Hay formas de alejarnos de Dios que no parecen alejamiento. No siempre nos vamos dando un portazo. A veces nos quedamos. Seguimos leyendo, cantando, sirviendo, hablando el lenguaje correcto. Desde afuera nada ha cambiado, y nosotros mismos podemos tardar en advertirlo. Pero en algún punto, casi sin ruido, el corazón empieza a quedarse atrás. Los labios siguen diciendo las palabras de siempre mientras algo adentro aprende a funcionar a distancia.
Eso es lo inquietante de Isaías 29.
El profeta no le habla a un pueblo que dejó de mencionar a Dios. Le habla a un pueblo que todavía sabe acercarse, que conoce las palabras apropiadas, que puede producir una apariencia reconocible de adoración. El problema está más adentro: «Este pueblo se acerca a mí con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.» (Isaías 29:13). La forma permanece; la cercanía se ha perdido. La religión sigue funcionando, pero la relación se ha ido vaciando.
Y es ahí donde Dios anuncia que va a actuar.
No dice que observará desde lejos. No parece dispuesto a tolerar indefinidamente una espiritualidad capaz de hablar de Él sin necesitarlo. En el versículo siguiente aparece una expresión extraordinaria: Dios anuncia que volverá a hacer maravillas con este pueblo o, como lo traduce la NVI, que una vez más lo asombrará.
«Por eso, una vez más asombraré a este pueblo con prodigios maravillosos;
perecerá la sabiduría de sus sabios, y se esfumará la inteligencia de sus inteligentes.»
Isaías 29:14.
Una vez más.
Hay gracia escondida en esas palabras. El pueblo se ha acostumbrado. El corazón se ha alejado. La sabiduría humana ha ido ocupando espacios que pertenecían a la dependencia. Y sin embargo Dios todavía dice: una vez más. Todavía voy a actuar. Todavía voy a acercarme. Todavía voy a intervenir.
Quizá una de nuestras oraciones más necesarias no sea «Señor, arregla lo que está pasando a mi alrededor», sino otra mucho más vulnerable: «Señor, intervén en mí».
Normalmente queremos la intervención de Dios en aquello que nos incomoda: una situación difícil, una puerta que no se abre, una enfermedad, un conflicto, unas finanzas apretadas, una relación que no sabemos cómo reparar. No hay nada equivocado en pedirlo. La Escritura está llena de personas que claman por la intervención de Dios en circunstancias concretas. Pero Isaías nos lleva a un lugar más incómodo. ¿Qué sucede cuando el lugar donde Dios quiere intervenir no está alrededor de nosotros, sino dentro? ¿Qué ocurre cuando lo que necesita ser alterado no es primero la circunstancia, sino nuestra manera de vivirla?
Porque hay momentos en los que la gracia no llega como solución, sino como interrupción. Interrumpe una manera de pensar que habíamos dejado de cuestionar. Interrumpe una prioridad que fue ocupando demasiado espacio. Interrumpe una relación con el éxito que empezábamos a llamar «responsabilidad», una necesidad de control que disfrazamos de prudencia, una espiritualidad que funciona bastante bien sin requerir demasiada dependencia.
Por eso algunas intervenciones de Dios se sienten al principio más como una molestia que como una respuesta. Pedimos que acomode las cosas y Él empieza por desacomodarnos. Pedimos claridad y Él expone nuestras falsas seguridades. Pedimos que cambie algo y Él comienza preguntando qué necesita cambiar en nosotros. No porque disfrute perturbándonos, sino porque nos ama demasiado como para permitir que construyamos una vida aparentemente ordenada alrededor de Su ausencia.
El problema del pueblo en Isaías 29 no era solo que hiciera cosas incorrectas. Había llegado a un punto más peligroso: había aprendido a vivir religiosamente sin permanecer cerca de Dios. Eso debería inquietarnos, porque una rebelión abierta es relativamente fácil de detectar. Es mucho más difícil reconocer una independencia espiritual que aprendió a usar vocabulario cristiano.
Podemos hablar de confiar en Dios mientras verificamos obsesivamente que todo siga bajo nuestro control. Podemos cantar sobre rendición mientras conservamos con cuidado ciertas habitaciones cerradas. Podemos pedir Su voluntad siempre que se parezca lo suficiente a la nuestra. Podemos incluso servirle y, sin darnos cuenta, ir desarrollando una vida ministerial que necesita cada vez menos de Su presencia y cada vez más de nuestra capacidad.
Y entonces la misericordia interviene. No siempre con suavidad.
Algunas cosas necesitan ser consoladas; otras necesitan ser confrontadas. Algunas heridas piden cuidado; algunas seguridades necesitan derrumbarse. Hay ocasiones en las que Dios acaricia el corazón y otras en las que, precisamente porque lo ama, pone Su dedo sobre aquello que llevamos demasiado tiempo evitando.
Isaías describe a un pueblo que había llegado a confiar en su propia percepción, en su propia sabiduría, en lo que creía comprender. Y Dios anuncia que Su intervención dejará expuesta la fragilidad de esa autosuficiencia: «perecerá la sabiduría de sus sabios» (29:14). Lo que parecía suficiente ya no alcanzará. Lo que parecía calculado dejará de responder como esperaban.
No porque Dios esté en contra de la inteligencia. La Biblia nunca nos invita a celebrar la ignorancia. Nos invita a desconfiar de una sabiduría que ya no sabe arrodillarse. Hay una diferencia enorme entre pensar delante de Dios y pensar independientemente de Él; entre planear con Dios y construir una vida en la que Dios solo es invitado a bendecir planes ya terminados; entre administrar con responsabilidad lo que hemos recibido y cultivar la ilusión de que, con suficientes cálculos, podremos evitar necesitar fe.
Por eso la oración «intervén» es peligrosa. Al pronunciarla estamos dando permiso —aunque Dios nunca haya necesitado nuestro permiso— para que toque aquello que preferiríamos conservar intacto. Intervén en mis planes. En mis motivaciones. En mis seguridades. En la manera en que amo y en la forma en que sirvo. En lo que ya aprendí a justificar. En cualquier lugar donde mi boca todavía te honra, pero mi corazón ha empezado a vivir lejos.
La pregunta que Isaías 29 nos obliga a hacer no es «¿sigo creyendo en Dios?». Para muchos de nosotros esa pregunta resulta demasiado fácil. La pregunta es otra: ¿en qué áreas de mi vida he aprendido a funcionar sin depender de Él? ¿Dónde ya sé qué decir y cómo actuar? ¿Dónde tengo suficiente experiencia para no necesitar detenerme? ¿Dónde la familiaridad reemplazó a la expectativa? ¿Dónde mis hábitos espirituales siguen funcionando mientras mi corazón está cada vez menos involucrado?
No todas las rutinas son malas. Necesitamos ritmos, necesitamos hábitos; la formación espiritual ocurre en gran medida por medio de prácticas repetidas. El problema comienza cuando la práctica deja de ser un camino hacia la presencia y se convierte en su sustituto. Podemos leer la Biblia sin escuchar. Orar sin exponernos. Cantar sin rendirnos. Servir sin amar. Predicar acerca de Dios sin permitir que Dios nos confronte. Y ahí, justamente ahí, necesitamos Su intervención.
Quizá el mayor acto de misericordia de Dios sea negarse a dejarnos cómodos en una versión de la fe que todavía parece viva desde afuera, pero que ha empezado a perder cercanía por dentro.
«Una vez más» significa que Dios no ha terminado. No significa que podamos jugar indefinidamente con Su gracia; Isaías no trivializa la rebeldía, la confronta con una seriedad tremenda. Pero incluso la confrontación revela algo del carácter de Dios: Él todavía está tratando con Su pueblo. Todavía habla. Todavía expone. Todavía irrumpe. Todavía busca el corazón detrás de los labios.
Y eso puede transformar nuestra manera de leer ciertas interrupciones.
No todo lo que desordena nuestros planes es obra directa de Dios. Vivimos en un mundo caído y sería irresponsable atribuirle cada dificultad. Pero sí podemos aprender a llevar cada interrupción delante de Él y preguntar: «Señor, ¿hay algo que quieras mostrarme aquí?». No solo «¿cómo salgo de esto?», sino también «¿qué estás formando en mí mientras lo atravieso?». No solo «¿cuándo volverá todo a la normalidad?», sino también «¿y si esa normalidad ya no era tan saludable como yo pensaba?».
Tal vez llevamos mucho tiempo pidiéndole a Dios que nos devuelva cierta comodidad cuando Él está intentando devolvernos la dependencia. Queremos regresar cuanto antes al lugar donde todo funcionaba, y Dios está diciendo: no quiero devolverte a donde estabas. Quiero traerte de nuevo cerca.
Eso cambia la oración. Ya no es solamente «Señor, quita la interrupción». Es «Señor, no permitas que atraviese esta interrupción sin que Tú intervengas en mí». Que nada de lo que sacuda nuestra vida sea desperdiciado. Que las preguntas nos conduzcan a una confianza más honda. Que aquello que exponga nuestras falsas seguridades no nos vuelva cínicos, sino dependientes. Que cuando descubramos cuánto hemos aprendido a controlar, podamos volver a abrir las manos.
Porque rendirse no es abandonar la responsabilidad. Es abandonar la ilusión de que somos soberanos.
Y ahí vuelve a empezar la verdadera honra. No en palabras más intensas, ni en canciones más emotivas, ni en promesas religiosas pronunciadas con prisa, sino en un corazón que vuelve a decir: «Puedes tocar esto también». Esto: lo que protegía, lo que justificaba, lo que creía tener resuelto, lo que nunca pensé poner sobre el altar. Intervén aquí.
Hay algo profundamente esperanzador en imaginar que Dios puede mirar una vida que se acostumbró, un corazón que se distrajo, una fe que aprendió a funcionar demasiado mecánicamente, y todavía decir: una vez más. Una vez más voy a llamar. Una vez más voy a incomodar. Una vez más voy a hacer algo que no puedas reducir a tus cálculos. Una vez más voy a recordarte que sigo siendo Dios y que tú sigues necesitando de Mí.
Quizá hoy no necesitamos pedirle a Dios una experiencia extraordinaria. Quizá basta con pedirle el valor para dejarlo entrar en los lugares ordinarios que hemos mantenido cerrados demasiado tiempo.
Señor, intervén donde aprendí a vivir sin preguntarte. Intervén donde confundí experiencia con dependencia y control con sabiduría. Intervén donde mis labios todavía saben honrarte, pero mi corazón necesita volver a acercarse. No quiero una vida tan bien organizada que ya no pueda ser interrumpida por Ti. Si algo debe ser expuesto, exponlo. Si algo debe ser removido, remuévelo. Si algo necesita volver a su lugar, ordénalo bajo Tu gobierno. Y cuando comience a resistirme, recuérdame que también esto puede ser gracia.
«Una vez más, Señor.»



