Hay experiencias que nos emocionan por un momento y luego nos devuelven exactamente a la vida que llevábamos antes. Nos conmueven, nos impresionan, incluso nos hacen llorar, pero no cambian la manera en que pensamos, amamos, decidimos o vivimos. Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿qué clase de encuentro con Dios puede dejarnos igual?
Isaías 29 no describe una intervención diseñada para provocar una reacción momentánea. Dios anuncia que obrará de tal manera que la sabiduría humana quedará expuesta, que las seguridades construidas al margen de Él empezarán a tambalearse y que lo que parecía estable revelará su fragilidad. Por eso la última oración de esta serie no puede ser solo asómbrame. Tiene que ir más lejos. Tiene que llegar al lugar donde la contemplación se convierte en rendición, donde la admiración deja de ser suficiente, donde ya no queremos únicamente ver a Dios moverse: queremos que Su mover nos mueva.
Trastórname, Señor.
La palabra puede sonar incómoda, incluso excesiva. «Trastornar» suele hacernos pensar en desorden, confusión o pérdida de control. Pero no hablamos de un Dios caprichoso que disfruta desestabilizando vidas. Hablamos de algo más preciso: el Dios que desordena todo aquello que nosotros llamábamos orden cuando ese orden había sido construido sin Él.
Isaías mismo nos da la imagen. Pocos versículos después de anunciar que actuará una vez más, el profeta nombra lo que el pueblo ha hecho: «¡Qué manera de pervertir las cosas! ¿Acaso el alfarero es igual al barro? ¿Puede un objeto decir del que lo modeló: “Él no me hizo”?» (Isaías 29:16, NVI). La palabra hebrea que abre ese versículo viene de una raíz que significa dar la vuelta, poner de cabeza. Lo que el pueblo ha hecho es, literalmente, un trastorno: ha puesto el barro en el lugar del Alfarero y ha dejado que la obra le diga a su hacedor qué hacer con ella. El trastorno original, entonces, no es de Dios. Es nuestro. Y cuando pedimos que Dios nos trastorne, no le pedimos que introduzca el caos. Le pedimos que vuelva a poner las cosas en su sitio, aunque desde donde estamos parados eso se sienta como si todo se pusiera de cabeza.
Porque hay estructuras internas que pueden parecer perfectamente funcionales y, sin embargo, estar profundamente desalineadas. Podemos tener una vida organizada alrededor de nuestra necesidad de aprobación. Podemos llamar prudencia a lo que en realidad es miedo, responsabilidad a una obsesión por controlar, madurez a una incapacidad para volver a depender. Podemos llamar paz a una vida en la que simplemente conseguimos evitar todo lo que pudiera confrontarnos. Podemos incluso llamar fe a una espiritualidad cuidadosamente diseñada para no exigir demasiado de nosotros.
Y entonces Dios se mueve. No solo afuera: adentro. Y cuando entra de verdad, algunas cosas ya no pueden seguir donde estaban.
Ese es el problema con pedirle a Dios que intervenga: podría hacerlo. Ese es el riesgo de pedirle que nos despierte: podríamos empezar a ver. Ese es el peligro de pedirle que nos asombre: podríamos descubrir de nuevo quién es Él. Y cuando eso sucede, llega inevitablemente la última pregunta: ahora que lo has visto, ¿seguirás viviendo de la misma manera?
La revelación de Dios nunca fue concebida como entretenimiento espiritual. Cuando Dios se revela, llama. Cuando habla, espera respuesta. Cuando expone una mentira, no lo hace para que podamos identificarla intelectualmente, sino para liberarnos de ella. Cuando revela un ídolo, no nos invita a estudiarlo; nos invita a derribarlo. Cuando muestra una herida, no siempre busca que aprendamos a describirla mejor; quiere entrar en ella. Cuando señala un patrón, no está aumentando nuestra autoconciencia para que sigamos comportándonos igual con una explicación más sofisticada. Quiere transformarnos.
Por eso una de las formas más sutiles de resistencia espiritual es convertir constantemente la revelación en reflexión. Podemos reconocer algo verdadero acerca de nosotros mismos, pensarlo, escribir sobre ello, hablarlo con alguien, subrayarlo en la Biblia, incluso sentirnos hondamente tocados. Y luego continuar. No todo lo que entendemos termina siendo obedecido. No toda convicción se convierte en cambio. Y hemos aprendido a sentir con la fuerza suficiente como para creer que ya respondimos. Pero emoción no es rendición. Lágrimas no son transformación. Una experiencia intensa no es una vida reordenada.
Por eso «trastórname» es una oración mucho más exigente que «tócame». Tocar puede ser momentáneo. Trastornar significa que algo ya no puede volver a su lugar anterior. Significa que después de haber visto no podemos fingir que no vimos; que después de haber escuchado no podemos decir que no sabíamos; que después de haber sido confrontados no podemos vivir igual sin reconocer que estamos resistiendo.
Quizá eso sea lo que hace tan incómoda a la gracia. La gracia perdona, sí. Pero también reordena. Nos recibe, pero no nos deja en el mismo lugar. Nos encuentra donde estamos, pero nos ama demasiado como para llamar libertad a cualquier forma de esclavitud que todavía domine nuestra vida. Hay un sentimentalismo cristiano que quiere una gracia que consuele sin confrontar, abrace sin corregir y afirme sin transformar. Pero la gracia bíblica es más poderosa que eso. Nos ama como somos, pero no santifica todo lo que somos. Nos recibe sin mérito, y después comienza, con paciencia, a desmantelar lo que no se parece a Cristo.
Por eso algunas de las respuestas más profundas a nuestras oraciones no se sienten al principio como respuestas. Pedimos paz y Dios confronta lo que produce nuestra ansiedad. Pedimos libertad y nos muestra las cadenas a las que seguimos vinculados. Pedimos propósito y empieza a quitar ambiciones que confundimos con llamado. Pedimos intimidad y toca las defensas que hemos usado durante años para evitar ser conocidos. Pedimos avivamiento y empieza preguntándonos qué necesita morir. Pedimos que Su Reino venga y descubrimos que Su Reino entra en conflicto con los pequeños reinos que habíamos construido dentro de nosotros.
Entonces entendemos que «venga Tu Reino» es una oración peligrosa. Si Su Reino viene, otros gobiernos tendrán que caer. Incluido el nuestro. Y por eso trastornarnos es una obra de misericordia: no porque Dios disfrute el caos, sino porque quiere establecer un orden mejor. El orden de Su Reino.
Jesús trastornó muchas vidas de esa manera. Pedro tenía redes. Mateo tenía una mesa de impuestos. Zaqueo tenía dinero y una forma perfectamente funcional de conseguirlo. Pablo tenía convicciones, prestigio, educación y una claridad absoluta acerca de quiénes eran los enemigos de Dios. Hasta que Dios intervino. Y después de encontrarse con Cristo, ninguno pudo decir simplemente: «Qué experiencia tan interesante». Pedro dejó las redes. Mateo se levantó de la mesa. Zaqueo empezó a hablar de restitución. Pablo tuvo que reconstruir su comprensión del mundo alrededor de una Persona a la que había perseguido.
Eso es trastorno. No caos: reordenamiento. Algo que estaba en el centro deja de estarlo. Algo que ocupaba un lugar secundario se vuelve fundamental. Algo que definía nuestra identidad pierde poder. Algo que nunca habíamos considerado importante empieza a dirigir nuestra vida. Tal vez eso sea la conversión en su sentido más profundo: no añadir a Jesús a la vida que ya construimos, sino descubrir que Jesús reclama el centro desde el cual toda la vida debe ser reinterpretada.
Y esa obra no termina el día en que creemos. La seguimos necesitando, porque somos extraordinariamente talentosos para volver a construir alrededor de nosotros mismos. Podemos entregar el centro y, poco a poco, intentar recuperarlo. Podemos empezar dependiendo de Dios y terminar dependiendo de la habilidad que desarrollamos mientras le servíamos. Podemos responder a un llamado y después enamorarnos de la plataforma que vino con él. Podemos buscar Su Reino y convertir lentamente nuestros pequeños éxitos dentro de ese Reino en un reino propio. Podemos empezar una disciplina para acercarnos a Dios y terminar orgullosos de nuestra disciplina. El corazón fabrica ídolos con casi cualquier cosa, incluso con cosas buenas.
Por eso necesitamos ser trastornados más de una vez. Una vez más.
Ahí regresa nuestra frase, y ahora tiene un significado distinto al del comienzo. Primero dijimos: una vez más, Señor, intervén. Después: despiértame. Luego: asómbrame. Ahora comprendemos hacia dónde nos llevaban esas oraciones. No queríamos solo una intervención externa; queríamos ser encontrados. No queríamos solo abrir los ojos; queríamos responder a lo que viéramos. No queríamos solo maravillarnos; queríamos que la maravilla tuviera consecuencias.
Una vez más, Señor: trastórname. Trastorna mi manera de medir el éxito. Trastorna mi necesidad de tener siempre la razón. Trastorna las jerarquías secretas con las que decido quién merece mi atención. Trastorna mi economía si mi dinero ha empezado a decir quién soy. Trastorna mis horarios si mi productividad me ha enseñado que descansar es perder el tiempo. Trastorna mis relaciones si he confundido amar con poseer, acompañar con controlar o cuidar con necesitar ser necesitado. Trastorna mi ministerio si alguna vez llego a amar más lo que hago para Ti que estar contigo. Trastorna mi teología si me sirve para sentirme superior en lugar de hacerme arrodillar. Trastorna mi oración si solo aprendí a pedirte que bendigas lo que ya decidí. Trastórname donde todavía exista algo que yo haya declarado intocable.
Aquí hace falta una precisión. Pedir ser trastornados por Dios no significa vivir buscando crisis. No necesitamos fabricar inestabilidad para sentir que Dios está trabajando, ni sospechar de toda temporada de paz como si la tranquilidad fuera señal de estancamiento. Dios también forma a Su pueblo en la quietud, en la estabilidad, en la fidelidad ordinaria, en años en que las cosas crecen despacio y casi nadie lo nota. El punto no es amar el desorden. Es amar a Dios más que a nuestro orden. Estar dispuestos a que Él cambie lo que creíamos definitivo: a que cierre una puerta que queríamos mantener abierta, a que nos haga permanecer cuando deseábamos escapar, a que nos haga salir cuando habíamos construido nuestra identidad alrededor de quedarnos. A que coloque personas inesperadas en nuestra mesa. A que amplíe nuestra compasión y confronte nuestros prejuicios. A que nos pida perdonar, y a que nos pida pedir perdón.
Porque algunas de las revoluciones más profundas de Dios no ocurren frente a multitudes. Ocurren cuando alguien pronuncia una palabra difícil: «Perdóname». O tres: «Me equivoqué contigo». Cuando una persona decide dejar de ocultar algo que durante años gobernó en secreto. Cuando alguien renuncia a responder con la misma dureza con la que fue tratado. Cuando una familia rompe un patrón que llevaba generaciones repitiéndose. Cuando alguien aprende a decir «no» porque durante años creyó que amar significaba nunca poner límites, o aprende a decir «sí» porque el miedo había disfrazado de discernimiento su negativa constante. Eso también es mover de Dios.
Nos hemos acostumbrado a imaginar «el mover de Dios» solo en categorías visibles y extraordinarias: una congregación llena, una reunión intensa, una sanidad, un momento profético, una respuesta inesperada. Y damos gracias por toda obra auténtica de Dios. Pero ¿qué sucede con la persona orgullosa que empieza a escuchar? ¿Con el hombre que aprende ternura? ¿Con la mujer que deja de definirse por la vergüenza? ¿Con alguien que por primera vez puede bendecir a quien le hizo daño, o que deja de necesitar tener la última palabra? ¿No es eso también sobrenatural? Quizá uno de los milagros más impresionantes sea una vida que empieza a parecerse a Jesús.
Esa debería ser la pregunta que acompañe cualquier deseo de ver un mover de Dios: ¿en qué me está moviendo? Si cantamos más fuerte pero amamos igual de poco, algo falta. Si hablamos más del Espíritu pero tenemos menos dominio propio, algo no encaja. Si experimentamos momentos extraordinarios pero tratamos ordinariamente mal a las personas, necesitamos preguntarnos qué clase de espiritualidad estamos cultivando. Si queremos fuego de Dios pero no queremos que queme nuestro orgullo, nuestra amargura, nuestra codicia, nuestra lujuria, nuestra necesidad de control o nuestra indiferencia, quizá no queremos tanto el fuego de Dios como la sensación de estar cerca de él.
El Espíritu Santo no vino solo para producir momentos memorables. Vino para formar a Cristo en nosotros. Y esa formación trastorna, porque Cristo no encaja cómodamente dentro de nuestros valores. Su Reino llama bienaventurados a quienes nosotros llamaríamos perdedores. Él dice que el camino hacia arriba empieza bajando; que el grande sirve; que el primero se hace último; que los enemigos son amados; que la vida se encuentra perdiéndola; que una cruz puede ser camino hacia la gloria. Jesús trastorna nuestras definiciones. Y si seguimos a un Mesías crucificado, no debería sorprendernos que algunas de nuestras ideas acerca de poder, éxito, seguridad y grandeza necesiten ser reordenadas por completo.
Por eso no deberíamos pedir demasiado rápido que Dios devuelva todo a la normalidad. Puede que Dios esté creando una normalidad nueva en nosotros, y que lo que sentimos como trastorno sea el movimiento con el que Él vuelve a poner el corazón cerca de los labios.
Y eso nos lleva de regreso al lugar donde comenzó todo: Isaías 29:13, un pueblo que sabe decir las palabras, pero cuyo corazón está lejos. Después de cuatro entradas podemos ver con más claridad lo que hemos estado pidiendo. No una experiencia: cercanía. No espectáculo: rendición. No una historia impresionante acerca de lo que Dios hizo a nuestro alrededor, sino una vida que muestre lo que Dios hizo dentro de nosotros. Intervén, para que lo que construí sin Ti quede expuesto. Despiértame, para reconocer lo que ya no veo. Asómbrame, para que nunca crea que te he reducido a lo que conozco de Ti. Trastórname, hasta que mi vida vuelva a ordenarse alrededor de Tu Reino.
Y quizá, después de todo, esta serie nunca fue cuatro oraciones, sino una sola: Señor, tráeme otra vez cerca. Cerca cuando mis labios avanzaron más rápido que mi corazón. Cerca cuando la rutina reemplazó a la maravilla. Cerca cuando la experiencia reemplazó a la dependencia. Cerca cuando mi propia sabiduría empezó a parecer suficiente. Cerca cuando preferí controlar antes que confiar. Cerca cuando quise observar Tu mover sin permitir que me moviera. Tráeme cerca, aunque tengas que intervenir. Aunque tengas que despertarme. Aunque vuelvas a asombrarme. Aunque algo en mí tenga que ser trastornado.
Porque al final, quizá la mayor maravilla no sea que Dios haga algo que nunca hemos visto. Quizá la mayor maravilla sea que, después de todo lo que nos hace alejarnos, Él siga llamándonos a regresar.
Una vez más.
Señor, no quiero observar Tu obra desde una distancia segura. No quiero hablar de rendición sin rendirme, pedir avivamiento sin permitirte tocarme ni celebrar Tu mover mientras protejo cuidadosamente todo aquello que no quiero cambiar. Trastorna en mí lo que necesite ser trastornado. Derriba lo que construí alrededor del miedo, del orgullo y del control. Desplaza cualquier cosa que haya ocupado el lugar que solamente te pertenece. Reordena mis afectos, mis prioridades, mis relaciones, mi tiempo, mis deseos y mi manera de comprender el éxito. Y que cuando Tu obra sea visible delante de mis ojos, también pueda encontrarse evidencia de ella en mi vida.
No quiero solamente verte moverte, Señor. Quiero ser movido por Ti.
Una vez más, Señor.



