Pasamos gran parte de la vida intentando responder preguntas que parecen urgentes ¿qué sigue?, ¿qué debo cambiar?, ¿qué espera Dios de mí?
Pero la Escritura comienza en otro lugar.
Antes de hablar de llamados, obediencia o propósito, la Biblia establece una verdad más profunda y más estable: a quién pertenecemos. El Salmo 24 no abre con exigencias espirituales, sino con una afirmación de propiedad y cuidado: todo es del Señor… y nosotros también.
Este texto es una invitación a volver al orden del Reino, donde la identidad precede al envío, la pertenencia va antes del propósito y la obediencia nace de una relación segura, no del miedo. Aquí reflexionamos sobre cómo la pertenencia sana las heridas que el rechazo dejó, cómo el Evangelio no restaura por rendimiento sino por adopción, y cómo Cristo se convierte en el ancla firme del alma cuando todo alrededor se mueve.
No es un llamado a hacer más.
Es una invitación a descansar mejor.
Para quienes han vivido sirviendo para no ser descartados.
Para quienes confundieron fe con supervivencia.
Para quienes necesitan volver a escuchar al Padre decir, sin condiciones: “Tú eres mío.”










