Hay un cansancio que se resuelve con sueño, y hay otro que el sueño no puede tocar. Hay una somnolencia que no tiene que ver con horas de descanso, sino con la manera en que el corazón deja de prestar atención. Seguimos viendo, pero ya no percibimos. Seguimos escuchando, pero ya no discernimos. Seguimos haciendo cosas que alguna vez estuvieron llenas de vida, y algo dentro de nosotros empezó a ejecutarlas en automático.
Isaías 29 describe algo parecido.
Antes de confrontar a un pueblo que honra a Dios con los labios mientras mantiene lejos el corazón, el profeta usa imágenes de aturdimiento, ceguera y sueño. Habla de personas que no pueden comprender lo que tienen delante. La revelación está ahí, pero se ha vuelto para ellos como un rollo sellado: al que sabe leer se le entrega y responde que no puede, porque está sellado; al que no sabe leer se le entrega y responde que no puede, porque no sabe leer. La escena es extraña, casi absurda. Todos tienen una razón para no responder.
Y esa parece ser la intención. Isaías no está describiendo ignorancia. Está exponiendo una condición en la que el pueblo ha perdido la capacidad de reconocer lo que Dios está diciendo. Están cerca de las palabras, pero lejos del significado. Rodeados de revelación, viven como si nada estuviera siendo revelado. Tienen ojos, pero no ven.
Así llegamos a una de las posibilidades más incómodas de la vida espiritual: podemos estar rodeados de las cosas de Dios y, aun así, quedarnos dormidos delante de Él.
No siempre dejamos de creer. A veces simplemente dejamos de maravillarnos. No abandonamos la Biblia; empezamos a leerla sin esperar demasiado. No dejamos de orar; aprendemos a pronunciar palabras mientras la mente ya va varios pasos adelante. No dejamos de congregarnos; conocemos tan bien el movimiento que sabemos cuándo ponernos de pie, cuándo sentarnos, cuándo cantar y cuándo decir amén. No rechazamos a Dios. Nos acostumbramos a Él.
Y pocas cosas son tan peligrosas como acostumbrarnos a aquello que debería seguir despertándonos.
La familiaridad puede ser un regalo. Hay una belleza honda en reconocer una voz conocida, en regresar a un texto amado, en cantar una canción que nos ha acompañado durante años o repetir una oración que ha sostenido a generaciones. La fe cristiana necesita memoria. Necesitamos prácticas que vuelvan a colocar, una y otra vez, nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro corazón delante de Dios. Pero hay una diferencia entre familiaridad y domesticación. La familiaridad dice: «Conozco esta voz y quiero escucharla otra vez». La domesticación dice: «Ya sé lo que va a decir».
Cuando empezamos a pensar que Dios ya no puede sorprendernos, confrontarnos ni mostrarnos algo que no habíamos visto, eso no es señal de madurez. Es señal de que nos hemos adormecido. Porque la madurez espiritual no consiste en volver predecible a Dios. Consiste en conocerlo lo bastante bien como para confiar en Él, y lo bastante poco como para seguir maravillándonos ante Su inmensidad.
Hay una arrogancia sutil en creer que ya vimos todo lo que necesitábamos ver. Podemos pasar de largo sobre un pasaje conocido porque «ya sabemos de qué trata». Podemos escuchar una verdad que nos ha acompañado durante años y perder la capacidad de dejar que nos examine otra vez. Podemos desarrollar incluso una especie de inmunidad espiritual: las palabras siguen llegando, pero ya no atraviesan. Amor. Gracia. Santidad. Reino. Cruz. Resurrección. Palabras que deberían tener peso suficiente para detenernos y que se vuelven vocabulario cotidiano cuando dejamos de prestar atención.
Quizá esa sea una de las tragedias silenciosas de la vida cristiana: que lo extraordinario de Dios termine pareciéndonos ordinario. No porque Dios haya cambiado, sino porque nosotros dejamos de mirar.
Isaías 29 no nos permite pensar que toda falta de percepción es inocente. El contexto tiene una severidad que debemos conservar: el sueño profundo del que habla el profeta es algo que el Señor mismo ha derramado (29:10) sobre un pueblo con una larga historia de resistencia, religiosidad superficial y confianza en su propia sabiduría. No podemos convertir el texto en una reflexión sentimental sobre estar «un poco distraídos». Hay algo serio ocurriendo. El corazón puede endurecerse por repetición. Una verdad rechazada muchas veces puede terminar pareciéndonos menos verdadera. Una convicción pospuesta una y otra vez deja de incomodarnos. Una voz que ignoramos el tiempo suficiente empieza a parecernos silenciosa.
El Señor ha derramado sobre ustedes un espíritu de profundo sueño; a los profetas les tapó los ojos, a los visionarios les cubrió la cabeza.
Isaías 29:10.
Por eso la oración «despiértame» no es romántica. Es peligrosa. Despertar significa volver a sentir lo que habíamos aprendido a ignorar. Significa volver a escuchar preguntas que habíamos conseguido mantener en silencio. Significa que algunas excusas dejarán de parecernos convincentes y que ciertas cosas que llamábamos normales empezarán de nuevo a incomodarnos.
Por eso preferimos pedir dirección antes que despertar. «Señor, dime qué hacer» es una oración mucho más cómoda que «Señor, muéstrame qué estoy evitando ver». La dirección puede resolverse con información. Despertar exige transformación. Cuando alguien despierta, el mundo alrededor puede ser exactamente el mismo y, sin embargo, todo cambia, porque ahora lo está viendo.
No siempre necesitamos que Dios haga algo nuevo para percibir Su presencia. A veces necesitamos ojos nuevos para reconocer lo que ya estaba haciendo. Esto no reduce el mover de Dios a un cambio de perspectiva: Dios actúa soberanamente en la historia, interviene, salva, sana, corrige, abre y cierra puertas. Pero también es cierto que podemos estar en medio de Su obra y no reconocerla. Los evangelios están llenos de personas que estuvieron físicamente cerca de Jesús y no entendieron a quién tenían delante. Escucharon las mismas palabras, vieron los mismos milagros, caminaron por los mismos caminos, y llegaron a conclusiones completamente distintas. La proximidad nunca ha garantizado percepción. Podemos estar cerca de lo santo sin estar atentos a lo santo.
Eso nos deja una pregunta incómoda: ¿cuándo fue la última vez que algo de Dios logró detenerme? No impresionar a alguien más. No darme material para enseñar. No producir una frase que quisiera publicar. Detenerme. Hacerme guardar silencio. Hacerme arrepentir. Hacerme agradecer. Hacerme pensar: «Había leído esto antes, pero hoy me leyó a mí».
Una señal del sueño espiritual no es solo dejar de hacer cosas espirituales. También lo es que todo se convierta demasiado rápido en contenido. Leemos para enseñar. Escuchamos para responder. Estudiamos para explicar. Oramos para resolver. Hasta nuestra relación con la Escritura puede volverse utilitaria —¿qué puedo sacar de aquí?, ¿qué puedo predicar?, ¿qué frase puedo usar?— y Dios deja de ser Alguien ante quien permanecemos para convertirse, lentamente, en material que administramos.
Quienes servimos, enseñamos o acompañamos a otros conocemos este peligro de cerca. Es posible trabajar con las cosas sagradas hasta volvernos profesionales de ellas: saber cómo estructurar una enseñanza, qué texto usar, cómo acompañar una crisis, qué oración decir. Y descubrir, si tenemos el valor de admitirlo, que hace tiempo no permitimos que esas mismas verdades nos atraviesen a nosotros. Podemos ayudar a otros a despertar mientras aprendemos a ministrar dormidos.
Por eso necesitamos orar: despiértame, Señor. Despiértame antes de que confunda experiencia con intimidad. Despiértame antes de que conocer el lenguaje de la fe me haga creer que estoy viviendo toda su realidad. Despiértame cuando pueda leer Tu Palabra sin escuchar Tu voz. Despiértame cuando las lágrimas de otros ya no logren tocarme, cuando el pecado solo me escandalice en los demás, cuando la gracia deje de sorprenderme. Despiértame cuando la cruz se convierta en el símbolo familiar detrás de mi fe y deje de parecerme el lugar imposible donde Tu justicia y Tu amor se encontraron para rescatarme.
Porque hay algo en nosotros que puede acostumbrarse incluso a haber sido salvado.
Es casi incomprensible cuando lo pensamos. Hubo un tiempo en que ciertas verdades nos parecían enormes: el perdón, la misericordia, ser llamados hijos de Dios, saber que nuestra historia no estaba condenada a definirse por sus peores capítulos, descubrir que Dios no era una idea distante sino el Dios que se había acercado en Jesucristo. Con los años esas verdades siguen siendo ciertas mientras nosotros dejamos de sentir su peso.
Esto no significa que toda vida espiritual saludable deba mantenerse emocionalmente intensa. La fe no se mide por la cantidad de emoción que sentimos. Hay temporadas secas, silencios, cansancio y formas de fidelidad profundamente maduras que no producen fuegos artificiales interiores. No necesitamos fabricar sentimientos para demostrar que estamos despiertos. Pero sí necesitamos preguntarnos si seguimos atentos. Porque despertar no es sentir más. Es volver a prestar atención: a Dios, a la Escritura, a las personas que tenemos delante, a nuestras propias motivaciones, a esos pequeños movimientos interiores que revelan en qué nos estamos convirtiendo.
Quizá una de las obras más importantes del Espíritu en nosotros sea devolvernos la capacidad de notar. Notar cuándo estamos hablando demasiado y escuchando poco. Notar cuándo la ansiedad está tomando decisiones por nosotros. Notar cuándo empezamos a tratar a alguien como función y no como persona. Notar cuándo buscamos ser vistos, o cuándo una vieja herida vuelve a dirigir nuestras reacciones.
Notar también la belleza. Una conversación que llegó en el momento preciso. Una oración sencilla que sostuvo el día. Un texto que parecía escrito para esa mañana. Una reconciliación improbable. La paciencia que antes no teníamos. El pecado que antes defendíamos y ahora nos duele. La misericordia de Dios escondida en cosas demasiado ordinarias para convertirse en testimonio público, pero demasiado precisas para pasar inadvertidas.
Tal vez despertar sea descubrir que Dios estaba mucho más presente de lo que nuestra prisa nos permitía reconocer. No siempre necesitamos una zarza ardiendo. A veces necesitamos dejar de correr frente al arbusto.
Y aquí vuelve la frase de Isaías que atraviesa toda esta serie: una vez más. Hay algo hondamente misericordioso en ella. Significa que el sueño no tiene que ser el final. Que habernos acostumbrado no nos condena a permanecer insensibles. Que haber dejado de prestar atención no impide que Dios vuelva a reclamar nuestra mirada. Una vez más puede hacer que un texto conocido vuelva a arder. Una vez más puede mostrarnos una parte del corazón que no queríamos mirar. Una vez más puede devolvernos el hambre. Una vez más puede despertarnos.
No podemos producir ese despertar por fuerza de voluntad. Nadie se ordena a sí mismo volver a tener hambre de Dios como quien agrega una actividad al calendario. Pero sí podemos colocarnos en lugares donde el corazón vuelva a quedar expuesto a Su voz. Podemos bajar la velocidad. Leer menos y permanecer más. Dejar de llenar cada silencio. Confesar cuando una práctica que antes nos acercaba a Dios se ha vuelto rutina vacía. Pedir ayuda. Regresar a la Escritura sin preguntar primero qué vamos a hacer con ella, sino qué quiere hacer ella con nosotros.
Podemos decirle a Dios la verdad: «No siento lo que alguna vez sentí». «Estoy cansado». «Me he distraído». «He aprendido a hacer esto demasiado bien». «No sé cuándo dejé de prestar atención».
Quizá esa honestidad ya sea el comienzo del despertar. No fingir hambre, sino pedirla. No fingir asombro, sino reconocer que lo perdimos. No fabricar una experiencia espiritual, sino abrir los ojos y esperar.
Porque el Dios de Isaías 29 no solo confronta labios desconectados del corazón. También anuncia que una vez más actuará. Y si Él todavía está dispuesto a obrar una vez más, quizá nosotros podamos atrevernos a pedirle, una vez más, que nos despierte.
Señor, despiértame donde me he acostumbrado. Despiértame donde he confundido familiaridad contigo con intimidad contigo. Despiértame cuando pueda leer sin escuchar, cantar sin rendirme y servir sin permanecer. Devuélveme atención para reconocer Tu presencia en lo extraordinario y en lo cotidiano. Hazme sensible otra vez a aquello que he aprendido a pasar por alto. No permitas que lo santo se vuelva común solamente porque lo he visto muchas veces. Abre mis ojos para verte, mis oídos para escucharte y mi corazón para responderte.
Una vez más, Señor.



