tampoco reduce el mover de Dios a encontrar belleza en lo cotidiano. Dios sigue siendo libre para intervenir de maneras extraordinarias. Seguimos orando por sanidad, esperando provisión, creyendo que abre puertas que nosotros no podemos abrir y pidiendo que Su Espíritu transforme personas, familias, iglesias y ciudades. La expectativa tiene un lugar legítimo en la fe cristiana. Pero nuestra hambre por Su mover nunca debería volverse mayor que nuestra hambre por Él. No queremos solo las obras de Sus manos; queremos conocer Su corazón. Incluso un milagro puede volverse un ídolo si queremos más el milagro que al Dios que lo realiza.
Por eso «asómbrame» necesita permanecer junto a «una vez más, Señor». No es una exigencia. No le estamos diciendo a Dios: «Demuéstrame que sigues siendo interesante». Estamos confesando algo acerca de nosotros: soy yo quien ha dejado de mirar. Soy yo quien puede acostumbrarse. Soy yo quien puede convertir el misterio en vocabulario, quien puede hablar de Tu gloria mientras mi imaginación está ocupada con cosas mucho más pequeñas. Soy yo quien necesita recuperar la maravilla.
Entonces, asómbrame. No para que tenga una historia extraordinaria que contar, ni para sentirme espiritualmente especial, ni para poder decir que vi lo que otros no vieron. Asómbrame para volver a adorarte. Para volver a temerte. Para volver a confiar. Para recordar que Tú eres Dios y yo no. Asómbrame hasta que lo que sé acerca de Ti vuelva a bajar de mi cabeza a mi corazón.
Y quizá entonces descubramos que el asombro nunca se había ido, porque Dios nunca dejó de ser maravilloso. Éramos nosotros quienes habíamos dejado de prestar atención.
Por eso el despertar de la entrada anterior conduce naturalmente hasta aquí. Primero pedimos: despiértame. Ahora podemos pedir: asómbrame. Los ojos abiertos empiezan a reconocer lo que siempre estuvo delante de ellos.
Y entonces aparece una posibilidad todavía más inquietante. ¿Qué pasaría si Dios respondiera? ¿Qué sucedería si de verdad comenzáramos a verlo otra vez, si la cruz dejara de parecernos familiar, si Su santidad volviera a incomodarnos, Su gracia volviera a quebrantarnos y Su presencia volviera a parecernos demasiado preciosa para tratarla con ligereza? Probablemente no podríamos seguir viviendo igual. Porque el asombro verdadero nunca termina en contemplación. Tarde o temprano exige respuesta.
Ahí comenzará nuestra última oración. No solo intervén. No solo despiértame. No solo asómbrame. Sino algo todavía más arriesgado: trastórname.
Pero todavía no. Por ahora, quizá necesitamos permanecer un poco más delante de la maravilla. Sin analizarla de inmediato. Sin convertirla en contenido. Sin preguntarnos qué vamos a hacer con ella. Simplemente mirar, y permitir que aquello que se volvió demasiado familiar recupere su peso.
Señor, asómbrame otra vez. No alimentando mi necesidad de experiencias cada vez más grandes, sino devolviéndome ojos capaces de reconocer cuán grande eres Tú. Líbrame de una familiaridad que te reduzca, de un conocimiento que no termine en adoración y de una espiritualidad que necesite constantemente novedades para permanecer viva. Asómbrame con Cristo. Con la cruz. Con la tumba vacía. Con Tu santidad y Tu misericordia. Con Tu Palabra y Tu presencia. Y cuando decidas obrar de maneras que excedan mis categorías, dame humildad para reconocer que nunca fuiste Tú quien cabía dentro de ellas.
No permitas que conocerte más me haga maravillarme menos.
Una vez más, Señor.



