El Canto que Sostiene al Rey
Donde la música no solo adora, sino revela al que gobierna el corazón
Hay momentos en los que el alma no sabe cómo orar, pero sí sabe cantar. No porque tenga palabras elocuentes, sino porque el sonido, de algún modo misterioso, encuentra rutas donde el lenguaje se extravía. Desde mis primeros años supe que la música no era un adorno de la fe, sino una corriente subterránea que me conectaba con Dios cuando todo lo demás parecía desdibujado. San Agustín lo intuyó con una precisión conmovedora: “El que canta, ora dos veces.” Hay algo en el canto que no solo duplica la intención, sino que multiplica la presencia. Como si la melodía pudiera abrir un umbral donde el cielo se inclina para escuchar.
Siempre me ha acompañado una sensación profunda de que cantar no es solo expresión, sino rendición. Es una forma de decirle al cielo: “Aquí estoy, aún respirando, aún creyendo, aún esperando.” Y en esa entrega, hay una confesión implícita: que Él es Rey. Que no sólo merece mi voz, sino mi cuerpo entero, mis gestos, mi temblor, mi quebranto.
En los días solitarios, cuando la casa calla y la ciudad a lo lejos parece girar sin mí, enciendo música. No como quien busca entretenerse, sino como quien necesita sostener su alabanza cuando las fuerzas flaquean. Hay canciones que no solo me acompañan, sino que me atraviesan. Se convierten en oraciones cantadas que me llevan a un lugar donde el corazón se alinea con la eternidad. Es allí donde no solo escucho la música, sino que me escucho a mí mismo en comunión con el Invisible.
La música es más antigua que nosotros. No nace del talento ni del capricho; es un susurro heredado del Creador. Las Escrituras nos ofrecen vislumbres de un tiempo preedénico en el que la adoración era tan natural como la luz. Hay quienes interpretan que incluso Lucifer, antes de su caída, estaba dotado de instrumentos incorporados a su ser, como lo sugiere aquel pasaje poético y críptico de Ezequiel: “En Edén, en el huerto de Dios estuviste… los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día en que fuiste creado.” (Ezequiel 28:13, RVR1977). La música no empezó con nosotros. Es parte de un tejido celestial que antecede al polvo del hombre. Y sin embargo, en nuestra fragilidad, se nos permite habitarla.
Más adelante, en la revelación apocalíptica, Juan describe lo que escuchó en el cielo: “y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque fuiste inmolado, y con tu sangre nos compraste para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9, RVR1977). El cántico no es un adorno del culto celestial; es su sustancia. Cantar es la forma en que el cielo se explica a sí mismo.
Los Salmos nos enseñan que adorar con música no es una ocurrencia opcional. Es una respuesta orgánica de un pueblo que ha sido testigo de la fidelidad de Dios. “¡Canten alegres al SEÑOR, habitantes de toda la tierra! Sirvan al SEÑOR con alegría; vengan ante su presencia con regocijo.” (Salmo 100:1–2, RVA-2015). Y hay algo profundo en esto: que el canto precede muchas veces al milagro. Que el cántico es un acto de fe antes de ser una respuesta.
David lo entendía. El rey-poeta, el ungido con alma de músico, entendía que antes de gobernar sobre Israel debía aprender a gobernar sobre su propio espíritu. Y lo hacía cantando. Aun cuando huía de Saúl, aun cuando se escondía en cuevas, aun cuando su pecado lo perseguía como una sombra, seguía cantando. No porque todo estuviera bien, sino porque en la música encontraba el camino de regreso. “Mientras callé se envejecieron mis huesos… Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad.… Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia y con cánticos de liberación me rodearás.” (Salmo 32:3–7, RVA-2015). La música era su confesión, su exilio y su consuelo.
Antes de morir, David anhelaba construir un templo. No solo un edificio, sino una casa donde la música no cesara, donde la alabanza se elevara como incienso perpetuo. Aunque Dios le negó esa tarea, le permitió organizar los ministerios de adoración. “Asimismo, David y los jefes del ejército apartaron para el servicio a algunos de los hijos de Asaf, de Hemán y de Jedutún, quienes profetizaban con arpas, liras y címbalos…” (1 Crónicas 25:1, RVA-2015). Profetizar con instrumentos. No solo acompañar, sino anunciar el corazón de Dios con cuerdas y percusión. Hay momentos en que un acorde puede decir más que un sermón.
Y sin embargo, no todos han entendido esto. A lo largo de los años, he encontrado comunidades de fe donde la música es vista con desconfianza. Donde cualquier instrumento fuera del piano o la guitarra es sospechoso. Donde levantar las manos o moverse al ritmo del Espíritu es motivo de juicio. Me han llamado carismático, pentecostal, como si el cuerpo que adora fuera una amenaza teológica. Pero adorar con todo el ser no es una invención reciente. Es un eco del Salmo: “¡Todo lo que respira alabe al SEÑOR! ¡Aleluya!” (Salmo 150:6, RVA-2015).
Recuerdo mis años en una denominación que restringía expresiones de gozo más físicas. Las palmas eran permitidas solo si eran discretas, la batería era vista como algo “secular”, y la emoción debía contenerse en los límites de la solemnidad. Pero dentro de mí había un fuego que no podía contenerse. No era un deseo de espectáculo, sino de rendición. Una necesidad de expresar con el cuerpo lo que el alma ya gritaba en silencio.
Herbert Lockyer escribió: “La música nació en el corazón de Dios.1” Y esa frase me ha acompañado como una antífona que se repite en las horas inciertas. La música, cuando es sincera, nos une al ritmo del Reino. Nos recuerda que el Dios al que adoramos no es un concepto abstracto, sino un Rey vivo, real, presente. Un Rey que no sólo recibe adoración, sino que la inspira.
Hace un tiempo, descubrí una canción de CeCe Winans que me atrapó desde la primera nota: Ese es mi Rey. No es solo su melodía; es la profundidad de lo que proclama. Cada palabra es como un incensario que se eleva. Me hizo cerrar los ojos, y al hacerlo, no vi un escenario, ni una congregación, ni siquiera mi propio reflejo. Vi un trono. Vi majestad. Vi al Cordero que reina.
El coro dice:
“Declaramos la gloria
Denle todo el honor
Totalmente digno
¿De quién estamos hablando?
Ese es mi Rey.
No hay nadie antes que tú
Sí, te adoraremos
Todo esto es para ti
¿De quién estamos hablando?
Ese es mi Rey.”
Mientras la escuchaba, algo dentro de mí se quebró en silencio. No era una tristeza, era una entrega. Una afirmación. Él es mi Rey. No sólo mi Salvador. No sólo mi Maestro. No sólo mi Refugio. Él es el que gobierna sobre cada rincón de mi ser. Sobre mis pensamientos cuando despierto, sobre mis temores cuando duermo, sobre mis decisiones, mis errores, mi cuerpo, mis recursos, mis lágrimas.
Y esta es la pregunta que arde en el fondo de esta melodía: ¿Es Jesús verdaderamente Rey en mi vida? ¿Gobierna no sólo mis domingos, sino mis lunes? ¿Tiene autoridad sobre mis palabras, mis cuentas bancarias, mis heridas? ¿Le permito reinar en mis frustraciones, en mi historia, en mi sexualidad, en mis planes? ¿O sólo lo reconozco como figura simbólica, pero retengo el trono de mi voluntad?
Jesús no busca adoradores que canten sin comprender. Busca adoradores en espíritu y en verdad (Juan 4:23). Eso significa que la música no es solo expresión artística: es confesión teológica. Cuando canto “Él es mi Rey”, estoy haciendo una declaración que debe reflejarse en mi agenda, en mis relaciones, en mis prioridades.
A lo largo del tiempo, he comprendido que levantar las manos en adoración no es señal de afiliación doctrinal. Es señal de rendición. El cuerpo se eleva cuando el alma ya no puede estar quieta. En mí, esa necesidad surgió desde joven, cuando aún no conocía nombres para lo que sentía. No me volví carismático por levantar las manos. Me volví adorador porque conocí al Rey.
Sí, hay quienes etiquetan. Pero las etiquetas no me definen. La teología me define, y la mía proclama que hay un trono más alto, una voz que resuena como muchas aguas, un nombre sobre todo nombre. Y ese nombre no es ideología, ni denominación. Es Jesús. Y Jesús es Rey.
Él vendrá. Reinará literalmente sobre esta tierra. Las Escrituras lo anuncian con solemnidad y gloria. El ángel lo declaró a María: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin.” (Lucas 1:32–33, RVA-2015). Y en Apocalipsis se nos muestra con poder: “En su vestidura y sobre su muslo tiene escrito el nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.” (Apocalipsis 19:16, RVA-2015).
Pero no necesito esperar al Milenio para proclamar su reinado. Lo hago ahora. En mi cuarto. En la congregación. En el silencio. En la canción. Y cada vez que lo hago, algo en el cielo se alinea. Porque cuando el Rey es entronado en el corazón, el alma encuentra su centro.
Así que sí, cantar es orar dos veces. Pero más que eso, cantar es reconocer. Es abrir la boca para recordar lo que a veces el corazón olvida: que no estoy solo, que no estoy al mando, que no estoy perdido. Estoy bajo su gobierno. Y en ese gobierno hay paz, hay gozo, hay plenitud.
Él es mi Rey. Y mientras tenga aliento, seguiré cantando. Porque cuando canto, el cielo me responde: “Ese es tu Rey… y tú eres suyo.”
Lockyer, Herbert, Jr. 2004. All the Music of the Bible. Peabody, MA: Hendrickson Publishers.